¿Quid est veritas? Una reflexión acerca del poder y la verdad

Semana Santa ya pasó. Pero la última pregunta que, antes de ordenar su crucifixión, Poncio Pilatos le hizo a Jesucristo sigue haciendo ruido en mi mente. Sobre todo el silencio del acusado.

¿Por qué Cristo no le respondió al prefecto romano? ¿Acaso fue una pregunta retórica? Como si le preguntara: ¿existe la verdad o es una mera abstracción? ¿Quién sabe qué es la verdad? De hecho, según el evangelio, Pilatos hace la pregunta y, sin esperar respuesta alguna, se retira para decirle a Caifás: “Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo” (Juan 18:38).

¿Qué significado darle hoy a ese silencio? Acaso Jesús podría haberle contestado “Yo soy la Verdad”, como efectivamente dijo a los discípulos: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Recordemos además que a la pregunta anterior de Pilatos: “¿Entonces tú eres el rey?”, Cristo responde: “Tú lo dices, yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Juan 18:37).

En cambio, si hubiera afirmado que Él era la verdad, le habría dado la excusa perfecta al gobernador para condenarlo. Pilatos fue capcioso, quizá buscó tentarlo. Pero Jesús no le dio el gusto y obró con cautela.

Buscamos escritores

¿Tienes un manuscrito? En Editorial Bloghemia te acompañamos desde la edición hasta la distribución.

Me interesa →

Aunque, en mi opinión, ese silencio tiene otro sentido. La pregunta “¿qué es la verdad?” para nada resulta retórica. Puesta en boca de Pilatos, tiene la intencionalidad del poder. Acá va mi interpretación a la luz de la filosofía más que de la fe. Espero que nadie considere esto una apostasía ni se ofenda por lo que voy a decir.

Hay una pequeña obra, “La verdad y las formas jurídicas”, del filósofo Michel Foucault, donde relaciona poder y verdad. Es la recopilación de un ciclo de cinco conferencias que dio en Río de Janeiro entre los días 21 y 25 de mayo de 1973.

Claramente, no es desde la teología ni mucho menos desde la fe que Foucault analiza el tema. Lo hace partiendo de Nietzsche, nada menos. Abandona la concepción clásica de los griegos —básicamente de Platón—, continuada por Descartes, Kant e incluso Schopenhauer, para quienes el sujeto funda el conocimiento. Según Platón, hay en la naturaleza humana un apetito por el bien, la justicia y la verdad; plantean un diálogo fructífero entre el sujeto y el objeto. Nada más alejado de la visión nietzscheana, para quien el conocimiento no se origina en la naturaleza o la subjetividad del hombre, sino que es una invención surgida del choque entre los instintos y las pasiones.

Esto implica ciertamente una ruptura con la tradición filosófica occidental. Contrariamente a lo que se creyó desde el mundo clásico, para el filósofo del siglo XIX el conocimiento nace de una confrontación; es la lucha y el combate que se da en el bajo fondo de los instintos, “una centella que brota del choque entre dos espadas”.

Dicho de otro modo, la verdad y el conocimiento nacen del poder; son el producto de la violencia y el odio que engendran los humanos en sus ansias de someter y dominar. De ahí que Foucault indague en las prácticas sociales, en los discursos y estrategias de poder que se dan a lo largo de la historia —sobre todo a partir del siglo XIX— tendientes a vigilar, normalizar y tener controlada a la sociedad, y halle en esos mecanismos e instrumentos el origen de los saberes.

Para Nietzsche y Foucault, el conocimiento y la verdad son invenciones —Erfindung en alemán— y no apetitos o deseos que emergen por sí solos de la naturaleza humana. No hay en el conocimiento una adecuación al objeto ni una representación mental del sujeto que coincida con la realidad, tal como creían los clásicos y escolásticos hasta Kant. Lo que hay es una relación de distancia y dominación, odio y hostilidad. Para discernir cuál es el origen del conocimiento debemos acercarnos a ellos más como políticos que como filósofos, decía Nietzsche, y analizar la historia política de los saberes. Lo esencial es ver los efectos que tales saberes produjeron a través del tiempo a la luz del poder.

Precisamente a los políticos, gobernantes, reyes y emperadores no les interesa el conocimiento ni la verdad, sino los efectos que pueden causar en los gobernados para concretar sus objetivos. La verdad, los saberes y el discurso no son otra cosa que estrategias puestas al servicio de un proyecto de dominación.

Para Foucault, una de las más eficaces prácticas sociales que utiliza esta técnica es la judicial. Desde antiguo, en la historia de Occidente, fue esta la forma más directa de indagar en busca de una verdad jurídico-formal —lo que se halla probado en el expediente—, aunque tal verdad no coincida con la verdad material de los hechos. La pesquisa judicial fue el método creado desde el poder para arbitrar los daños y las responsabilidades. El objetivo de toda investigación es saber quién hizo qué cosa, en qué condiciones y en qué momento. Esta forma de indagación fue trasladada más tarde al orden científico e incluso a la reflexión filosófica.

En esta línea, los relatos de la pasión, muerte y crucifixión de Jesucristo pueden ser leídos ya no en clave escatológica, sino como una crónica judicial. En efecto, más allá del contenido religioso de los Evangelios, Jesús de Nazaret fue sometido a un proceso penal. De ahí el interés de Pilatos por saber qué es la verdad: porque el prefecto se sabía involucrado en la investigación.

Aunque los Evangelios lo muestren vacilante, sabemos por la historia que Pilatos gobernó Judea con mano dura. El escritor Filón de Alejandría lo describe como un hombre “de carácter inflexible y duro, sin ninguna consideración”. El gobernador necesitaba allanar el camino para justificar una decisión que ya tenía tomada; necesitaba condenar a Jesús de acuerdo a las formas jurídicas de la época para deshacerse de Él porque molestaba, agitaba a las masas y cuestionaba el poder de Roma.

No tenía Pilatos el propósito de agradar al pueblo judío, sino al emperador. Debía acallar cualquier revuelta, por inofensiva que fuese. El propósito del castigo era humillarlo y crucificarlo, pero también dar una clara señal de advertencia a todo aquel que osara rebelarse.

Fue por todas estas razones que Jesús decidió callar cuando Pilatos le preguntó: Quid est veritas? Eligió el silencio antes de responder inútilmente a un verdugo, a un gobernante hipócrita que después se lavaría las manos aunque ya supiera lo que iba a hacer. Pilatos quiso hacerse el desentendido y endilgarle la culpa a la multitud y a las autoridades locales, pero no nos confundamos: fue únicamente él quien ordenó la ejecución. Y lo hizo por una razón de poder.

COMPARTIR ARTÍCULO:

Archivo Editorial

Explora Nuestro Índice Completo

Accede a todos los artículos publicados en Bloghemia desde 2018, organizados por año en un solo lugar.

Ver Índice Completo
Boletín Cultural

Recibe lo mejor de Bloghemia

Introduce tu correo electrónico para recibir semanalmente nuestra selección de artículos destacados.

Membresía

Accede a nuestro contenido exclusivo

Suscribite para recibir nuestra revista, artículos exclusivos y ediciones especiales de libros.

Ver planes
Síguenos en nuestros canales

Seguinos en nuestras redes y canales para recibir noticias y actualizaciones al instante.

El honor de investigar Después del Edén Para Encontrarte Secretos a los 13
Editorial Bloghemia

Publica tu libro con calidad y acompañamiento editorial / Servicios editoriales a tu medida

Solicitar Información
Colaboraciones

Publica un artículo en Bloghemia

¿Tienes una historia o análisis que compartir? Envíanos tu propuesta y colabora con nuestra plataforma.

Me interesa
Luis Pablo Richelme

Luis Pablo Richelme

Luis Pablo Richelme es escritor, abogado y licenciado en Ciencia Política argentino.