“Un mundo en el que un tercio de la población tiene más de 65 años está psicológicamente deprimido, es incapaz de pensar en el futuro y es físicamente incapaz de movilizar la energía necesaria para cualquier empresa” Franco Berardi
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El mencionado Roubini puede ser un buen economista, no lo dudo, pero su problema es precisamente este: es un economista, y con esto ya lo he dicho todo. Sé que hay economistas un poco menos obsesionados que él, conozco algunos mucho más simpáticos, pero en fin, nos entendemos. Quiero decir que Roubini tiene la cabeza llena de supersticiones. Su principal obsesión es el colapso financiero, la deuda impagable y la ausencia de crecimiento, que ha dejado de existir. Imaginemos si los océanos se desbordan y los bosques se incendian, qué relevancia puede tener abonar la deuda pendiente de pago. Los que mueren no pagan sus deudas y la verdad que brilla en todo el libro es que estamos muriendo.
Avanzo la hipótesis de que la causa de la crisis general de ansiedad reside en el hecho de que nuestra cultura no nos ha preparado para afrontar con ironía nuestra propia extinción personal inevitable y ahora que la extinción se presenta como inevitable para el conjunto del género humano, hacemos innecesariamente un drama de ello y nos apresuramos a lanzar bombas sobre algún desgraciado más desgraciado que nosotros, porque de este modo pensamos que estamos resolviendo algún problema cuando, por supuesto, al hacerlo únicamente lo estamos agravando.
Por ejemplo, la óptima candidata a la presidencia estadounidense ha dicho que persigue una política verde, como no, pero su política verde no excluye el fracking. La pregunta a la que hay que responder entonces es la siguiente: ¿qué se hace cuando ya no queda nada por hacer? Mi respuesta es: nada. No se hace nada cuando resulta inútil agitarse. Parece una respuesta estúpida, pero quizá no lo sea. Si todos fuéramos capaces de no hacer nada sin duda las emisiones disminuirían como lo hicieron en 2020, si bien lo hicieron por poco tiempo y de forma reducida. Gracias al virus, las emisiones sólo disminuyeron el 8 por 100. Enunciémoslo del siguiente modo: la terminación es inevitable, pero hay diferentes posibilidades de terminación. Existen varias posibilidades de terminación mala y un reducido número de posibilidades de terminación no tan mala, como la eutanasia. Mala es sin duda la que se está preparando: acuciados por la impotencia sacamos la pistola y nos disparamos unos a otros. En cambio, la autoterminación, que consiste en suspender la reproducción del género humano, me parece bastante aceptable. Por otra parte, me parece que la evolución ya ha elegido este camino, independientemente de nuestra conciencia de lo que estamos (no) haciendo. Intento explicarme.
Hoy creemos saber las cosas que Roubini cree saber y seguimos paralizados por la deuda y el crecimiento. Por eso no existe imaginación alguna de futuro, ni energía para el presente. Los viejos son la mayoría tendencial y los jóvenes ya nacen viejos por el exceso de información disponible y la imposibilidad de procesarla colectivamente. Los movimientos son fogonazos que no duran, que no se trasladan a la vida cotidiana, porque la atención se halla atraída casi en su totalidad por la pantalla. Pero volvamos a Roubini. El economista se limita a decir: hay demasiados viejos para la economía. No producen, consumen y quieren una pensión, y no hay suficientes jóvenes para pagarla. Salvo que bastaría con abrir las fronteras para que hubiera algunos jóvenes adicionales, pero vete tú a explicárselo a la masa de viejos (y jóvenes senescentes) obsesionados con el miedo a que los extranjeros se lleven lo poco que queda. Pero en cualquier caso, seamos honestos: la población del Norte global va a disminuir durante las próximas décadas hasta el punto de que algunos demógrafos predicen que, tras la gran aceleración del siglo XX, cuando la población mundial pasó de los 2000 a los 8000 millones de seres humanos, nos espera la gran desaceleración, que nos devolverá a los 2000 millones a principios del próximo siglo. Si en el siglo XX la mayoría estaba constituida por jóvenes, en el siglo XXI la mayoría está constituida tendencialmente por ancianos.
Pero el economista no se pregunta: ¿cómo demonios es que hay demasiados viejos? Y sobre todo: ¿cómo es que no hay más jóvenes (y los pocos que existen están tan deprimidos)? Porque el quid de toda la cuestión es precisamente éste: ¿cómo es que no hay más niños? Esta pregunta es importante, porque quizá aquí resida el secreto de una buena autoterminación. Wu wei, que significa: no hacer. Durante un millón de años, las mujeres se vieron obligadas a tener hijos, porque no había forma de evitarlo sin renunciar a lo que para la mayoría de la población humana era el único placer de la vida. Pero ya no es así. Se puede hacer el amor sin tener hijos. Además, el deseo de hacer el amor está desapareciendo por múltiples razones: en los últimos treinta años el tiempo de vida consciente es absorbido por la pantalla conectada. Y por si fuera poco, durante la pandemia el cuerpo del otro se ha convertido en objeto de conciencia fóbica. Nos asusta. Además, aunque hagas el amor, ello ya no sirve para tener hijos, porque la fecundidad ha caído en picado (el 58 por 100 menos en cuarenta años) gracias a los microplásticos (no todo lo malo viene para hacer daño). Los microplásticos no desaparecerán, porque el plástico sigue siendo insustituible, así que podemos esperar que pronto la fertilidad humana se reduzca a cero definitivamente.
De hecho, no me canso de repetirlo: lo inevitable a menudo no sucede, porque lo que sucede es imprevisible.
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