Franz Kafka: por qué El proceso sigue explicando el poder moderno

Una mañana, mientras esperaba el desayuno en su habitación, Josef K. recibió la visita de dos desconocidos que le anunciaron que estaba detenido. No le mostraron una orden judicial, no le explicaron de qué se lo acusaba y tampoco parecían interesados en responder sus preguntas. Lo más extraño era que podía continuar con su vida habitual. Franz Kafka imaginó aquella detención en 1914, cuando Europa comenzaba a precipitarse hacia la Primera Guerra Mundial. Once años después, la historia apareció publicada con el título de El proceso.

Kafka tenía treinta y un años cuando comenzó a escribir la novela. Vivía en Praga, trabajaba en una compañía de seguros de accidentes laborales y conocía los procedimientos de una administración imperial que regulaba numerosos aspectos de la vida cotidiana. Había estudiado Derecho en la Universidad Alemana de Praga y dedicaba sus jornadas a examinar expedientes, redactar informes y resolver asuntos relacionados con las condiciones de trabajo en las fábricas. Por las noches escribía. De aquella convivencia entre la literatura y el mundo administrativo surgieron algunas de las situaciones más inquietantes de su obra, aunque reducir sus novelas a una representación de su experiencia profesional sería desconocer la complejidad de su imaginación.

Josef K. es un empleado bancario que acaba de cumplir treinta años. Tiene una posición respetable, vive en una pensión y parece llevar una existencia organizada. La irrupción de los dos funcionarios altera esa normalidad sin destruirla inmediatamente. Puede seguir trabajando, visitar a sus conocidos y desplazarse por la ciudad, pero desde el momento de su detención queda vinculado a un tribunal que nunca llega a conocer por completo. Su primera reacción es exigir explicaciones. Después intenta averiguar quién lo acusa, cuáles son las normas del procedimiento y qué posibilidades tiene de defenderse. Cada respuesta lo conduce a nuevas preguntas.

El tribunal funciona en lugares insólitos. Algunas oficinas se encuentran en los desvanes de edificios habitados por familias pobres, donde el aire resulta sofocante y los empleados trabajan rodeados de expedientes. Los funcionarios parecen conocer únicamente una parte de sus obligaciones. Los abogados hablan de influencias, contactos y procedimientos cuya eficacia nadie puede garantizar. Un pintor relacionado con los jueces explica a Josef K. las distintas formas de obtener una resolución favorable, pero sus alternativas no incluyen una absolución definitiva. La justicia se presenta como una organización extensa, ocupada en sus propios trámites y aparentemente incapaz de reconocer los límites de su autoridad.

La situación se vuelve más desconcertante porque nadie parece sorprenderse demasiado ante el funcionamiento del tribunal. Los personajes que Josef K. encuentra durante su recorrido aceptan como naturales procedimientos que él considera absurdos. Algunos conocen a determinados funcionarios; otros aseguran disponer de información privilegiada. Todos parecen haber aprendido a desenvolverse dentro de una organización que no necesitan comprender. Josef K., por el contrario, insiste en encontrar una explicación racional y termina dedicando una parte creciente de su tiempo a un proceso que inicialmente había considerado una equivocación.

Kafka escribió buena parte de la novela entre 1914 y 1915, pero nunca llegó a concluirla ni a establecer una versión definitiva para su publicación. Los capítulos permanecieron entre sus manuscritos hasta que Max Brod, su amigo y albacea literario, decidió publicarlos en 1925, desobedeciendo la voluntad del escritor de destruir sus papeles inéditos. La organización de los capítulos intermedios fue una decisión editorial de Brod, circunstancia que ha tenido importancia en las posteriores ediciones críticas de la obra. Kafka había dejado escritos tanto el comienzo como el desenlace, aunque numerosas partes del desarrollo permanecieron inconclusas.

La experiencia judicial de Josef K. también puede leerse dentro de la transformación de las instituciones europeas de comienzos del siglo XX. El crecimiento de las administraciones estatales, la multiplicación de los procedimientos legales y la expansión de organizaciones jerárquicas habían modificado las relaciones entre los ciudadanos y las autoridades. Sin embargo, Kafka no describe un régimen político identificable ni presenta una denuncia de un tribunal concreto. Su ficción lleva determinadas características de la burocracia hasta un extremo en el que las reglas conservan su apariencia de legalidad, pero resultan inaccesibles para quienes deben obedecerlas. La acusación existe, el procedimiento continúa y los funcionarios cumplen sus tareas, aunque nunca se establece con claridad cuál es el delito investigado.

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La novela adquirió nuevas interpretaciones después de la muerte de Kafka, especialmente durante el siglo XX, cuando la expansión de los Estados autoritarios y de los sistemas administrativos modernos proporcionó otros contextos para comprenderla. La indefensión de Josef K. fue relacionada con la arbitrariedad judicial, la vigilancia institucional y los mecanismos de dominación burocrática. También surgieron interpretaciones religiosas y filosóficas centradas en la culpa, la imposibilidad de conocer una ley superior y la búsqueda de una autoridad que nunca se manifiesta plenamente. Ninguna de estas lecturas elimina las demás, porque el tribunal de Kafka permanece deliberadamente indefinido.

Hacia el final de la historia, Josef K. visita una catedral donde un sacerdote vinculado al tribunal le cuenta la parábola conocida como «Ante la ley». En ella, un hombre procedente del campo llega hasta una puerta custodiada por un guardián y solicita permiso para entrar. El guardián no se lo concede, aunque tampoco le prohíbe intentarlo más adelante. El hombre espera durante años, intenta sobornar al vigilante y envejece frente a una entrada que permanece abierta. Poco antes de morir, pregunta por qué nadie más ha solicitado acceso. El guardián le responde que aquella puerta estaba destinada exclusivamente a él y anuncia que va a cerrarla. Kafka había publicado esta parábola por separado en 1915, antes de que El proceso apareciera como novela.

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José Daniel Figuera

José Daniel Figuera

José Daniel Figuera es escritor, profesor universitario y especialista en Literatura y Tecnología Educativa. Su obra se centra en la narrativa breve, y es autor del libro Holística y otros relatos. Actualmente se desempeña como director de la Editorial Bloghemia, desde donde promueve el talento emergente en la literatura hispanohablante, apostando por voces frescas y propuestas innovadoras.