Menores, redes y abandono adulto – David Valentin Torres

Las redes sociales han dejado de ser espacios de intercambio para convertirse en arquitecturas de identidad. No acompañan el crecimiento: lo modelan. En la infancia y la adolescencia —cuando el yo aún no está estructurado— ese modelado no es inocuo. Se produce una sustitución silenciosa: la autoestima interna es desplazada por la validación externa, y la construcción del carácter por la reacción inmediata.

Likes, visualizaciones y seguidores no refuerzan la autoestima; la simulan. Lo que se instala no es seguridad, sino dependencia. No es amor propio, sino vanidad entrenada. No es confianza, sino narcisismo inducido, sostenido por métricas que convierten el valor personal en un marcador fluctuante y arbitrario. El resultado es un yo frágil, expuesto, permanentemente comparado y necesitado de aprobación para existir.

Este fenómeno no es una opinión moral ni una exageración cultural: está documentado. Aumento de ansiedad, estados depresivos, intolerancia a la frustración, hipersensibilidad al juicio ajeno y una autoimagen construida más desde la mirada del otro que desde la experiencia propia. Cuando el reconocimiento llega desde un algoritmo, la identidad se vuelve reactiva, no reflexiva.

Por eso distintos países han comenzado a actuar. Australia ha fijado los 16 años como edad mínima para el acceso autónomo a redes sociales. Francia ha legislado la prohibición hasta los 15. Dinamarca y Noruega avanzan en el mismo sentido. Otros países europeos han endurecido la verificación de edad y el consentimiento parental. No se trata de una cruzada moral ni de un capricho político: es una respuesta preventiva ante un daño que ya está ocurriendo.

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En ese mismo marco, España ha planteado una medida similar. Y, sin embargo, la reacción ha sido un escarnio desproporcionado, una avalancha de insultos y descalificaciones que apenas discuten el fondo del asunto. Resulta paradójico que una sociedad que afirma preocuparse por la salud mental de los menores ridiculice cualquier intento de protección como si fuera un ataque a la libertad. La confusión es profunda: poner límites a un entorno tóxico no es censura; es cuidado.

La libertad no puede exigirse allí donde aún no hay un yo capaz de sostenerla. Antes de hablar de derechos digitales convendría recordar que los menores no están en igualdad de condiciones frente a sistemas diseñados para captar atención, provocar comparación y reforzar impulsos. No se les priva de libertad; se les evita una dependencia temprana.

Pero el problema no termina en las plataformas. Existe una responsabilidad adulta que rara vez se aborda. Muchos padres celebran que sus hijos acumulen seguidores, exposición y visibilidad como si se tratara de logros reales. Sin advertirlo, refuerzan la misma lógica que los daña: la del valor medido en números, la del yo exhibido, la de la vanidad normalizada. El menor deja de ser sujeto para convertirse en escaparate.

Educar no es amplificar la ilusión, sino formar criterio. No es alimentar el narcisismo, sino construir interioridad. No es aplaudir la aprobación externa, sino enseñar a no depender de ella. La verdadera autoestima no necesita público; se asienta en la coherencia, en el límite y en la experiencia real de vínculo.

Regular el acceso de los menores a las redes sociales no es un gesto autoritario. Es un acto de responsabilidad psíquica y educativa. Lo irresponsable es mirar hacia otro lado mientras se confunde autoestima con vanidad, libertad con exposición y desarrollo con dependencia.

Proteger no es retroceder. Es dar tiempo para que el yo exista antes de ser exhibido.

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David Valentín Torres

David Valentín Torres

David Valentín Torres se formó como educador social y ha desarrollado su labor en distintas organizaciones vinculadas a ese ámbito. Escritor vocacional desde temprana edad, ha publicado cinco libros sobre filosofía, psicología y temática social. Colabora en diversos diarios digitales y ha recorrido varios países explorando y difundiendo su riqueza cultural, histórica y social. Actualmente trabaja en su sexto libro y en su primera novela.