Origenes del imperialismo neoconservador | por Giovanni Arrighi

«Imperialismo es una palabra que se suele pronunciar con ligereza.» Como John Hobson hace un siglo, Harvey señala que ese término ha asumido tan tos significados diferentes que su uso analítico, más que polémico, requiere cierta clarificación. Su significado más general es una extensión o imposición del poder, autoridad o influencia de un Estado sobre otros Estados o pueblos sin Estado. Así entendido, el imperialismo ha existido desde hace mucho tiempo y bajo gran variedad de formas, pero lo que tenemos que investigar es el tipo especial de imperialismo que Harvey llama «imperialismo capitalista» o «imperialismo de tipo capitalista», a fin de entender por qué la mayor potencia capitalista de la historia, Estados Unidos, ha desarrollado un aparato militar de destructividad sin paralelo y sin precedentes y ha mostrado una gran inclinación a aplicarlo tratando de materializar el proyecto más ambicioso de dominación mundial jamás concebido.

Lógica del territorio y lógica del capital

Harvey define el imperialismo de tipo capitalista como una «fusión contradictoria» de dos componentes: «la política estato-imperial» y «los procesos moleculares de acumulación de capital en el espacio y en el tiempo». El primer elemento se refiere a «las estrategias políticas, diplomáticas y militares empleadas por un Estado (o una coalición de Estados que opera como bloque de poder político) en defensa de sus intereses y para alcanzar sus objetivos en el conjunto del planeta». Esa lucha se ve impulsada por una «lógica territorial del poder», esto es, una lógica basada en el control sobre un territorio y la capacidad de movilizar sus recursos humanos y naturales. El segundo elemento, en cambio, se refiere a los flujos de poder económico «que atraviesan un espacio continuo, y por ende las entidades territoriales […] mediante las prácticas cotidianas de la producción, el comercio, los movimientos de capital, las transferencias monetarias, la migración de la fuerza de trabajo, las transferencias tecnológicas, la especulación monetaria, los flujos de información, los estímulos culturales y otros procesos similares». La fuerza impulsora de esos procesos es una «lógica capitalista del poder», esto es, una lógica en la que el control sobre el capital económico constituye la base de la búsqueda de poder.

La fusión de estos elementos es siempre problemática y a menudo contradictoria (esto es, dialéctica). Ninguna de estas dos lógicas puede reducirse a la otra. Así, «resultaría difícil explicar la guerra de Vietnam o la invasión de Iraq, por ejemplo, únicamente en términos de las necesidades inmediatas de la acumulación de capital», porque se puede argumentar plausiblemente que «tales aventuras inhiben más que favorecen el desarrollo del capital». Por la misma razón, no obstante, «tampoco es fácil explicar la estrategia territorial genérica de contención del poder soviético tras la Segunda Guerra Mundial –la misma que propició la intervención estadounidense en Vietnam– sin reconocer la necesidad imperiosa que sentían los empresarios estadounidenses de mantener abierta a la acumulación del capital mediante la expansión del comercio y la inversión en el extranjero una parte del mundo lo más extensa posible»16.

Aunque las lógicas territorial y capitalista del poder no se puedan reducir una a otra, y a veces sea la lógica territorial la que se sitúa en primer plano, «lo que distingue al imperialismo de tipo capitalista de otras variantes es que en él predomina típicamente la lógica capitalista». Pero, si es así, «¿cómo puede responder la lógica territorial del poder, que tiende a permanecer embarazosamente fija en el espacio, a la dinámica espacial abierta de la acumulación incesante de capital?». Y, si la hegemonía en el seno del sistema global corresponde a un Estado o un conjunto de Estados, «¿cómo se puede utilizar la lógica capitalista para mantener esa hegemonía?». Harvey considera estas preguntas especialmente apremiantes a la vista de las perspicaces observaciones, aunque quizá algo funcionalistas, de Hannah Arendt con respecto a las relaciones entre la acumulación de capital y la acumulación de poder.

Como dice Arendt en Los orígenes del totalitarismo: “La insistencia de Hobbes en el poder como motor de todas las cosas humanas […] provenía de la proposición teóricamente indiscutible de que una acumulación sin fin de propiedad debe basarse en una acumulación sin fin de poder […]. El proceso infinito de acumulación de capital necesita la estructura política de una «potencia tan ilimitada» que pueda proteger una propiedad cada vez mayor haciéndose cada vez más poderosa […]. Este proceso de acumulación sin fin de poder, necesario para proteger una acumulación sin fin de capital, determinó la ideología «progresista» de finales del siglo XIX y prefiguró el ascenso del imperialismo”.

Harvey afirma que la observación teórica de Arendt corresponde «precisamente» a mi propia presentación empírica de la sucesión de organizaciones que han promovido y mantenido la formación de un sistema capitalista mundial, desde las ciudades-Estado italianas hasta la fase de hegemonía estadounidense, pasando por las hegemonías holandesa y británica: “Del mismo modo que a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII la función hegemónica desempeñada por las Provincias Unidas excedía el tamaño y los recursos de un Estado como el holandés, a principios del siglo XX esa función resultaba excesiva para un Estado del tamaño y los recursos del Reino Unido. En ambos casos, la función hegemónica recayó en un Estado, el Reino Unido en el siglo XVIII y Estados Unidos en el XX, que ya disfrutaba de una «renta de protección» sustancial, es decir, ventajas únicas de costes asociadas con la insularidad geoestratégica, absoluta o relativa […]. Pero ese Estado, en ambos casos, tenía también el peso suficiente en la economía-mundo capitalista para poder alterar el equilibrio de poder vigente entre los Estados competidores en cualquier dirección que considerase oportuna. Y dado que la economía-mundo capitalista se había expandido considerablemente a lo largo del siglo XIX, el territorio y los recursos necesarios para convertirse en una potencia hegemónica a principios del siglo XX eran considerablemente mayores que en el XVIII”.

¿De la hegemonía al puro dominio?

A la luz de estas observaciones teóricas y empíricas, Harvey reformula sus preguntas respecto a la relación existente entre las lógicas territorial y capitalista aludiendo específicamente al estado actual de la hegemonía estadounidense. En primer lugar, ¿conduce inevitablemente el intento de los Estados hegemónicos de mantener su posición en relación con la acumulación sin fin de capital a extender, expandir e intensificar su poder militar y político hasta un punto que pone en peligro la propia posición que están tratando de mantener? En segundo lugar, ¿no está cayendo Estados Unidos en esa trampa, pese a la advertencia efectuada por Paul Kennedy en 1987 de que la expansión excesiva se ha demostrado una y otra vez como el talón de Aquiles de los Estados e imperios hegemónicos? Y, por último: “Si Estados Unidos ya no es por sí mismo suficientemente extenso y dotado de recursos para controlar la economía mundial considerablemente expandida del siglo XXI, ¿qué tipo de acumulación de poder político, y bajo qué tipo de organización política, será capaz de ocupar su lugar, dado que el mundo sigue todavía empeñado en una acumulación sin límite de capital?”.

La respuesta de Harvey a la primera pregunta es que la adopción por la Administración de Bush del Proyecto de Nuevo Siglo Americano constituye de hecho un intento de mantener la posición hegemónica de Estados Unidos bajo las condiciones de una integración económica global sin precedentes, creada por la acumulación sin fin de capital a finales del siglo XX. Siguiendo a Neil Smith, Harvey subraya la continuidad semántica entre el influyente editorial de Henry Luce en un número de la revista Life de 1941 titulado «The American Century» y el actual proyecto del «nuevo siglo americano». En ambos casos se atribuye a Estados Unidos un poder global y universal, más que específicamente territorial. De ahí la preferencia por el término «siglo», en lugar de «imperio».

Como señala Smith: “Mientras que el lenguaje geográfico de los imperios sugiere una política cambiante –los imperios ascienden y caen y pueden verse desafiados– el «siglo americano» sugiere un destino inevitable. Esa expresión de Luce permitía eludir cualquier objeción política sobre el dominio estadounidense. ¿Cómo se desafía un siglo? El dominio global estadounidense aparecía como resultado natural del progreso histórico, como pináculo de la civilización europea, más que como resultado de la pugna por el poder político-económico. Su advenimiento era tan inevitable como el de un siglo tras otro. En la medida en que estaba más allá de la geografía, el siglo americano quedaba más allá del imperio y de la reprobación”.

Sin embargo, el siglo americano no estaba, evidentemente, más allá de la geografía, y la probabilidad de que un segundo suceda al primero son escasas, por decirlo suavemente. La razón principal para que ello sea así, como veremos, se halla en la lógica capitalista de poder. Pero incluso desde la lógica territorial de poder, el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y la obsesión de sus promotores por Iraq y el oeste de Asia constituyen un planteamiento de alto riesgo para mantener la dominación estadounidense. Como señala Harvey, si Estados Unidos consiguiera estabilizar un régimen amistoso en Iraq, pasar de ahí a Irán y consolidar su presencia estratégica en Asia central controlando así las reservas de petróleo de la cuenca del Caspio, «dispondría de tal autoridad sobre la espita global del petróleo que podría imponer sus intereses a la economía global y prolongar su propio dominio durante otros cincuenta años».

Dado que todos los competidores económicos de Estados Unidos, tanto en Europa como en Asia oriental, dependen del petróleo de Asia occidental: “¿Qué mejor medio podría emplear Estados Unidos para eludir esa competencia y asegurar su propia posición hegemónica que controlar el precio, producción y distribución del recurso económico clave del que dependen sus competidores? ¿Y qué mejor medio para conseguirlo que aquel en el que Estados Unidos sigue siendo todavía todopoderoso, la fuerza militar”.

Pero, aun si tal estrategia pudiera triunfar militarmente –lo que ya es suponer–, eso no sería suficiente para mantener la posición hegemónica de Estados Unidos. Así, en vísperas de la invasión de Iraq, el ideólogo liberal-imperialista Thomas Friedman argumentó en The New York Times que no había «nada ilegítimo ni inmoral en que Estados Unidos quiera evitar que un dictador malvado y megalomaníaco adquiera una influencia decisiva sobre el recurso natural que mantiene en movimiento la infraestructura industrial del mundo». Pero Estados Unidos debía ser cuidadoso con la opinión pública y convencer a todos de que su intención es «proteger el derecho del mundo a la supervivencia económica» y de que «actúa en beneficio del planeta, no sólo para preservar el despilfarro estadounidense. […] Si ocupamos Iraq e instalamos simplemente a un autócrata más proestadounidense para dirigir la gasolinera iraquí (como sucede en otros Estados petrolíferos árabes), entonces esta guerra, motivada en parte por el petróleo, sería inmoral.

Harvey aprovecha la argumentación de Friedman para ilustrar la diferencia entre la hegemonía en el sentido gramsciano y la pura dominación. Como expuse en otro lugar, para Gramsci la hegemonía es el poder adicional del que goza un grupo dominante en virtud de su capacidad para impulsar la sociedad en una dirección que no sólo sirve a los intereses de tal grupo, sino que también es entendida por los grupos subordinados como conforme a un interés más general. Es el concepto inverso de «deflación de poder» utilizado por Talcott Parsons para designar situaciones en las que el control gubernamental no se puede ejercer sino mediante el uso generalizado o la amenaza de la fuerza. Si los grupos subordinados tienen confianza en sus gobernantes, el sistema de dominación se puede ejercer sin recurrir a la coerción, pero cuando esa confianza se desvanece ya no puede hacerlo. Por la misma razón, la noción gramsciana de hegemonía puede entenderse como la «inflación de poder» que deriva de la capacidad de los grupos dominantes para hacer creer que su dominio sirve no sólo a sus intereses sino también a los de los subordinados. Cuando esa credibilidad falta o se desvanece, la hegemonía pasa a ser pura dominación, o lo que Ranajit Guha ha llamado «dominio sin hegemonía».

Liderazgo de suma cero

Siempre que hablemos de liderazgo en un contexto nacional, como hace Gramsci, el aumento del poder de un Estado frente a otros Estados será un elemento importante –y hasta cierto punto un índice– de la prosecución con éxito del interés general (esto es, «nacional»). Pero, cuando hablamos de liderazgo en un contexto internacional, para designar el hecho de que un Estado dominante impulsa el sistema interestatal en la dirección que desea, el «interés general» no se puede definir en términos del aumento de poder de un Estado individual sobre los demás, porque por definición este poder no puede aumentar para el conjunto del sistema. Ahora bien, sí puede identificarse un interés general para todo el sistema distinguiendo entre los aspectos «distributivo» y «colectivo» del poder. El primero se refiere a un juego de suma cero en el que un agente sólo puede ganar poder si otros lo pierden. El aspecto colectivo del poder, en cambio, se refiere a un juego de suma positiva en el que la cooperación entre distintos agentes incrementa su poder sobre terceros o sobre la naturaleza. Así, mientras que el interés general del sistema interestatal no se puede definir a partir de cambios en la distribución de poder entre ellos, sí se puede definir en términos de un incremento del poder colectivo sobre terceros o sobre la naturaleza de los grupos dominantes de todo el sistema.

Coincidiendo con esa adaptación del concepto gramsciano de hegemonía a las relaciones interestatales, Harvey señala que durante el último medio siglo Estados Unidos ha recurrido con frecuencia a medios coercitivos para subyugar o eliminar a grupos antagonistas en el propio país y –especialmente– en el exterior. Sin embargo, «la coerción o liquidación del enemigo sólo fue una base parcial del poder estadounidense, que en ocasiones se mostró contraproducente». Una base igualmente indispensable era la capacidad de Estados Unidos de movilizar internacionalmente el consentimiento y la cooperación, actuando de forma que resultara al menos plausible la proclamación de que Washington actuaba en nombre del interés general, aun cuando realmente estuviera privilegiando estrechos intereses estadounidenses.

A este respecto, como escribe Harvey: “La Guerra Fría proporcionó a Estados Unidos, como es obvio, una oportunidad sin par. Estados Unidos, dedicado a la acumulación incesante de capital, estaba dispuesto a ejercer el poder político y militar necesario para defender y promover ese proceso en todo el planeta contra la amenaza comunista. Los propietarios privados de todo el mundo podrían apoyar a ese poder y unirse y cobijarse tras él, enfrentados a la perspectiva del socialismo internacional […]. Aunque sabemos lo bastante sobre los procesos de toma de decisiones en la política exterior seguida durante la época de Roosevelt-Truman y desde entonces, para concluir que Estados Unidos siempre antepuso sus propios intereses, en muchos países afluyeron suficientes beneficios a las clases propietarias como para hacer creíble la proclamación estadounidense de que actuaba en nombre del interés universal (léase de los «propietarios») y para mantener a los grupos subalternos (y Estados clientes) agradecidamente alineados tras él”.

La Administración de Bush y los promotores de un segundo siglo americano han hecho evidentemente todo cuanto podían por persuadir al mundo de que, al invadir Iraq, Estados Unidos actuaba «en beneficio del planeta, y no sólo para preservar el despilfarro estadounidense», como sugería Friedman; pero el fracaso en obtener un apoyo internacional significativo para la invasión sugiere que gran parte del mundo creía otra cosa. Desde un principio, el problema principal no era que las «armas de destrucción masiva» o la «conexión Iraq-Al Qaeda» carecieran de credibilidad, sino más bien que la invasión se inscribía en un proyecto político más amplio de dominio global estadounidense que privilegiaba explícitamente los aspectos distributivos del poder por encima de los colectivos.

El intento de poner en práctica el plan mediante la decisión unilateral de invadir Iraq, argumenta Harvey, «creó, a comienzos de 2003, un brote conjunto de resistencia en Francia, Alemania y Rusia, respaldado incluso por China». Ese alineamiento político repentino permitió «apreciar los borrosos perfiles del bloque de poder euroasiático que Halford Mackinder presentaba, hace ya mucho tiempo, como candidato probable al dominio geopolítico del mundo.

A la luz de los permanentes temores de Washington de que llegara a materializarse tal bloque, la ocupación de Iraq cobra un significado más amplio: “No sólo constituye un intento de controlar el grifo global del petróleo y con él la economía global mediante el dominio sobre Oriente Medio, sino también una potente cabeza de puente militar de Estados Unidos en la masa territorial euroasiática, que unida a sus alianzas desde Polonia hasta los Balcanes le proporciona una poderosa situación estratégica en Eurasia, con la posibilidad de sabotear cualquier consolidación de un bloque de poder euroasiático que pudiera optar a ejercer esa acumulación incesante de poder político que debe acompañar siempre a la acumulación igualmente incesante de capital”.

Son estos planes de largo alcance los que han convertido a Estados Unidos en foco de las actuales discusiones sobre el imperio y el nuevo imperialismo. Sin embargo, como señala Harvey, «el equilibrio de fuerzas existente en el seno de la lógica capitalista apunta en una dirección bastante distinta».

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