Entre el humo de un incendio que no hemos provocado – Franco Berardi

De las revueltas de París al resto del mundo, ¿es posible recomponer el cerebro y el cuerpo colectivo?

21 de octubre de 2026

El otoño mediterráneo, de Madrid a Tirana, de París a Atenas y Milán, es turbulento y está cargado de amenazas. Pero allí donde está el peligro, a veces se encuentra la salvación. A veces, no siempre.

Frente al futuro de guerra que están preparando, frente al saqueo de los recursos sociales destinados a alimentar el rearme, la Europa mediterránea reacciona. Una estudiante de Milán levanta una pancarta en la que puede leerse: «Dinero para las escuelas, no para la guerra».

En este contexto debemos comprender el sentido de la revuelta de la generación Z (la última letra del alfabeto).

Al observar las imágenes de las revueltas de Milán, en las que no pude participar debido a enfermedades pulmonares que me impiden respirar gases lacrimógenos, me vinieron a la mente diversas escenas del pasado reciente y lejano.

Hace cincuenta años

Lo primero que recordé fue el 7 de diciembre de 1976, cuando miles de jóvenes de los centros sociales que entonces comenzaban a surgir llegaron desde la inmensa periferia de Milán y saquearon, como correspondía, el centro de la ciudad.

Fue el comienzo del movimiento que culminaría los días 11 y 12 de marzo con las revueltas de Bolonia, Roma, Milán y muchos otros lugares.

Aquel 7 de diciembre de 1976 estaba en Milán para seguir los acontecimientos y, a media tarde, unos policías me detuvieron y me llevaron a comisaría, donde pasé muchas horas esperando mi liberación, en una gran sala abarrotada de otros detenidos.

Llevaba conmigo la grabadora Naga de Radio Alice y grabé algunas de las voces de los demás detenidos. En la tradición de la izquierda, aquellos jóvenes de la periferia eran considerados lumpemproletarios, pero para nosotros formaban parte de un movimiento emergente en el que se fusionaban la condición estudiantil y la obrera.

Existía la vaga percepción de estar implicados en un proceso que avanzaba hacia la liberación de la vida de la esclavitud del trabajo asalariado.

Pero las cosas no salieron como queríamos: el conocimiento y la tecnología, que para nosotros podían convertirse en instrumentos de liberación, fueron expropiados por una minoría y sometidos a los intereses del beneficio económico, en contra del interés colectivo.

Un personaje infame que entonces ocupaba el cargo de ministro del Interior y que posteriormente fue nombrado presidente con los votos de los estalinistas escribió:

«Yo acabé definitivamente con la autonomía: enviando los vehículos blindados para derribar las puertas de la Universidad de Roma y volver a ocuparla después de la expulsión de Lama; después, enviando a Bolonia, tras la muerte de Lorusso, los blindados de los carabineros con ametralladoras, recibidos con los aplausos de los comunistas boloñeses. Todavía toleramos el congreso de septiembre; después dimos la última barrida y la autonomía terminó».

El otoño de la convulsión

Entonces me viene a la mente una segunda escena, mucho más cercana a nuestros tiempos: Santiago de Chile, año 2019.

Es el año de la película Joker, de Todd Phillips: un fantástico e inquietante Joaquin Phoenix pone en escena el sufrimiento psíquico, la soledad metropolitana y la explosión de violencia irracional de Arthur Fleck, un payaso despedido, aquejado de depresión y con ciertos rasgos esquizoides, que asesina a tres jóvenes de la clase financiera provocando las carcajadas del público.

Esa violencia es ciertamente irracional, pero ¿cómo no comprenderla, sobre todo cuando al final de la película desencadena una revuelta memorable?

En el cine nos pareció divertido, pero no olvidemos que ese mismo sufrimiento puede tener efectos catastróficos, como la elección de un desequilibrado para la presidencia estadounidense.

Nos equivocábamos por completo: ¿qué encontramos al salir del túnel pandémico? La guerra.

En el otoño de 2019, muchas ciudades del mundo, desde Santiago de Chile hasta Hong Kong, desde Quito hasta Teherán, desde Barcelona hasta Londres, parecieron sacudidas por una convulsión simultánea, pero carente de una estrategia común.

El estallido del otoño de 2019 no fue el comienzo de una revolución; no tenía un sentimiento común ni un programa de transformación para el futuro. Era la convulsión de un cuerpo comprimido durante demasiado tiempo.

Después de cuarenta años de aceleración neoliberal del ritmo de producción, información y consumo, después de tres décadas de hiperestimulación digital y conectiva, el cuerpo colectivo entró en una especie de convulsión: la reacción del organismo ante una aceleración del ritmo, un espasmo muscular que puede resultar doloroso y conducir al organismo al colapso y, posteriormente, a la parálisis.

Ese mismo año, además de la sublime Joker de Todd Phillips, recuerdo haber visto otras dos películas que me parecieron señales del ciclo de aceleración, convulsión y colapso que se estaba desarrollando en el mundo real.

La película de Ken Loach Sorry We Missed You narraba las condiciones del trabajo precario y superexplotado, así como sus consecuencias de agotamiento nervioso, humillación y rabia impotente.

Un padre de familia pasa todo el día conduciendo una furgoneta para entregar mercancías, obligado a orinar en una botella, hasta que una banda de pequeños delincuentes lo asalta y le roba los productos que debía repartir.

La segunda película que recuerdo es Parásitos, del surcoreano Bong Joon-ho, en la que asistimos a una escalada de engaños y violencia, en una situación de competencia social desprovista de cualquier espacio de solidaridad, de capacidad de rebelión o de conciencia.

Después de la convulsión, el colapso

Después de la convulsión del otoño de 2019 llegó el colapso.

A comienzos del año siguiente, en efecto, el mundo quedó paralizado por una pandemia producida por un agente infoviral que consiguió detener la actividad económica y la aceleración constante de la actividad social.

Por fin era posible relajarse.

Durante el largo período de confinamiento y distanciamiento social, muchos se hicieron la ilusión de que aquella conmoción favorecería el abandono de las políticas neoliberales que habían debilitado la sanidad pública y vuelto frágil al organismo colectivo.

Por ejemplo, muchos esperaban el abandono de los programas neoliberales que habían recortado la financiación de la sanidad pública para favorecer al sistema sanitario privado.

Se esperaba que la salida del túnel pandémico creara las condiciones para una nueva política social orientada hacia la solidaridad.

Nos equivocábamos por completo: ¿qué encontramos al salir del túnel pandémico?

La guerra.

Para reafirmar el predominio de una minoría blanca y de un sistema de saqueo financiero, el poder global ha puesto en marcha la maquinaria de guerra.

En nombre del rearme se destruye definitivamente la sociedad, se reduce el gasto en educación y se invita a los jóvenes a prepararse para matar y dejarse matar.

En nombre de la guerra se abandonan las tímidas políticas ecológicas y se vuelve a envenenar el aire, la tierra y el mar.

El genocidio se ha convertido en un espectáculo cotidiano. En Gaza disparan contra multitudes de jóvenes que piden pan, que piden agua para beber.

Los recortes a la ayuda humanitaria ponen en marcha un genocidio a escala planetaria.

Nada es razonable cuando se elimina la razón

Es perfectamente comprensible que, en los márgenes de una sociedad que se prepara para la guerra, aumente la desesperación.

La generación sin futuro tiene todas las razones para rebelarse. Hubo un tiempo en que se reivindicaba un futuro mejor. Ahora, la idea de un futuro mejor provoca risa.

Es bien sabido que la generación que alguien tuvo la desfachatez de traer al mundo está destinada a respirar un aire irrespirable. En estos días, la revuelta de los jóvenes indonesios nace de la rabia provocada por los incendios que arrasan el archipiélago y llenan de humo el aire de las ciudades.

«¡Si nosotros ardemos, ustedes también arderán!», decía una pancarta de protesta exhibida por un manifestante en Yakarta.

«Tengo derecho a respirar. Apaguen inmediatamente los incendios», gritaba otra pancarta.

Pero nadie es capaz de apagar el incendio que vuelve tóxico el aire que respiramos.

El 15 de febrero de 2019, millones de jóvenes salieron a las calles de todo el mundo para exigir que alguien apagara el incendio o, al menos, dejara de provocarlo.

Greta Thunberg advertía: el tiempo está a punto de agotarse.

¿Cuál fue la respuesta de las clases dirigentes?

Guerra contra los civiles y contra el medioambiente, petroleros que vierten petróleo en el mar, inmensas nubes de materiales tóxicos para exterminar poblaciones indefensas.

«Drill, baby, drill» («Perfora, cariño, perfora»), grita el presidente mientras se embolsa millones de dólares.

¿Deberíamos sorprendernos de que los jóvenes salgan a las calles gritando: «Nos han arruinado el futuro, nos las van a pagar»?

Hace un año, muchos de esos jóvenes protestaban contra el genocidio en Gaza. Pero el genocidio continuó.

Y entonces alguno de ellos pudo haber pensado: todos los días vemos en las pantallas cómo asesinan a jóvenes y niños. Los próximos seremos nosotros. Se lo haremos pagar por adelantado.

¿Es razonable? Nada es razonable cuando las condiciones de la razón son eliminadas en nombre del beneficio económico y de la guerra.

¿Es posible recomponer el cuerpo y el cerebro colectivo?

Pero volvamos a 2019.

En aquel otoño del estallido chileno asistimos a la irrupción convulsiva de un cuerpo social separado del cerebro, una revuelta sin proyecto que fue perdiendo fuerza mientras la política se mostraba incapaz de traducirla.

La reforma constitucional fue rechazada y, finalmente, los fascistas ganaron las elecciones.

Deberíamos extraer una lección: el proyecto que debemos perseguir es el de una recomposición del cuerpo y el cerebro.

Sin un proceso de autoorganización del trabajo cognitivo, la insurrección de los cuerpos no puede sino desembocar en una reacción de carácter fascistoide.

Los activistas que protestan contra los centros de datos en el interior de la región de Milán son conscientes de que es necesario arrebatar a las corporaciones privadas las potencias del conocimiento y convertirlas en patrimonio común.

Pero ¿es posible la autoorganización del conocimiento fuera del dominio de las finanzas y de la guerra, ante el cerco que se avecina?

¿Es posible un pensamiento colectivo cuando el cuerpo social está fragmentado y es incapaz de alcanzar la unidad y elaborar una estrategia?

La migración ha transformado la composición social de la metrópolis y ha creado condiciones de conflicto entre los pobres y los marginados.

Recordando Macao

Solo los centros sociales han intentado crear espacios de recomposición. Pero no siempre ha sido fácil.

Recuerdo cómo concluyó, en 2021, la experiencia milanesa de Macao, quizá el centro social que, desde su nacimiento en 2012, más había avanzado en el intento de reunir la marginalidad social, los artistas y el trabajo cognitivo. Revuelta e inteligencia estratégica.

Los ocupantes de Macao decidieron abandonar el edificio en el que habían vivido y experimentado durante una década cuando comprendieron que el entorno se había vuelto peligroso por la presencia de personas marginadas, en parte extranjeras, que no querían reconocerse en un proyecto común y solidario, sino únicamente expresar su necesidad desesperada de forma violenta.

Cuando los ocupantes de Macao comprendieron que el enfrentamiento con la marginalidad podía volverse violento, prefirieron marcharse.

Uno de ellos declaró:

«Hay un límite que no estamos dispuestos a superar, que no forma parte de nuestra historia ni de nuestro lenguaje. No somos buenos provocando miedo. Nos interesa generar alianzas y formas alternativas de sociabilidad, construir complicidades y fuerza, imaginar otros mundos: esas son las cosas que sabemos hacer».

Deberíamos retomar la reflexión desde ese punto.

Mientras tanto, quienes han favorecido la catástrofe, quienes han sustraído recursos a la educación para destinarlos al beneficio económico y a la guerra, se agolpan detrás de una pancarta que promete:

«Los reemigraremos a todos».

Son unos canallas. Por sus propios intereses están dispuestos a destruir cualquier vestigio de democracia y de vida social.

No lo sé

Hay muchas cosas que no sé.

No sé si conseguiremos evitar un nuevo endurecimiento de las políticas de seguridad que aumentan la tensión en lugar de remediarla.

No sé si es posible llevar adelante un proyecto de recomposición pacífica del cuerpo y del cerebro social.

Y, para terminar, no sé qué significa una pancarta que una muchacha levantaba en la plaza de Milán:

«Cielo artificial, veneno real».

Dicen que son palabras que denuncian las estelas químicas, pero para mí significan muchas otras cosas.

Son palabras ambiguas, irónicas, poéticas y, por eso, podemos interpretarlas un poco como queramos.

Para mí significan que el poder de la tecnología, de la inteligencia separada de su cuerpo, está intoxicando la mente y envenenando el territorio.

Solo un movimiento capaz de devolver a la inteligencia colectiva aquello que ha sido creado por la inteligencia colectiva podrá proporcionar oxígeno a un cuerpo que se está asfixiando.

Franco «Bifo» Berardi, «Nei fumi di un incendio che non abbiamo appiccato», publicado por primera vez en NERO Editions el 21 de octubre de 2026. Traducción al español para Bloghemia.

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Franco “Bifo” Berardi

Franco “Bifo” Berardi

Franco “Bifo” Berardi (Bolonia, 1949) es un filósofo, teórico y activista italiano, figura clave del movimiento autonomista. Se graduó en Estética y participó activamente en el movimiento estudiantil de 1968 en Italia, donde cofundó la mítica Radio Alice y colaboró en la revista A/traverso. Su obra se centra en el impacto de los medios de comunicación y las tecnologías de la información en el capitalismo posindustrial, abordando temas como la psicopatología de la sociedad contemporánea, la infelicidad en la era digital y la relación entre tecnología y subjetividad.