Mientras en el Senado argentino se discute una nueva Ley de Tierras, desde el campo de la filosofía surgen estas preguntas: ¿Cuál es el límite de la libertad? ¿Cuánta tierra puede comprar un privado? ¿Cómo reprimir la codicia y frenar la ambición? ¿Qué rol tiene el Estado?
Un poder político que legisle en materia territorial debería seguir imperativos de justicia y soberanía que cuiden los intereses de la nación y de la sociedad civil que gobierna. Lo cual adquiere mayor relevancia ya que uno de los temas a debatirse será la eliminación del límite del 15 % en la compra de tierras rurales por parte de los extranjeros. No ignoramos que actualmente una porción de tierra puede ser explotada con fines agrícolas o ganaderos, pero también como base procesadora de datos para la inteligencia artificial, el blockchain, o para el desarrollo de energías renovables y otras tantas tecnologías de punta.
Genéricamente debe considerarse cuál es el destino de los bienes y las riquezas que el mundo pone a disposición de la humanidad. Tradicionalmente se ha dicho que la tierra y todo lo que hay en ella fueron dados a los hombres para sustento y comodidad de su existencia. No hay duda de que en justicia su destino ha de ser universal, pues todos los habitantes del planeta tienen derecho a gozar de una vida digna y acceder a un cierto bienestar que les permita cubrir no solo sus necesidades básicas sino también colmar sus potencialidades espirituales, culturales e intelectuales. Los frutos que pudiesen extraer ayudados por la técnica es algo que también les pertenece en común y deben compartir. De ello se deriva la función social de los recursos y el uso responsable que debe dárseles para cuidar el planeta del cambio climático.
Aquí ya se nos presenta el primer valladar de los intereses económicos e individualistas. Desde el poder se nos dice que una nueva ley de tierras favorecería el desarrollo económico, pero nadie aclara ni promete que ese desarrollo sea responsable e integral, que beneficie a todas las capas de la sociedad, ni tampoco que vaya a solucionar las carencias estructurales que padece nuestra nación. Reparen en las trampas del subconsciente que aflora de la verba de los políticos cuando hablan de desarrollo económico en lugar de desarrollo nacional.
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Me interesa →De modo que la injusticia del capitalismo no está en la creación de riqueza ni en los medios de producción; está en el egoísmo y en la falta de redistribución de la abundancia. En una de sus últimas obras, Cómo cambiar el mundo, Eric Hobsbawm sostuvo que al menos potencialmente la capacidad productiva de los humanos ha posibilitado pasar del reino de la necesidad al reino de la opulencia. En efecto, hoy la riqueza mundial es apabullante; alcanzaría para satisfacer todas las necesidades, pero lamentablemente está hiperconcentrada en unas pocas manos, con lo que la brecha entre ricos y pobres, frágiles y poderosos, lejos de reducirse se agranda.
Nadie, por más humilde que sea, debería quedar excluido del festín. Tal fue la abundancia de recursos en los albores de la humanidad que los primeros clanes, casas y tribus coexistían sin peleas como si ya estuviesen en el Edén. En una condición similar al mítico estado de naturaleza de absoluta libertad e igualdad sin sujeción a ningún poder, se hallaron los nativos de América antes de que los conquistadores los desalojaran y ocuparan las llanuras feraces.
Pero a medida que se fue expandiendo la humanidad, tanto la tierra como sus frutos se volvieron escasos, cundió el hambre y así fue que aparecieron las primeras disputas en torno a la posesión. Según Hobbes, el odio entre los hombres comenzó cuando uno dijo “esto es mío” y otro le contestó: “no, es mío”. A partir de entonces, guiados por el egoísmo y la terquedad, ya no pudieron ponerse de acuerdo ni quisieron compartir los recursos; olvidados de su virtud primitiva, eligieron la guerra. Más tarde, expandieron los mercados con el afán de obtener mayores ganancias y vender las manufacturas que la industria comenzó a producir. Apareció el mundo de los negocios, el dinero y las finanzas. Insostenible hubiese resultado esa tensión de no haberle puesto coto, y ese coto se llamó derecho de propiedad. Consiste en la facultad de usar, gozar y disponer libremente de un bien mueble, inmueble o intangible conforme a las reglas establecidas y cuidando de no dañar al otro en su vida, salud, libertad y posesiones.
Aparece así el pensamiento fundante de John Locke, padre del liberalismo político. Fue para evitar los disensos, según expuso en el capítulo V de su obra Segundo ensayo sobre el gobierno civil, después de haberse multiplicado significativamente la humanidad, que la tierra se volvió escasa y entonces surgió la necesidad de distribuir y regular la propiedad, con lo que hubo que asignarle un valor dado por el trabajo de quien la cultivaba, hubo que cercarla y crear el derecho de pertenencia. Pero ese derecho, que de por sí no conlleva mal alguno, debió ser ejercido prudentemente hasta el límite de lo que cada uno precisara para cubrir sus necesidades básicas y llevar una existencia digna, cuidando de no afectar los intereses del vecino: “la parcela que un hombre tomaba para sí mismo era claramente visible y era inútil y deshonesto que tomara demasiado para sí o más de lo que le hacía falta para cubrir sus necesidades”.
Lastimosamente, el objetivo primigenio se desnaturalizó ante la aparición de los grandes latifundios, la ambición desmedida y el afán predador. Es que el derecho de propiedad marchó de la mano del crecimiento económico, las economías de escala y la fiebre acumulativa. Por eso recibió el mote de privada cuando en sus orígenes tuvo carácter de pública, es decir para uso de la comunidad o perteneciente al Estado. Así surge, por ejemplo, en la tradición judeocristiana de los textos bíblicos: “La tierra no podrá venderse definitivamente, porque es mía, y ustedes son para mí como extranjeros o huéspedes” (Levítico 25,23); y el rey David pudo cantar en el salmo 115: [el Señor] “ha dado la tierra a los hijos de los hombres”, es decir, ha dado la tierra a la humanidad en común. Se relaciona también con el mandato que en época temprana el Dios de los profetas transmitió a Israel: “Si tu hermano se queda en la miseria y no tiene con qué pagarte, tú lo sostendrás como si fuera extranjero o huésped… déjalo vivir junto a ti como hermano. No le prestes dinero a interés ni le des comida para sacar provecho” (Levítico 25, 35-37). Y finalmente, al instituirse en el monte Sinaí el año jubilar de perdón y liberación para todos los habitantes, por el que luego de cincuenta años quedaban los esclavos libres y todas las propiedades que antes habían sido enajenadas volvían a sus primitivos dueños o herederos.
Fue por su importancia económica que las propiedades y el dominio sobre ellas pasaron a tener tanta relevancia no solo para el Estado sino para los particulares. Aunque en definitiva el instituto nunca pudo escapar de la esfera pública. Desde su origen, a los Estados capitalistas se les asignó la misión de asegurar y proteger el derecho de propiedad. Precisamente Locke define al poder político como el derecho de dictar leyes destinadas a regular y preservar la propiedad en pos del bien público, empleando la fuerza de la comunidad en la ejecución de tales leyes y en la defensa del Estado ante ofensas extranjeras.
Tanto desde el capitalismo como desde el socialismo —ni qué hablar de los totalitarismos— pretendieron controlarla y avanzar sobre ella, sea regulándola, sea recurriendo a la expropiación, creando impuestos, colectivizándola o promoviendo una reforma agraria. Recordemos un pasaje de Mein Kampf, la tristemente célebre obra de Adolf Hitler: “La fortaleza de nuestro Estado no debería fundamentarse en colonias, sino en el territorio ario de Europa. No deberá considerarse asegurado el Reich hasta que cada vástago de nuestro pueblo tenga su propio suelo. No hay que olvidar nunca que el derecho más sagrado de este mundo es el derecho a la tierra que se quiere trabajar por sí mismo, y el más sagrado sacrificio, la sangre que se vierte por dicha fuerza”.
Surge entonces el eterno dilema: ¿La propiedad debe ser pública o privada? ¿Su dominio debe estar en manos del Estado, de la comunidad o de los particulares? “Tanta tierra cuanto un hombre labre, plante, mejore, cultive y cuyo producto pueda usar, será de su propiedad”, sostuvo en el siglo XVII John Locke. El problema no reside en el derecho legítimo de las personas a poseer un pedazo de tierra para trabajarla y vivir decentemente, sino en su extensión. Dejemos que la literatura entregue las respuestas que buscamos:
“Si un hombre tiene una pequeña propiedad, esa propiedad se transforma en él, en una parte de él, y es como él. Si es dueño de una propiedad, aunque solo sea para recorrerla, trabajarla, apenarse cuando las cosas no le van bien, y ponerse contento cuando la lluvia cae sobre ella, esa propiedad es de él, y de alguna manera, él es más grande porque la posee. Incluso si las cosas no le van bien, él tiene la grandeza que le da su propiedad. Pero cuando un hombre tiene una propiedad que no ve, que no puede tocar con los dedos porque le falta tiempo, ni pisar porque no está allí, entonces la propiedad es el hombre. Él no puede hacer ni pensar lo que desea. La propiedad se apodera del hombre por ser más fuerte que él. Y él ya no es grande, sino pequeño. Tan solo sus propiedades son grandes y él se convierte en el servidor de su propiedad”. “El dinero fue mermando el amor de aquellas gentes y su carácter indómito se disolvió gota a gota en los intereses hasta que de ser granjeros pasaron a ser pequeños tenderos de cosechas, pequeños fabricantes que deben vender antes de hacer. Entonces los agricultores que no eran buenos comerciantes perdieron su tierra, que fue a parar a manos de comerciantes inescrupulosos. Por más inteligente que fuera un hombre, por más ternura que sintiera por la tierra y los cultivos, si además no era buen comerciante no podía sobrevivir. Y conforme pasó el tiempo, los hombres de negocios se fueron quedando con las fincas y estas se hicieron más extensas y el número de propietarios disminuyó”. (Las Uvas de la Ira, John Steinbeck)
“Tanto la mitología como la poesía antigua sugieren que la labranza fue, alguna vez, un arte sagrado; pero nosotros la ejercitamos de modo irreverente, porque nuestro objetivo es tan solo obtener grandes fincas y cosechas. …Ya sea por avaricia o egoísmo o por un hábito rastrero, considerar a la tierra como una propiedad o como un medio de conseguir propiedad, deforma el paisaje, degrada la labranza y el que labra lleva la más infame de las vidas. Conoce la naturaleza pero como un expoliador. Catón expresa que los beneficios de la agricultura son, especialmente, caritativos y justos, y según Verrón (escritor romano, lugarteniente de Pompeyo), los antiguos romanos ‘nombraban igual a la Madre Tierra que a Ceres y pensaban que aquellos que la cultivaban tenían una vida útil y piadosa y eran ellos los únicos sobrevivientes de la raza y del rey Saturno’ … La espiga de trigo no tendría que ser la única que le interese al labrador; su grano no es lo único que importa. ¿Cómo puede fracasar nuestra cosecha? ¿No debo alegrarme de esa abundancia de hierbas que alimentan, con sus semillas, a las aves? … El auténtico granjero renunciará a su ansiedad sobre el producto de sus campos y sacrificará, en su cabeza, los primeros frutos y también los últimos”. (Henry D. Thoreau, Walden, La vida en los bosques)
Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo se hacía las mismas preguntas que ahora nos hacemos. Al criticar el comunismo de Platón en La República, sostuvo: “la propiedad debe ser en cierto modo común, pero en general privada. Los intereses, al estar divididos, no ocasionarán recíprocas acusaciones, y producirán más al dedicarse cada uno a lo suyo. Pero, gracias a la virtud, se actuará para su uso según el proverbio: ‘Las cosas de los amigos son comunes'”. Lo escribió en el Libro II de La Política; y sigue: “La ambición de los hombres es insaciable: al principio basta con dos óbolos, pero cuando esto es ya una costumbre establecida, requieren más, hasta el infinito, porque la naturaleza del deseo no conoce límites, y la mayor parte de los hombres viven para colmarla”.
Preocupaba al Estagirita el tema de la propiedad, pues si no se regulaba podía producir revueltas. “Lo más conveniente no es establecer la igualdad de las posesiones porque esto lleva a la molicie; lo que hay que moderar es el límite de la ambición buscando siempre el punto medio a través de las leyes y la educación. El principio de la reforma consiste, más que en igualar haciendas, en formar a los ciudadanos naturalmente superiores de tal modo que no quieran obtener más.” Presenta en su obra el caso de Faleas de Calcedonia, que fue el primero en establecer la igualdad de las posesiones. Menciona también a Platón, que permitía la propiedad privada pero hasta un cierto límite: no más de un quíntuplo del mínimo fijado. Recuerda por último el caso de Solón que, adelantándose a los tiempos, dictó una ley que prohibía adquirir toda la tierra que un particular quisiera.
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