Hoy, en Bloghemia, les traemos un dossier del filósofo italiano Giorgio Agamben con sus artículos publicados durante los meses de marzo y abril de 2026. A través de cuatro textos breves pero incisivos, Agamben examina la carencia fundacional de infancia en nuestra cultura, la deriva política de Occidente hacia la demencia, la inversión de la relación entre el hombre y la tecnología y, para cerrar, las raíces gramaticales de nuestro destino.
La infancia de Adán
No se comprende la concepción que nuestra cultura se hace del ser humano si no se recuerda que en su base hay un hombre sin infancia: Adán. Según el relato del Génesis, el hombre que el Señor crea y pone en el jardín del Edén es un adulto, con quien Él habla y a quien da órdenes, y para quien crea una compañera para que no esté solo. Y solo un adulto, y ciertamente no un in-fante (el que no habla), podía poner nombre a todos los animales del jardín.
No sorprende que un ser sin infancia no pueda permanecer inocente y esté fatalmente destinado a la culpa y al pecado. Quizás el pesimismo que condena a Occidente cristiano a aplazar siempre la felicidad y la plenitud hacia el futuro proviene de esta singular carencia, que hace de Adán un ser constitutivamente falto de infancia. Y es quizás por esta falta, más original que cualquier pecado, que, por un lado, la infancia es para cada uno de nosotros el lugar de la nostalgia de la felicidad imposible y, por otro lado, en la organización social, una condición deficitaria que debe ser a toda costa disciplinada y amaestrada. Y si el psicoanálisis ve en el niño el sujeto oculto de toda neurosis, esto es quizás precisamente porque en algún lugar actúa en nosotros el paradigma adamítico de un hombre sin infancia.
Esto significa que la curación de la enfermedad de Occidente –es decir, de una cultura adulta que, al reprimir la infancia, termina por condenarse a la puerilidad– solo será posible si somos capaces de devolverle a Adán su infancia.
13 de abril de 2026
Buscamos escritores
¿Tienes un manuscrito? En Editorial Bloghemia te acompañamos desde la edición hasta la distribución.
Me interesa →Al que Dios quiere perder, lo enloquece
Conviene reflexionar sobre un hecho tan increíble que se intenta a toda costa reprimirlo, y es que el Estado que se declara el más poderoso del mundo está regido desde hace años por hombres que son técnicamente dementes. No se trata de dar así una forma extrema a un juicio político: que Trump –como ciertamente Biden antes que él– deba ser considerado demente en el sentido patológico del término es una evidencia hoy compartida por muchos psiquiatras y que cualquiera que observe su modo de expresarse no puede menos que compartir. Por supuesto, lo que aquí nos interesa no es el caso clínico de los individuos llamados Trump y Biden; más bien, la pregunta que no podemos dejar de hacernos es: ¿cuál es el significado histórico del hecho de que un país como Estados Unidos –que está de algún modo al frente de todo Occidente– esté regido por un enfermo mental? ¿Qué declive espiritual y moral, antes incluso que político, puede haber conducido a una consecuencia tan extrema? Que el destino de Occidente estuviera marcado por el nihilismo es algo que ya Nietzsche diagnosticó hace más de un siglo, junto con la muerte de Dios: pero que el nihilismo debiera tomar la forma de la demencia no era algo dado por sentado. Quizás es de algún modo por compasión y piedad que el Dios que quiere perder a Occidente lo conduce a su fin no en la conciencia y la responsabilidad, sino en la inconsciencia y la locura.
30 de marzo de 2026
El bastón y la mano
«¿Se jactará acaso el hacha contra el que corta con ella, o se ensoberbecerá la sierra contra quien la maneja? Como si el bastón quisiera dirigir a quien lo blande, como si la vara quisiera levantar a quien no es de madera» (Isaías, 10). Las palabras del profeta describen exactamente lo que está sucediendo hoy. Los dispositivos tecnológicos son el bastón que pretende dirigir –y de hecho dirige– a quien lo maneja o, más bien, cree manejarlo. Y la inteligencia artificial aparece en el momento en que el hombre, ya incapaz de dominar los instrumentos que él mismo ha creado, cae presa de eso que Günther Anders ha definido como la vergüenza prometeica y, renunciando a pensar, se somete al bastón que se le ha escapado de la mano.
16 de marzo de 2026
COMPARTIR ARTÍCULO:

