Del hueso al silicio ¿Dónde se extravió la bolsa?

Este artículo se propone desarrollar ciertas posibles vinculaciones entre la película 2001, Odisea del espacio y el ensayo titulado La teoría de la bolsa de transporte de la ficción, de la autora norteamericana Ursula K. Le Guin.

“Sois libres de especular acerca del significado filosófico y alegórico de 2001” Stanley Kubrick

BITÁCORA.

Una carta de navegación:

Todo intento por pedir la palabra y logra la atención se debería iniciar justificando su itinerario. ¿Qué relaciones pueden hacerse entre el clásico del cine de la ciencia ficción “2001 Odisea del Espacio” y el ensayo escrito por Úrsula Le Guin, titulado: “La teoría de la bolsa de transporte de la ficción”? Se puede aducir, en primera instancia, que la escritora fue una notable renovadora del género de ciencia ficción, en un sentido especulativo y no meramente escapista. Unió magistralmente lo mejor del género, hasta entonces en manos de los clásicos Ray Bradbury, Isaac Asimov y el propio Arthur C. Clarke, autor y guionista de la película analizada, a una perspectiva feminista, audaz e innovadora para la época, y de fluidez de género, por ejemplo, como tema central de una de sus obras: “La mano izquierda de la oscuridad”. A modo de ejemplo de su genialidad innovadora, en esa novela, una raza andrógina, alterna su sexo una vez al mes, sin poder elegir, pero, dice la autora: “disfrutan de una libertad única: engendrar, parir, relacionarse desde ambos sexos…” Esta ética y estética feministas están presentes centralmente en su ensayo y también nos servirán para contrastar y encastrar en lo posible, ambos relatos.

Cronológicamente, también surgen puntos de contacto. Le Guin comienza a publicar en 1968, su famosa saga “Historias de Terramar”, el mismo año en que se estrena la obra de Stanley Kubrick. Hasta allí las coincidencias externas.

En el interior de ambos discursos comparados (película y ensayo), la cosa no es tan sencilla. A simple vista, la clásica película aborda el relato al modo de la ficción tradicional, es decir, de la manera opuesta a la sugerida por la autora. ¿Es insalvable esa dicotomía? ¿Kubrick y Clarke quedan encerrados en la lógica del relato filoso, en punta de flecha, lineal, masculino… en fin, en un repetido e inapropiado culto al héroe? ¿O queda alguna posibilidad de anclar en esa historia flecha, un relato recipiente? Para resolver estos interrogantes no hay un único sentido. Como lo explicita en su ensayo, la autora confronta con escenas de la película, usándolas para contraponerlas, en negro sobre blanco, en abierta oposición a las ideas que ella enarbola. Frente a esta incertidumbre, la propia Le Guin nos consuela: “La consistencia es una virtud hasta que se vuelve molesta”. Veremos hasta dónde logramos esa virtud en los próximos párrafos.

¿BOWMAN O LA BOTELLA?

Con este interrogante nos metemos de lleno en la cuestión. Como es conocido, Dave Bowman es el capitán de la nave Discovery, en viaje a Júpiter. En ese viaje, la computadora HAL 9000 sirve de astrolabio estelar para guiar y resolver cualquier dificultad. Pero sobre lo que conviene llamar la atención es que Bowman significa arquero, en inglés. Le Guin nos interrumpe para aclarar que, en el universo del relato heroico, “la forma adecuada de la narrativa es la de la flecha o la lanza que comienza aquí y va recta hacia allá y ¡ZAZ! da en su blanco”. Bowman es el héroe y para eso debe matar, aunque en este caso la víctima no sea humana (¿o casi?) Al desconectar a Hall 9000, Bowman se muestra imperturbable y justifica su acción (¿defensa propia?), sin plantearse problemas morales ¿Desconectar a HAL 9000, de quien nadie “puede decir si tiene verdaderos sentimientos”, equivale a un asesinato? Nuevamente, Le Guin nos ilumina, sin dejar que se instale la duda: “… mientras yo disparaba mi certera flecha directa del ojo al cerebro de la bestia” ¡Eso es lo que se espera de un héroe!

Según nuestra autora, la narrativa dominante en Occidente ha sido construida en su mayor parte por y para el culto al héroe: una figura individual, masculina, que supera obstáculos mediante la fuerza o la astucia (Aquiles y Ulises, en el inicio de la narrativa occidental). Ganar es su destino manifiesto. Podemos decir que este modelo, como el mismo apellido del capitán alude, se basa en la lógica de las armas. Conquistar, someter, penetrar, matar, aniquilar son los verbos en los que se conjuga el heroísmo.

Pero, volvamos al comienzo, a la prehistoria, llamada “el amanecer de la humanidad” en el filme. La escena del mono, seleccionada por Le Guin para ilustrar el invento de la civilización. El hombre mono y su hueso. Y del hueso, en una monumental elipsis, el salto hasta la nave espacial y su computadora inteligente. Del hueso al silicio… El mono y Bowman tienen todo en común, a pesar del monumental salto de milenios entre ellos, una verdadera elipsis cósmica. En la película, el surgimiento de la conciencia y la inteligencia se relacionan precisamente con la conexión conceptual entre hueso, herramienta y arma. La civilización se traduce en la capacidad de instrumentalizar un objeto con un objetivo distinto al dado en la naturaleza: la herramienta se vuelve arma y esa civilización heroica y violenta es a la que enfrenta ideológica y estilísticamente, Úrsula Le Guin. Lo denuncia y lamenta Le Guin quien nos convida a pensar a esa herramienta primordial en clave de recipiente, de bolsa, de botella… de útero.

El primer artefacto cultural probablemente fuera un recipiente… Muchos teóricos creen que los primeros inventos culturales debían ser un contenedor para productos recolectados, y alguna forma de cabestrillo o red.

Elizabeth Fisher en Women’s Creation (Mc.Graw-Hill, 1975), citado por Ursula Le Guin en su ensayo.

La autora norteamericana nos propone pensar claramente en una “civilización de la mujer”. Le Guin no desea explicar “la cultura como algo originado en y desarrollado a partir del uso de objetos largos y duros para pinchar, atizar y matar…” La inteligencia de HAL 9000 también es un resultado de la tecnología, una herramienta sofisticada. La razón instrumental desplegada a su máxima expresión, un medio que no mira los medios… la necesidad de desplegar un poderío. Nietzsche habría confirmado, en cierto sentido, su noción de voluntad de poder, sugerentemente y con fingimiento, habría disfrutado del imponente fondo musical del comienzo de la película, que remite con la puntería de un flechazo a su Zaratustra.

De cualquier modo, el hueso y su uso por el simio y la supercomputadora de silicio HAL son versiones de la misma necesidad. Imponerse, dominar el entorno, huir de los peligros que acechan la supervivencia y aprovechar lo que se brinda como oportunidad. Parece muy poco elevado, pero ¿qué son las telarañas y los nidos, sino tecnologías de la naturaleza… y entonces, surge una nueva pregunta sin respuesta… ¿la tecnología entendida así, de modo amplio, es el resultado de la libertad humana o un simple producto de la naturaleza? No arriesgamos una contestación a este enigma: “nuestro cosmos es mucho más de lo que pensamos…” asegura Le Guin.

El conflicto entre HAL y la tripulación parece, por momentos, salirse de esta lógica violenta y heroica ya que la computadora fue concebida para el cuidado de los humanos. Está al cuidado del viaje, tiene supuestamente, la solución, los remedios a todo problema que pueda surgir en el derrotero. Computadora – botiquín, una interpretación que podría aceptarla Úrsula sin mayores concesiones. ¿Nave – casa?, ¿nave – bolsa? Nos parecen también paralelismos aceptables, dentro de la óptica de la teoría de la bolsa de transporte de la ficción.

Y, sin embargo, la inteligencia artificial también mata a los miembros de la tripulación para hacerse con el poder… y luego termina implorando empatía, para no ser desconectada ¡Basta de la civilización del palo!, subraya Le Guin… Pero en la película, la ¿divinidad? ¿extraterrestres? que guía la evolución de la humanidad es un monolito fálico.

¿Y DÓNDE SE EXTRAVIÓ LA BOLSA?

Úrsula Le Guin vuelve a referirse a la película que emparejamos con su ensayo de una manera crítica. Hay que confesar que la teoría de la bolsa y el concepto de recipiente, como vimos, se hacen difíciles de rastrear en la película. Es comprensible, ya que casi dos décadas separan a la magistral película del ensayo que nos interpela. “No es el relato que estoy contando… todavía no hemos oído de la cosa que sirve para poner cosas dentro, el contenedor para el contenido. Esto es el nuevo relato. Esto es algo nuevo.” Le es posible a Úrsula Le Guin retomar la historia de 2001 y analizarla, criticarla y cuestionarla… pero lo que es imposible es la anacronía.

Siempre es aceptable hacer un esfuerzo por encastrar esas ideas de la escritora en las imágenes de la película, pero haciendo la salvedad de que son arriesgadas interpolaciones de conceptos que no intervienen en las mismas lógicas.

La ética y la narrativa en clave feminista que argumenta Le Guin es sumamente valiosa. Se basa en la idea de que la vida humana, como toda la vida en la naturaleza, requiere de un esfuerzo por la subsistencia. La ficción que ha dado cuerpo al mito, la historia trágica y triunfadora a la vez debe abandonarse. “Si, en cambio, se evita el modo lineal, progresivo, de flecha que mata el tiempo de lo tecno-heroico y redefine la tecnología y la ciencia como fundamentalmente una bolsa de transporte más que como un arma de dominación, un agradable efecto secundario de esto es que la ciencia ficción puede ser entendida como un campo menos rígido y estrecho, no necesariamente prometeica o apocalíptica en absoluto, y, de hecho, un género mucho menos mitológico que realista”.

El final de la película, algo lisérgico, también decepciona desde la perspectiva de la teoría de la bolsa de Le Guin. Un niño nietzscheano, superhombre, ¿nuevo héroe? ¿el resultado de la evolución es el niño, creador de nuevos valores? Puede ser, pero sin útero, sin bolsa…

La verdadera ficción, afirma la escritora, debe describir lo que está pasando realmente, no soñar con mundos futuros, sean prometeicos o apocalípticos, sino, a través del relato, darle voz a quienes no la tienen. Contar la vida: permitir que este útero que falta en la imagen sea en verdad el recipiente de una nueva narrativa, “este útero de las cosas por venir”, este relato sin fin… del cuidado.

Unas historias que no necesitan de viajes estelares, ni de supertecnologías, para soñar. Unas bolsas que se llenen de relatos más ricos, más vivos. Un mundo en el que todo pueda cambiar, pero que sea un devenir-con, un agujero del Ser y no un agujero de gusano para pasar de un lado del Universo a otro. Permanecer en la tierra, intentar resolver los conflictos entre naturaleza y cultura, enalteciendo la vida, que es femenina.

“Por eso busco, con un cierto sentimiento de urgencia, la naturaleza, el tema, las palabras de la otra historia, la que está sin contar, la historia de la vida”. Es por aquí, pensamos, que podremos encontrar nuevamente la bolsa que se extravió.

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Miguel Ángel Freigo
Miguel Ángel Freigo
Docente y periodista argentino.
Dicto cursos de oratoria.
Ejerzo una humilde artesanía de la palabra.
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