Barrio de la Siberia
Ripollet, Barcelona 2017
Pontevedra, Galicia 1941…
Hace dos años que la guerra civil terminó. España lame sus heridas; las del bando vencedor supuran, las de los vencidos sangran en una posguerra de odio y venganza.
El ocaso baja el telón en un frío día de otoño. Las sombras se alargan lentamente, y un crepúsculo rojo abraza la noche. Mujeres de negro se afanan en dar los últimos retoques a cientos de flores que adornan nichos y tumbas: dalias, hortensias, crisantemos, camelias… colores vivos y alegres acompañan a los nombres y fotos que vigilan imperturbables desde sus lápidas.
El día de difuntos termina. Cabizbajas, se miran con lento recelo; miradas entrecerradas, inundadas de lágrimas secas. Se juzgan… unas con ojos de victoria, otras con ojos de derrota. Pero todas comparten algo: cansancio y un profundo dolor.
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QUIERO PUBLICARUna silueta encorvada, frágil y apesadumbrada, cierra lentamente las rejas del cementerio. Sus blancas manos se aferran con rabia a los barrotes; sus jóvenes ojos envejecidos de impotencia se despiden de su marido. Una rama de tomillo yace sobre el montículo de tierra fresca. Hace varios días que la bala de un pelotón de castigo se lo robó.
Pequeñas luces tintinean en la colina. Suspira profundamente. El luto se lo traga la negra noche camino de la aldea. La noche, totalmente cerrada, arropa a los muertos…
—Dame la mano, Antoñito…
—No veo un carajo.
Manolo “el bizco” le da la mano desde el otro lado de la tapia, mientras los hermanos Pedro y Pepe “el Guapo”, aferrados a una botella de orujo, observan divertidos sentados sobre una fría lápida.
7:30 de la mañana.
—¿“Padre”, qué hace usted aquí a estas horas?
—¡Dios nos pille confesados…!
—¿Qué ocurre?
—El cementerio… ¡Ay, Dios mío!
—¿El cementerio?
—Vengo de allí… ¡¡Está lleno de flores!!
—¿¿??…
—Todas las tumbas han amanecido con flores… tus hijos, Antonio, tus hijos…
—¡Dios bendito! ¿¿¡Qué le ocurre a mis hijos!?
—Me tienes que acompañar al cuartelillo de la guardia civil.
Suena un “pasodoble” fuera de “tempo”. Los huesos de la mano tamborilean sobre la mesa. El pergamino seco de su cara revela todas las fracciones de su calavera. Dentro de dos oscuras cuencas se esconden unos pequeños ojos negros, inquisidores. Chocan contra unos ojos nobles que imploran clemencia. Sus manos tiemblan de rabia; una agarra a la otra.
El sargento se levanta lentamente. El humo del cigarro le obliga a guiñar un ojo. De un pozo negro nace una sonrisa de “rictus”.
—Vaya… vaya con tus hijos y los cabroncetes de sus compinches…
—Son solo unos niños…
—¡A callar! ¡¡Coño!! Aquí mando ¡¡yo!!
—Antonio es un buen hombre, ha estado siempre del lado correcto, y son grandes devotos de nuestro señor…
Una nube de humo envuelve su cabeza gris. Escucha sin interés alguno, se abrocha lentamente su ajada casaca.
—Es una simple travesura, lo único que han hecho es repartir flores a todos los difuntos que no tenían. Tengo que confesar que el cementerio nunca había estado tan hermoso.
—¡Mariconadas! Padre, eso son ¡mariconadas!
—No blasfemes, hijo mío, no blasfemes…
—La tumba del “rojo” amaneció con una corona de flores del capitán Jiménez. ¡Hay que joderse!
—El capitán Jiménez “en paz descanse” tenía varias coronas, hijo mío.
—¡¡Coño!! ¿Qué era la de la Benemérita?
—La noche era oscura y cerrada, no veían lo que hacían.
—Usted ha callar, ¡¡cojones!!
—Jesucristo nuestro Señor también repartió los panes.
—“Padre”, no se ría de mí.
—Hijo mío, tu hermano luchó atrincherado en Madrid y también amaneció con flores frescas.
Se va al rincón de la habitación, de cara a la pared. Sus ojos en la oscuridad no tienen lágrimas. Lentamente alza el brazo, y con el dedo que aprieta el gatillo señala el calabozo.
—Se pueden marchar.
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