Entrevista a Johnny J. Perdomo sobre Después del Edén: Pacto con la Muerte

En el panorama literario centroamericano, Johnny J. Perdomo irrumpe con una voz que combina hondura filosófica y sensibilidad popular. Nacido en San Pedro Sula en 1996 y formado como psicólogo, su escritura surge de una necesidad íntima: comprender los silencios del alma y los misterios de la mente. De esa búsqueda nace Después del Edén: Pacto con la Muerte, una antología de relatos donde lo sagrado y lo profano se entrelazan para explorar la inevitable presencia de la muerte y la persistente obstinación de la esperanza.

La obra, publicada por Editorial Bloghemia, se distingue por su capacidad para capturar la esencia de la vida hondureña sin renunciar a una reflexión universal. Perdomo conjuga el lenguaje cotidiano con referencias filosóficas que van de Séneca a Kierkegaard, creando un mosaico de historias que dialogan tanto con la tradición oral de su país como con la literatura latinoamericana y europea. El resultado es un libro que interpela al lector sobre su propia fragilidad y lo invita a encontrar destellos de luz en medio de la oscuridad.

En esta entrevista, el autor comparte el proceso creativo detrás de cada relato, las influencias que lo acompañan y las experiencias personales que lo llevaron a concebir un “pacto” con la muerte como un acto de resignación, resistencia y diálogo con lo inevitable. Sus respuestas revelan no solo la pasión de un narrador comprometido, sino también la fe y el sentido de trascendencia que impregnan su escritura.

¿Qué te impulsó a escribir tu primera obra y cómo ha cambiado tu motivación desde entonces?

Me desviare un poco del que creo que es el foco de la pregunta, para hablar desde una postura bastante personal. Lo que me impulsó a escribir mi primera obra fue el enamoramiento juvenil. Siempre he sido un tanto chapado a la antigua en mis formas de ser, y en uno de esos arrebatos de locura —con cierto complejo de poeta— escribía cartas y poemas para la mujer que quería conquistar. Prefería plasmar mis sentimientos en palabras escritas, porque la timidez y el nerviosismo me volvían torpe al expresarme de manera oral. Así nació mi primera obra: una recopilación de poemas y cartas. Y justamente allí comenzó también la transición de mi motivación. Dejé de escribir con la intención de impresionar a un amorío —una acción mucho más ineficiente de lo que llegué a imaginar— y empecé a darle un sentido distinto a mis escritos, escogiendo con mayor cuidado los momentos en los que decidía sentarme a escribir. Ahora, mi mayor anhelo es que mis palabras dejen huella en el corazón de quienes me leen. Ya veremos si esa determinación cambia más adelante, pero, primero Dios, espero tener vida para contarlo. En cuanto a mi primera obra publicada, Pacto con la Muerte nació con el deseo sincero de ver la luz editorial. Al inicio no se dio por distintos motivos, y hoy agradezco que así haya sido, porque aquella motivación surgía desde la desesperanza, mientras que ahora escribo movido por todo lo contrario.


¿Cuando piensas en tu estilo, ¿qué influencias reconoces abiertamente y cuáles te sorprenden al descubrir en tu propia escritura?


Es bastante difícil reconocer abiertamente cuáles han sido mis influencias, y lo digo con la genuina preocupación de dejar a alguien fuera. Creo que somos el resultado de todo lo que leemos —entre muchas otras cosas—, y pertenezco a ese grupo de personas que piensa que no hay nada nuevo bajo el sol. Por eso, consciente o inconscientemente, muchos han dejado su huella en mis ideas y en mi manera de escribir. Claro está, afirmo con convicción que ha sido Dios quien me ha capacitado para hacerlo. Pero, zambulléndome en este “pecado” de elegir, diría que en un sentido hondureño-tradicional ha sido Amaya Amador; y de manera más amplia y constante, sobre todo cuando escribí este libro, me marcaron Séneca, Borges, Vargas Llosa, García Márquez y Kierkegaard. Y cómo olvidar la inspiración persistente que encontré en Horacio Quiroga y Juan Rulfo. Lo curioso es que, más que reconocerlos yo mismo en mi escritura, me sorprende cuando alguien me dice que ciertas ideas, conceptos o incluso mi estilo narrativo le recuerdan a alguno de ellos. Y dejo en claro, que no me considero ni siquiera cerca de la altura de todos esos maestros, creo firmemente que ciertas comparaciones han sido porque quizá alguna idea o concepto o forma de narrar los acontecimientos le recordaba a alguno de ellos.

En Después del Edén: Pacto con la Muerte, ¿cuál fue el momento narrativo más desafiante de escribir y por qué te resultó tan significativo o difícil de plasmar?

Esta pregunta me pone en una encrucijada, porque a mi mente vienen varios momentos narrativos particularmente desafiantes. No sé si se vale, pero me gustaría hacer un poco de trampa y elegir tres. El más significativo se encuentra en “En la habitación sin puertas”. La escena de esas últimas páginas fue escrita con un profundo sentimiento. Era imposible no sentir el golpe de la nostalgia y cierta tristeza mientras tecleaba cada palabra. El más difícil de plasmar está en “Nothing Else Matters”. Allí aparecen escenas sexuales y el reto era enorme: no quería caer en el morbo, lo vulgar o el erotismo gratuito. Mi intención fue que esas escenas funcionaran como una expresión de lo que abruma el alma y el cuerpo de los personajes, más allá de lo carnal, viéndolo como un acto que contiene cosas con mayor sustancia. Y el más desafiante en conjunto corresponde a “Pacto con la Santa Muerte”. En mi país esta historia podía prestarse a malas interpretaciones, así que tuve que investigar a fondo. Gracias al privilegio de ciertos trabajos que me han permitido conocer a muchas personas, busqué información tanto a través de ellas como por otros medios, intentando hacer justicia a la realidad que quería retratar. Aun así, reconozco que me tomé bastantes libertades con fin creativo para la obra.


El título mismo, Pacto con la Muerte, es provocador. ¿Qué significa para usted ese “pacto”: ¿es resignación, resistencia, o una forma de diálogo con lo inevitable?


Inicialmente, el libro llevaba como título el cuento que mencioné en la pregunta anterior: “Pacto con la Santa Muerte”. Sin embargo, pronto sentí un conflicto interno, porque ese título no lograba proyectar lo que quería transmitir en cada historia y en la obra como un todo. Creo que allí estuvo la mano de Dios guiándome hacia otra dirección, y por eso hoy lleva también el nombre “Después del Edén”. ¿Qué significa para mí ese “pacto”? Resumirlo es complejo, pero diría que es justamente las tres cosas: resignación, resistencia y diálogo con lo inevitable. Es resignación, porque la muerte es una certeza ineludible —como solía decir mi abuelo: “el hombre, la única certeza que puede tener, es que morirá” dicho de manera más coloquial y, por ejemplo, Kierkegaard se que reflexionó profundamente sobre la necesidad de comprender interiormente la inevitabilidad de la muerte para poder vivir con autenticidad. Es diálogo con lo inevitable, porque toda la obra parte de esa caída original en el Génesis, donde el hombre se enfrenta a su fragilidad y destino, derivado de un solo acto: su desobediencia. Pero también es resistencia, porque en cada historia, aunque todo parezca condenado, siempre se cuelan destellos de esperanza.


¿De qué manera el entorno —sea físico, simbólico o emocional— en Después del Edén: Pacto con la Muerte contribuye al desarrollo de sus personajes o al tono general de la historia?


En este aspecto diría que la relación entre entorno y personajes funciona como una dinámica cíclica, y así lo concebí al escribir. A veces el entorno no es más que un reflejo o una proyección de las inquietudes, dudas y temores que habitan en el corazón de los protagonistas. En otras ocasiones sucede lo contrario: son esas mismas tensiones internas las que terminan moldeando y transformando el entorno en el que se mueven. De esa interacción nace el tono general de la obra: un espacio donde lo físico, lo simbólico y lo emocional se entrelazan, hasta el punto de que resulta difícil (para mí, aclaro) saber dónde termina el mundo exterior y dónde comienza el universo interior de los personajes.


¿Crees que la literatura puede cambiar algo en la sociedad actual o prefieres pensarla como un acto más íntimo y personal?


Pienso en la literatura, ante todo, como un acto íntimo y personal: un espacio donde el escritor se desnuda y el lector se reconoce. Sin embargo, también la concibo como un bien que se enriquece cuando se comparte de manera colectiva, cuando se convierte en diálogo y en memoria común. Creo que la literatura sí puede cambiar la sociedad, pero no por sí sola. Necesita de conciencias inquietas y de voluntades decididas que permitan que esas palabras trasciendan la página y se traduzcan en acción. Solo entonces la literatura deja de ser un susurro individual para convertirse en una voz transformadora.


¿Cuál ha sido la reacción más inesperada que recibiste de un lector sobre alguno de tus textos?


Creo que, en cierta medida, todas las reacciones me resultan inesperadas. Sin embargo, hubo una en particular que me marcó. Un lector me contactó por Instagram para decirme que le había encantado el libro. Me confesó que en varias historias se sintió abrumado y asombrado, pero que hubo una en especial que vivió como algo personal, hasta el punto de derrumbarlo. Esa retroalimentación fue tan inesperada como conmovedora. Recuerdo que compartí la experiencia con mi esposa y me llenó de alegría. Desde entonces la guardo como un motivante extra, porque me recordó una de las razones más profundas por las que escribo: para conectar y dejar huella. ¿Lo lograré? No lo sé; que sea Dios quien me guíe.


En relatos como Feria patronal, se percibe un trasfondo social y político. ¿Qué papel juega la denuncia en su literatura?


No diría que la denuncia juega un papel crucial en mi literatura. Sin embargo, al releer cada historia —en especial Feria patronal— me di cuenta de que, consciente o inconscientemente, ese trasfondo termina por asomarse. Los relatos nacieron, en realidad, con la intención de dar vida a personajes coherentes, construidos desde el sentido común: si actúan de cierta manera, es porque antes sucedió algo que los llevó a ello. A partir de esa lógica empezaron a fluir, de manera casi natural, el desahogo sutil de tragedias, anécdotas cotidianas e incidentes desafortunados y lamentables. En ese sentido, resumiría que la denuncia social y política no es un fin en sí misma en mis textos, pero sí una consecuencia inevitable de narrar la vida con honestidad.


Después del Edén: Pacto con la Muerte tiene un título poderoso y evocador: ¿qué ‘pacto’ quisiste explorar más profundamente—¿fue con la muerte, contigo mismo, con la fe, con otro personaje…? ¿Cómo se manifiesta ese pacto en el núcleo de la obra?


Al inicio, la exploración estaba orientada a una certeza fundamental: lo único seguro que tiene el hombre en la vida terrenal es la muerte. Esa especie de cláusula innegociable que parece firmarse desde la concepción. Quise explorarla en escenarios donde, en teoría, debería resultarnos ajena, en situaciones donde podemos ser o no responsables —de manera directa o indirecta—, pero también desde una mirada más personal, nacida de la empatía frente a una constante de la existencia: el sufrimiento. Con el reposo de la obra y el paso del tiempo, esa idea tomó otra dirección. Creo que Dios transformó mi corazón y redireccionó la obra. Así, además de la muerte, empecé a explorar mi fe cristiana y también a mí mismo. Como todos, he atravesado etapas difíciles, marcadas por cambios y transiciones que me desbordaron. Puedo afirmar que cuando comencé a escribir Pacto con la Muerte lo hacía desde la resignación y una resistencia ineficaz, sin Cristo en mis pensamientos. Pero cuando lo terminé, Cristo ya estaba presente en mi vida y en mi corazón. De allí nace la decisión de llamarlo también Después del Edén: porque deseo seguir explorando, en otros libros, conceptos distintos, ya sea conmigo mismo, con el mundo o con mi fe. Que sea la voluntad de Dios que pueda entregar más historias de esas.


Mirando hacia adelante, ¿qué te gustaría que quedara como legado de tu obra?


Perdón por el silencio…la pregunta lo exige. Es una de esas cuestiones que reclaman meditación y que despiertan cierto recelo. Creo que, como uno de los personajes que habitan en mi libro, lo que más me gustaría es dejar un eco, una marca indeleble en los pensamientos y en el corazón de quienes me leen. Que, al cerrar la ultima pagina, algo de mi voz siga resonando en ellos, aunque sea como un susurro lejano. Ese sería, para mí, el verdadero legado. No sé si es meramente vanidad, y confío en Dios que el determinará en su soberanía que tipo de legado será.

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José Daniel Figuera
José Daniel Figuera

José Daniel Figuera es un  escritor, profesor universitario y especialista en Literatura y Tecnología Educativa. Su obra se centra en la narrativa breve, siendo autor del libro "Holística y otros relatos". Actualmente, se desempeña como director de la Editorial Bloghemia, desde donde promueve el talento emergente en la literatura hispanohablante, apostando por voces frescas y propuestas innovadoras.

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