En La condición humana, Hannah Arendt encabeza el capítulo dedicado a la acción poniendo como lema unas palabras de Isak Dinesen que son poco comunes: All sorrows can be borne if you put them into a story or tell a story about them («Todas las penas se pueden sobrellevar metiéndolas en una historia o contando una historia sobre ellas». La imaginación narrativa es curativa. Si se logra dar a las penas una apariencia narrativa, entonces se les quita su oprimente facticidad, y pasan a ser absorbidas por los ritmos y las melodías narrativos. La narración las eleva por encima de la pura facticidad. Se diluyen en el flujo narrativo, en lugar de endurecerse en un bloqueo mental.
Pese a la moda del storytelling, hoy se está perdiendo el ambiente de narración. Ni siquiera a los médicos se les cuenta apenas ya nada. No tienen tiempo ni paciencia para escuchar. La lógica de la eficiencia es incompatible con el espíritu narrador. Solo en la psicoterapia y en el psicoanálisis quedan aún reminiscencias de la fuerza curativa de la narración. La protagonista de la novela de Michael Ende Momo es capaz de curar a las personas solo con escucharlas. Momo es rica en tiempo: «Al fin y al cabo, el tiempo era lo único en lo que Momo era rica». Ella dedica su tiempo al otro. El tiempo del otro, el tiempo de lo distinto, es un tiempo entrañable. Momo resulta ser una oyente ideal:
Lo que la pequeña Momo podía hacer mejor que nadie era escuchar. Eso no es nada particular, replicará quizá algún que otro lector, pues, después de todo, escuchar es algo que puede hacer cualquiera. Craso error. Escuchar de verdad es algo que solo muy pocas personas pueden hacer. Y el modo como Momo sabía escuchar era del todo singular.
El silencio cordial y atento de Momo hace que al otro se le ocurran ideas que por sí mismo jamás habría concebido:
No porque ella dijera nada o preguntara por qué se le habían ocurrido al otro tales ideas. No. Solo se quedaba sentada y se limitaba simplemente a escuchar, poniendo gran atención y todo su interés. Se quedaba mirando al otro con sus grandes ojos oscuros, y el otro sentía cómo de pronto se le ocurrían unas ideas de las que jamás habría sospechado que pudiera albergarlas.
Momo se encarga de que el otro se libere narrando. Cura deshaciendo los bloqueos narrativos:
En otra ocasión, un niño pequeño le llevó su canario, que no quería cantar. Aquello resultó una tarea mucho más ardua para Momo. Tuvo que pasarse una semana entera escuchándolo, hasta que finalmente el pájaro volvió a trinar y a gorjear de nuevo.
La escucha no se centra tanto en el contenido comunicado como en la persona que comunica, en quién es el otro. Con su mirada profunda y amistosa, Momo interpela expresamente al otro en su alteridad. La escucha no es un estado pasivo, sino una actividad. La escucha inspira la narración del interlocutor y abre un espacio de resonancia, en el que el narrador se siente interpelado, escuchado y hasta amado. También el contacto tiene una fuerza curativa. Crea proximidad e infunde una confianza primordial, como cuando se cuentan historias. Los contactos son como narraciones táctiles, que liberan de las tensiones y de los bloqueos que podrían causar dolor y enfermedad. El médico Viktor von Weizsäcker evoca así esta otra escena primordial de la curación:
Cuando la hermanita ve que el hermanito tiene dolores encuentra un camino que es anterior a todo conocimiento: su mano encuentra cariñosamente el camino, quiere tocarlo con una caricia allí donde le duele. Así es como la pequeña samaritana se convierte en el primer médico. En ella opera inconscientemente un saber primitivo acerca de una eficacia primordial. Ese saber primitivo conduce su impulso hacia la mano y guía la mano hacia el contacto eficaz. Porque esto es lo que experimenta el hermanito, que la mano le hace bien. Entre él y su dolor se interpone la sensación de que la mano fraterna lo está tocando, y ante esta nueva sensación el dolor se retira.
La mano que toca ejerce el mismo efecto curativo que la voz que narra. Crea proximidad e infunde confianza. Libera de las tensiones y quita el miedo.
Hoy vivimos en una sociedad en la que se evitan los contactos. Tocar presupone la alteridad del otro, que es lo que impide que el otro quede reducido a algo disponible. Con un objeto consumible no podemos entablar contacto, sino que lo agarramos o nos lo apropiamos. Precisamente el smartphone, que encarna el dispositivo digital, genera la ilusión de una disponibilidad total. Se asocia con un hábito consumista que abarca todos los ámbitos vitales. Priva al otro de su alteridad y lo degrada a objeto consumible.
La creciente pobreza en contacto nos enferma. Si nos falta por completo el contacto, nos quedamos irremisiblemente atrapados en nuestro ego. El contacto en sentido enfático nos saca de nuestro ego. Pobreza en contacto significa, en definitiva, pobreza en mundo. Nos vuelve depresivos, solitarios y miedosos. La digitalización agrava esta pobreza en contacto y en mundo. Se da la paradoja de que la creciente conectividad nos aísla. En eso consiste la fatídica dialéctica de la interconexión. Estar interconectado no significa haber creado lazos.
Las stories que se publican en las redes sociales, y que en realidad no son otra cosa que autorretratos o escenificaciones de uno mismo, aíslan a las personas. A diferencia de las narraciones, no crean proximidad ni suscitan empatía. Son, en definitiva, informaciones adornadas visualmente, que vuelven a desaparecer en cuanto nos hemos enterado rápidamente de ellas. No narran, sino que publicitan. Tratar de acaparar la atención no es manera de crear una comunidad. En la época del storytelling como storyselling, la narración es indiscernible de la publicidad. En eso consiste la actual crisis de la narración.