Antonio Gramsci y la hegemonía cultural: cómo se construye el poder

En noviembre de 1926, Antonio Gramsci fue detenido en Roma por el régimen fascista italiano. Era diputado, dirigente del Partido Comunista de Italia y uno de los intelectuales que habían dedicado su actividad política a comprender las transformaciones de la sociedad europea después de la Primera Guerra Mundial. Durante su encarcelamiento comenzó a desarrollar una investigación sobre el Estado, la cultura, la educación y las formas mediante las cuales una clase social consigue dirigir a otras. Aquellas reflexiones, reunidas posteriormente en los Cuadernos de la cárcel, dieron forma a uno de los conceptos más influyentes del pensamiento político contemporáneo: la hegemonía cultural.

Gramsci había nacido en 1891 en Cerdeña, una región marcada por profundas desigualdades económicas y sociales. Su traslado a Turín en 1911 le permitió entrar en contacto con una ciudad industrial donde las fábricas concentraban a miles de trabajadores y donde los conflictos laborales ocupaban un lugar central en la vida política. Participó en el periodismo socialista y, en 1919, fue uno de los fundadores del periódico L’Ordine Nuovo, vinculado a las experiencias de organización obrera. La distancia entre las condiciones materiales de los trabajadores y las instituciones que organizaban la sociedad se convirtió en una preocupación constante de su pensamiento.

Una de las preguntas fundamentales de Gramsci era por qué las clases dominantes podían conservar su posición incluso cuando atravesaban crisis económicas y políticas. La respuesta exigía ampliar la concepción del poder más allá de los gobiernos, los tribunales, la policía y el ejército. En las sociedades modernas, observó, la dominación también depende de la capacidad de presentar determinados intereses particulares como si fueran intereses generales. La hegemonía designa precisamente esa forma de dirección política, intelectual y moral mediante la cual un grupo social consigue que amplios sectores acepten como legítimo un determinado orden.

Esta perspectiva otorgó una importancia decisiva a las instituciones culturales. La escuela, la prensa, las organizaciones religiosas, las asociaciones civiles y los espacios de producción intelectual participan en la formación de valores, creencias y concepciones del mundo. No actúan necesariamente como instrumentos coordinados de una misma autoridad, pero contribuyen a establecer los límites de aquello que una sociedad considera razonable, deseable o posible. Para Gramsci, el poder se reproduce tanto mediante mecanismos coercitivos como mediante relaciones de consentimiento construidas históricamente.

El concepto de hegemonía también modificó la manera de comprender el papel de los intelectuales. Gramsci cuestionó la idea de que constituyeran un grupo completamente separado de las relaciones sociales y distinguió entre intelectuales tradicionales e intelectuales orgánicos. Estos últimos participan en la organización y articulación de los intereses de determinados grupos sociales, contribuyendo a elaborar sus ideas y a construir formas de dirección colectiva. La actividad intelectual, por tanto, no quedaba restringida a universidades o círculos académicos: también comprendía la organización política, el periodismo, la educación y las prácticas culturales.

La experiencia de las sociedades europeas llevó a Gramsci a distinguir entre la conquista inmediata del poder estatal y los procesos prolongados de transformación social. Mediante la noción de guerra de posiciones, describió una estrategia de construcción de fuerzas dentro de una sociedad civil compleja, donde las instituciones y las organizaciones poseen una capacidad considerable de resistencia. Frente a la expectativa de que una crisis económica provocara automáticamente una transformación política, sostuvo que era necesario construir nuevas relaciones de dirección cultural y alianzas sociales. Su reflexión sobre el bloque histórico vinculaba las condiciones materiales de una sociedad con sus instituciones, prácticas e ideas.

La hegemonía, sin embargo, no constituía para Gramsci una condición permanente ni un mecanismo capaz de garantizar obediencia absoluta. Los grupos dirigentes debían renovar sus alianzas, responder a conflictos y reorganizar sus formas de legitimidad. Cuando esa capacidad se debilitaba, podían producirse crisis de autoridad en las que las instituciones conservaban parte de su fuerza coercitiva, pero encontraban mayores dificultades para obtener consentimiento. Esta distinción permite comprender por qué una crisis política no supone necesariamente la desaparición inmediata de las relaciones sociales que sostienen a un determinado orden.

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Gramsci permaneció encarcelado durante buena parte de sus últimos años y murió el 27 de abril de 1937, después de haber obtenido la libertad formal pocos días antes. Entre 1929 y 1935 escribió los cuadernos en los que desarrolló sus investigaciones sobre Maquiavelo, los intelectuales, la historia italiana, la filosofía y la organización de la cultura. Los manuscritos fueron preservados y publicados después de su muerte, primero mediante una edición temática iniciada en 1948 y posteriormente en una edición crítica. La publicación de esos escritos permitió reconstruir el alcance de una investigación elaborada bajo las restricciones de la prisión.

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José Daniel Figuera

José Daniel Figuera

José Daniel Figuera es escritor, profesor universitario y especialista en Literatura y Tecnología Educativa. Su obra se centra en la narrativa breve, y es autor del libro Holística y otros relatos. Actualmente se desempeña como director de la Editorial Bloghemia, desde donde promueve el talento emergente en la literatura hispanohablante, apostando por voces frescas y propuestas innovadoras.