Soluciones, sí, pero ¿cómo llegamos a ellas? – Slavoj Žižek

He aquí tres casos contingentes que demuestran la locura en la que estamos inmersos. La NASA está elaborando planes para la vida y la supervivencia humanas en la Luna mediante el programa Artemis, centrándose en el polo sur lunar, donde existen hielo de agua y luz solar continua. Muy bien, estupendo, pero lo que ahora necesitamos con mucha más urgencia es un plan para la vida y la supervivencia humanas en nuestra Tierra.

El 1 de octubre de 2026, nuestros medios informaron de que «Christa Pike, una reclusa condenada a muerte en Tennessee, fue trasladada al hospital después de que fracasara un intento de ejecutarla mediante dos inyecciones letales. Su equipo jurídico presentó una petición de emergencia para detener la ejecución mientras esta se llevaba a cabo, afirmando: “La señora Pike ha perdido el conocimiento, pero todavía tiene pulso y se la oye roncar”. Uno de sus abogados declaró a la BBC que la mujer, de 50 años, estaba recibiendo “medidas para salvarle la vida” en el hospital después de que se le administraran dos jeringas de pentobarbital».¹ Ese mismo día, escuché por casualidad a un derechista radical en una cafetería, cuyo comentario fue: «¿Cómo pudo sobrevivir a dos inyecciones letales debidamente probadas? ¿No demuestra esto que es una criatura diabólica a la que ni siquiera se puede matar como a un ser humano corriente?». Aquí tenemos la ideología en la vida cotidiana. Ante el reproche de que probablemente aquel individuo no hablaba en serio y solo estaba haciendo una broma de mal gusto, mi respuesta es: «¡Pero ese es precisamente mi argumento! La ideología funciona mejor cuando se reniega de ella».

Exactamente al mismo tiempo, los medios austríacos informaron de un incidente extraño: un cazador de 72 años hirió a un ciervo y comenzó inmediatamente a seguir su rastro entre una densa vegetación. El animal, impulsado por la adrenalina y luchando por sobrevivir, salió de un salto y atacó al cazador, hiriéndolo en una pierna… ¿Cómo debería tratarse jurídicamente este caso? Desde el punto de vista de las recientes acciones israelíes en Cisjordania y el sur del Líbano, el ciervo debería ser acusado de cometer un atentado terrorista. Tres pequeñas pero claras señales del apocalipsis que se avecina.

El apocalipsis es un tema general omnipresente en nuestros medios de comunicación, de modo que, si queremos comprender su impacto ideológico, lo primero que debemos hacer con él —como con todas las generalidades ideológicas— es concentrarnos en las imágenes y representaciones concretas que caracterizan su percepción. Quienes sienten fascinación por una catástrofe, incluso si se trata del fin del mundo, la imaginan como una explosión repentina en la que la mayoría de nosotros muere: una guerra nuclear, la inteligencia artificial apoderándose de nuestras vidas, una devastación gigantesca provocada por un desplazamiento del eje terrestre… Pero ¿y si, por ejemplo, el calentamiento global no fuera una ruptura repentina, sino un proceso gradual —no por ello menos inexorable—: una evacuación forzosa aquí, la escasez de alimentos exóticos allá, señales de caos social, cortes ocasionales de electricidad, grandes ciudades enfrentadas al colapso del suministro de agua (Kabul, Teherán) o ya sumergiéndose gradualmente bajo el agua (Yakarta), nuestros hábitos de convivencia civilizada deslizándose poco a poco hacia la barbarie, la opinión pública oscilando entre el fanatismo y la indiferencia…? Este proceso está muy bien descrito en dos novelas policiales recientes, ambas ambientadas en el Reino Unido alrededor de 2050: una en una Inglaterra inundada (What We Can Know, de Ian McEwan) y la otra en una Escocia helada (Winter Grave, de Peter May).

Hoy, incluso los directivos de las corporaciones digitales afirman que necesitamos un control global de la inteligencia artificial AHORA MISMO. Muy bien, pero no disponemos de un organismo institucional capaz de imponer ese control, y ni siquiera debatimos seriamente cómo construirlo. Además, ¿quién será considerado responsable si surgen problemas graves derivados de nuestro uso de la inteligencia artificial y de nuestra dependencia de ella, no solo moralmente, sino también jurídicamente, con consecuencias graves para los responsables? Nadie está siquiera considerando seriamente esta cuestión.

La trampa que aquí nos acecha no es nueva: ya resulta claramente perceptible en El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty. Para Piketty, el capitalismo debe aceptarse como el único juego posible, de modo que la única alternativa viable consiste en permitir que la maquinaria capitalista funcione en su ámbito correspondiente e imponer políticamente la justicia igualitaria, mediante un poder democrático que regule el sistema económico y haga efectiva la redistribución. Esta solución es utópica en el sentido más estricto del término. Piketty es plenamente consciente de que el modelo que propone solo funcionaría si se aplicara globalmente, más allá de los límites de los Estados nacionales —de lo contrario, el capital huiría hacia los Estados con impuestos más bajos—. Una medida global de este tipo presupone la existencia previa de un poder mundial con la fuerza y la autoridad necesarias para imponerla. Sin embargo, semejante poder global resulta inimaginable dentro de los límites del capitalismo global actual y de los mecanismos políticos que este implica. En resumen, si existiera tal poder, el problema fundamental ya estaría resuelto.

Nos encontramos en medio de una nueva oleada de competencia intensa entre Estados nacionales, que va directamente en contra de la necesidad urgente de establecer una nueva forma de relacionarnos con nuestro entorno, un cambio político-económico radical que Peter Sloterdijk denominó «la domesticación del animal salvaje Cultura». Hasta ahora, cada cultura ha disciplinado y educado a sus propios miembros y ha garantizado la paz civil entre ellos, pero las relaciones entre las diferentes culturas y Estados han permanecido constantemente bajo la sombra de una guerra potencial, de modo que cada época de paz no ha sido más que un armisticio temporal. Toda la ética de un Estado culmina en el acto supremo de heroísmo: la disposición a sacrificar la propia vida por el Estado nacional. Esto significa que las relaciones bárbaras y salvajes entre los Estados sirven de fundamento a la vida ética dentro de cada Estado. Por nuestra propia supervivencia, nos interesa cambiar esta ética. ¿Cómo?

Kohei Saito es plenamente consciente de que hoy la ecología forma parte de la ideología capitalista dominante: prácticamente todo el mundo le rinde homenaje de palabra. Por eso, los principales blancos de Saito no son quienes niegan abiertamente el calentamiento global, sino los defensores del «crecimiento sostenible», el principio organizador central de las respuestas mundiales al cambio climático. Saito es especialmente crítico con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a los que describe como «el nuevo opio de las masas»: los ODS niegan el hecho brutal de que sus objetivos no pueden alcanzarse dentro de un sistema capitalista. En su lugar, Saito promueve el decrecimiento, una desaceleración de la actividad económica mediante la reforma democrática del trabajo y la producción: la transición hacia una economía del valor de uso, alejándose de una sociedad de la abundancia; la descarbonización mediante jornadas laborales más cortas que permitan una mayor calidad de vida; la abolición de la división del trabajo, en favor de una mayor creatividad y de actividades más significativas; la democratización del proceso laboral, de modo que las decisiones queden en manos de los verdaderos consumidores; la valoración de los trabajos esenciales, como los cuidados, frente a los trabajos inútiles. El decrecimiento ecosocialista implica, por tanto, la eliminación de algunos sectores productivos (armamento, publicidad, etc.), una reducción radical de otras ramas (los automóviles particulares, por ejemplo), pero también el crecimiento de determinadas actividades (educación, atención sanitaria, vivienda adecuada, infraestructuras eléctricas y de abastecimiento de agua en las regiones o países más pobres, etc.)… Sin embargo, aquí surgen problemas. En primer lugar, Saito:

«Adopta la visión de las iniciativas cooperativas y municipales locales como alternativa al capitalismo y al centralismo estatal. Resulta difícil comprender cómo el socialismo municipal de Saito podría paralizar el proceso de acumulación capitalista, y tampoco está claro cómo esas iniciativas locales podrían ofrecer una alternativa coherente si las relaciones entre ellas están estructuradas por el mercado, es decir, si carecen de alguna forma de planificación centralizada. El ecosocialismo exige mucho más que iniciativas cooperativas o municipales: requiere una planificación democráticamente centralizada».²

Para alcanzar el objetivo descrito por Saito, habrá que adoptar medidas fuertemente centralizadas e incluso dictatoriales. Así pues, la paradoja es que, para desacelerar de manera efectiva, tendremos que movilizarnos de una forma sin precedentes. Saito sabe que necesitamos rehabilitar la planificación, pero habrá que hacerlo en un sentido mucho más fuerte del que él contempla. Basta pensar en las contundentes medidas globales necesarias para afrontar el calentamiento global, la inmigración y los peligros de la guerra, por no mencionar las trampas del creciente control digital sobre nuestra vida cotidiana. Pero, una vez más, ¿cómo podemos conseguirlo? Solo sería posible avanzar en esa dirección una vez que nuestro bando hubiera ganado políticamente. Así que, de nuevo, la solución de Saito es necesaria, pero presupone que ya hemos vencido.

¿Quién es, entonces, el posible agente del cambio radical que necesitamos? Cuando los comunistas de Mao estaban cerca de tomar el poder, Mao afirmó que su gobierno sería una alianza de trabajadores, pequeños agricultores, burguesía patriótica e intelectuales honestos. La lógica que sostiene esta enumeración es clara: los trabajadores explotados están, por definición, de nuestro lado, mientras que todos los demás términos necesitan una calificación: solo los pequeños agricultores están de nuestro lado (los agricultores ricos explotan a los pequeños); la burguesía patriótica se opone a la burguesía compradora, que sirve a los amos imperialistas extranjeros… «Intelectuales honestos» es un término más enigmático. Su significado básico está claro: intelectuales que no han sido corrompidos por las clases dominantes. Sin embargo, lo que vuelve sospechoso este término es su calificación moralista. Hoy, creo, deberíamos hacer dos cosas con esta lista. En primer lugar, añadir otros grupos: pueblos indígenas explotados ecológicamente, grupos raciales oprimidos, mujeres y minorías sexuales, etc. En segundo lugar, los trabajadores deberían perder su inocencia: muchos trabajadores explotan a sus familiares para sobrevivir; practican el patriarcado y el racismo; no se preocupan por la ecología, etc.; entre ellos predominan los votantes de MAGA. Por tanto, el calificativo «honesto» debería extenderse a todos los términos: los trabajadores también pueden ser «deshonestos», al igual que la burguesía patriótica (que utiliza el patriotismo para justificar su explotación como un servicio a su propia nación) y los pequeños agricultores (que, en muchos países, sobreviven gracias al apoyo estatal). Así pues, no existen sujetos emancipadores privilegiados, ni los inmigrantes hambrientos ni los multimillonarios dedicados a obras benéficas. ¿Deberíamos extraer entonces la triste conclusión de que, puesto que todos estamos en principio amenazados, lo que finalmente nos une es el deseo de sobrevivir?

Ahora estamos finalmente preparados para abordar la cuestión fundamental que quizá parecía que estábamos posponiendo indefinidamente: en términos freudiano-lacanianos, la pareja conceptual en la que nos hemos apoyado es la oposición entre el principio del placer en todas sus formas (el principio de realidad, el «servicio del bien», el bienestar global, hasta llegar a la mera supervivencia) y la pulsión de muerte (en su forma científica, el impulso incondicional de saber más, independientemente de las consecuencias de ese conocimiento). ¿Es entonces, en términos libidinales abstractos, nuestra alternativa última la supervivencia frente a la pulsión de muerte? ¿Deberíamos oponer a las amenazas de una ética radical (que nos exige perseguir el conocimiento) los llamamientos realistas y pragmáticos a nuestra supervivencia? ¿Deberíamos esforzarnos por contener el desarrollo científico y la explosión de la inteligencia artificial? ¿Deberíamos complementar el conocimiento científico con sabiduría para restaurar un mundo más equilibrado?

Me opongo firmemente a ese holismo pragmático-realista: la ética solo puede ser vencida por una ética más fuerte. Es cierto que, con el feudalismo de la nube, la dialéctica hegeliana del amo y el siervo está regresando con fuerza; sin embargo, esto no significa en absoluto que los neofeudales sean nuestros nuevos amos. En la dialéctica hegeliana del amo y el siervo, el amo llega a ser lo que es gracias a su disposición a arriesgar la vida en la lucha por el reconocimiento, mientras que el siervo llega a ser lo que es por su preferencia por la supervivencia. La situación actual es casi exactamente la contraria: nuestros amos del feudalismo digital no son héroes dispuestos a arriesgarlo todo; son los supervivencialistas por excelencia, que planean cómo continuar con sus vidas incluso si nuestra realidad queda destruida. Construyen búnkeres en las profundidades de la tierra, donde planean sobrevivir durante años si fuera necesario; sueñan con habitar la Luna o incluso Marte… Son los «siervos» actuales quienes están cada vez más dispuestos a arriesgar incluso sus vidas para sobrevivir con dignidad y libertad.

Hoy muchos intelectuales dan por sentado que, para comprender la extraña política de nuestro tiempo, siempre hay que saber quién gana o pierde dinero y por qué. Pero, como dijo una vez Ernst Bloch,³ «la gente no vive solo de pan, especialmente cuando no lo tiene». Así pues, incluso una reivindicación de pan es, en realidad, una reivindicación de la dignidad de la que nos vemos privados cuando pasamos hambre. El viejo lema de Clinton, «Es la economía, estúpido», debería sustituirse por «Es la dignidad, estúpido». El reconocimiento y la dignidad no son únicamente reivindicaciones implícitas en los movimientos populistas de derecha; son las reivindicaciones fundamentales de las protestas de izquierda que hoy tienen lugar en todo el mundo.

Así pues, una vez más, ¿qué significa esto en términos de una nueva ética? Evoquemos aquí un caso extremo imaginario. Soy el dirigente de una superpotencia y mis fuentes de inteligencia, plenamente fiables, me informan de que cientos de misiles con bombas nucleares se dirigen hacia mi Estado. No pueden ser detenidos, de modo que sé que mi país quedará totalmente destruido en aproximadamente una hora. Puesto que mi país también dispone de suficientes armas nucleares para destruir al enemigo, me enfrento a una elección difícil: ¿debería ordenar a mi ejército que contraataque con toda su fuerza? Si lo hago, eso significará con toda probabilidad el fin de la civilización en la Tierra. Por tanto, el único acto verdaderamente ético, aunque extremadamente difícil, consiste en abstenerse de contraatacar, siendo consciente de que, aunque mi país será borrado de la superficie del planeta, al menos la civilización sobrevivirá. En ese caso, quizá sea recordado como un traidor y un cobarde en mi país (que ya no existirá), pero existe la posibilidad de que el resto de la humanidad me celebre como el salvador de la civilización. Sin embargo, aquí hay una trampa: esta elección ética solo funciona si el enemigo no la conoce de antemano. Si la conoce, probablemente se sentirá tentado a lanzar bombas nucleares sobre mi país, puesto que sabe que mi bando no responderá con una represalia total… Esto significa, lamentablemente, que, en cualquier caso, mi país tiene que participar en la carrera armamentística.

Esta postura es lo contrario de lo que J. D. Vance afirmó en una entrevista el 1 de septiembre de 2026: «Aunque no me sorprendería que estuviéramos viviendo el fin de los tiempos, lo que intento es concentrarme en hacer tanto de la obra de Dios como sea posible ahora mismo, incluso si eso conduce al fin de los tiempos, ¿de acuerdo?».⁴ El verdadero fin del mundo es esta declaración de Vance, especialmente las palabras «incluso si»: indican claramente la disposición de un individuo a contribuir conscientemente a la destrucción de todo nuestro mundo mientras hace lo que supone que es la obra de Dios. Estamos acostumbrados a escuchar esta postura de fanáticos musulmanes o de los ideólogos de Putin; ahora la escuchamos del vicepresidente de Estados Unidos.

En una entrevista realizada en septiembre de 2023, el general ruso Vladimirov describió uno de estos «puntos fijos»:

«La guerra nuclear es la conclusión “inevitable” de la invasión rusa de Ucrania, según advirtió un general ruso que escribió la “biblia de la guerra” de su país. El escalofriante pronóstico procede del general de división retirado Alexander Vladimirov, autor de la obra rusa en tres volúmenes titulada Teoría general de la guerra. “Para pasar al uso de armas de destrucción masiva, solo se necesita una cosa: una decisión política del comandante en jefe supremo [Vladímir Putin]”, advirtió el veterano comandante en una entrevista con el periodista Vladislav Shurygin. “Los objetivos de Rusia y los objetivos de Occidente son su supervivencia y su eternidad histórica. Y esto significa que, en nombre de ello, se utilizarán todos los medios de lucha armada de los que dispongan, incluido un instrumento como sus armas nucleares”. Advirtió: “Estoy seguro de que se utilizarán armas nucleares en esta guerra, inevitablemente, y ni nosotros ni el enemigo tenemos adónde ir para escapar de ello”».⁵

(Bien, pero esto significa que todos moriremos…). La opción de Vladimirov no debería descartarse en absoluto como una amenaza estratégica en la guerra que continúa en Ucrania: incluso si esa es su intención, posee una lógica propia que puede empujar a los agentes a hacer realidad lo que creían que era solamente una amenaza. Aquí estamos más allá de la lógica MAD (mutually assured destruction, destrucción mutua asegurada), que funcionó bien para impedir una catástrofe nuclear durante la Guerra Fría: la destrucción mutua se presenta sencillamente como inevitable, puesto que «ni nosotros ni el enemigo tenemos adónde ir»… Conviene observar la afirmación de que «los objetivos de Rusia y los objetivos de Occidente son su supervivencia y su eternidad histórica». Por eso Vladimirov no habla de la defensa justificada de Rusia frente a un ataque ucraniano e incluso utiliza la expresión «invasión rusa de Ucrania»: no se trata de determinar quién es culpable, puesto que estamos ante el Destino, ante una lucha a muerte en la que cuestiones menores como «¿quién empezó?» se vuelven insignificantes.

Un verdadero acto ético consistiría aquí en romper con ese Destino, es decir, en extraer las consecuencias del hecho de que ahora estamos atrapados en una lucha a muerte con nuestro Destino, tal como lo describe Vladimirov. Esto también significa que deberíamos aceptar plenamente la paradoja de nuestra situación: nada de pacifismo abstracto, nada de lugares comunes como «hacen falta dos para librar una guerra». Deberíamos estar dispuestos a arriesgar la muerte para evitar el destino que conduce a la muerte.

Notas

1. BBC: https://www.bbc.com/news/articles/cq8r6rjdvlx6o

2. «Saito, Marx and the Anthropocene: A Critique», Climate & Capitalism.

3. O, más exactamente, escribió. Véase Ernst Bloch, Herencia de esta época (Heritage of Our Times).

4. NBC News: https://www.nbcnews.com/politics/trump-administration/jd-vance-talks-end-antichrist-ai-faith-podcast-rcna595733

5. «Nuclear war is the ‘inevitable’ conclusion of the Ukrainian invasion, warns Russian general who wrote the nation’s ‘war bible’», Daily Mail Online.

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Slavoj Žižek

Slavoj Žižek es un filósofo y psicoanalista esloveno de renombre internacional, reconocido por su estilo provocador y su enfoque interdisciplinario. Su obra combina marxismo, psicoanálisis lacaniano y cultura popular para analizar las ideologías que atraviesan la vida cotidiana y los sistemas de poder contemporáneos.