Considero que una de las grandes virtudes de las adaptaciones de los clásicos mitológicos y literarios a la gran pantalla, tiene que ver con su capacidad de interesar a un sector de los espectadores en la lectura de las narraciones presentadas. Sería irreal pensar que la totalidad de quienes acuden a las salas de cine a ver La Odisea, Drácula o Frankenstein leerán las obras originales, pero creo que la activación de la tradición literaria como conversación, es un efecto secundario de la masificación espectacularizada y blanqueada de obras clásicas y universales.
Debo de confesar que al ver La Odisea mis sentidos se vieron saturados y encantados por el efecto que Nolan produce y que como a muchos, su más reciente producción me gustó, pero también he de confesar que soy un cine espectador que mira películas con la emoción más que con la razón, lo que es otra forma de decir que la gran mayoría de filmes que veo me complacen fácilmente.
No tengo la intención de hablar sobre La Odisea de Nolan que ya ha sido analizada de mejor manera por personas con muchas más credenciales que yo para hacerlo, pero quiero reflexionar en torno a un aspecto sobre el que me hizo detenerme a pensar: el destino.
Hablar del destino remite a la idea antigua de que las personas tenemos un camino y un propósito claro que escapa de nuestra comprensión y que solo vemos cuándo lo tenemos de frente. Antiguamente, el destino se entendía como un designio divino que el ser humano ejecutaba no sin una ilusión de resistencia, de esta forma, el destino, o fatum era esa fuerza irremediable que impulsaba el camino de las personas hasta su resolución inevitable; las personas, en este sentido, se encontraban a merced de los caprichos divinos y atados a esas fuerzas sobrehumanas. La ley natural y la ley divina podrían entenderse como una traducción jurídica en lugar de narrativa, de la relación de la humanidad con la idea de fuerzas y leyes superiores que nos acompaña desde el inicio de nuestra existencia colectiva.
Buscamos escritores
¿Tienes un manuscrito? En Editorial Bloghemia te acompañamos desde la edición hasta la distribución.
Me interesa →Hablo de resistencia frente al destino por el hecho de entender que el ser humano en su anhelo de libertad desea romper todo lazo con aquello que lo ata a una forma de existir; esa potencia creadora humana, esa angustia y desesperación por hacerse de un camino propio y libre, frente a la idea del destino tradicional terminan por convertirse en una persecución de libertad ilusoria, pues incluso en su intento vitalicio de escapar de su destino la persona hace camino hacia el mismo. El mito de Edipo rey es el ejemplo clásico del fatum como algo inevitable.
Pensar en el destino puede causar cierta sensación de asfixia y es que este fenómeno es uno en el que conceptos como la libertad y el libre albedrío entran en crisis al tener una relación virtualmente incompatible. Es cierto que la síntesis o reconciliación tradicional de libertad y destino es la postulación de que en su ignorancia del fatum, el ser humano termina transitando un camino vivencial libre, o que al ser capaz de comprender el peso total de su destino, uno se hace libre de elegirlo y aceptarlo; sin embargo, la pregunta clave es: cuando existencias superiores conocen el devenir de tu vida desde el nacimiento hasta la muerte antes de que tú la transites, ¿la libertad es una realidad o una ficción?
Desde pequeño tuve serios cuestionamientos a la fe que con el tiempo he refinado en ideas y preguntas más complejas, pero sobre esta línea, me es difícil entender qué libertad tuvo Judas Iscariote de elegir traicionar o no a su maestro; si Jesus que era el verbo encarnado profetizó y anunció esa traición desde la última cena, Judas Iscariote vio a su propia libertad y tiempo acorralado en su destino y en ese punto de inflexión, su libertad se acaba; el destino, así, se termina entendiendo como ley y no como libertad, pues la decisión de Judas de vender a Jesús era una condición previa para la existencia de una nueva iglesia, de un nuevo tiempo partido por el cuerpo crucificado del profeta coronado destino, de esta forma, Judas y Jesús terminan siendo elementos antitéticos de una misma ley. “Yo soy el camino” es una liturgia que tiene su reflejo en nosotros, los caminantes de un destino en el que todos tenemos nuestro fatum anunciado de antemano por una ley suprema.
****
La tragedia de las epopeyas griegas se debe a que sin importar qué hagan los héroes, existe un fatum que aguarda por cada uno de ellos, un fatum al mismo tiempo independiente y atado a lo que decidan, omitan o hagan. Odiseo, es un héroe cuyo camino de vuelta a Ítaca estuvo condicionado por el castigo o benevolencia de los dioses, siendo sus fuerzas tan solo suficientes para mover su cuerpo, pero no su camino. El mito de Odiseo nos demuestra que destino es invisible para la humanidad y solo se le experimenta como una consecuencia de actos previos propios o ajenos, pero para los dioses míticos el destino de las personas es visible desde antes de que estas existan y decidan; las profecías divinas tan maravillosas para los mortales, no son sino lecturas comunes para seres sobrehumanos que experimentan al tiempo no como linealidad secuenciada y dividida en tres prisiones, sino como acontecimiento total.
Los sentidos humanos son herramientas perceptivas y de experimentación de la realidad; sin embargo, también son límites claros; hasta el momento, ningún sentido natural o expandido ha podido romper nuestras barreras tridimensionales para tener una percepción aumentada y expandida del tiempo para verlo no como un continum de presente, sino como un mapa total en el que seamos perfectamente capaces de transitarlo sin límites físicos; el tiempo entendido como acontecimiento total, nos revelaría los caminos ya trazados de antemano para cada uno de nosotros y al fatum se le revelaría como una consecuencia de consecuencias, libre de ese velo de enigma y hermetismo con el que narrativamente se le presenta.
Es de esa incapacidad para correr el velo, que a la comprensión del destino propio se llega al final del camino y se le entiende claramente en retrospectiva a través de la narrativa de acontecimientos. La enseñanza budista de dejar la mente en blanco, es también una forma de expandir los sentidos y las capacidades humanas para experimentar la existencia de forma más total, pero en una existencia rodeada de distractores, preocupaciones, depresión, aceleración y ansiedad, el velo con el que se cubre nuestra percepción se afianza más y en estos términos, nuestro fatum se oculta de nosotros hasta que tenemos la perspectiva y sensibilidad correcta para mirarlo.
****
Existen dos posturas identificables, flexibles e intercambiables en las personas y sus credos: Creer en el destino como fuerza inevitable ordenadora de la experiencia, o creer que la vida y sus acontecimientos son una serie de casualidades secuenciadas y arbitrarias.
Digo que son flexibles e intercambiables porque una misma persona puede transitar de una postura a otra a lo largo de su vida dependiendo de su experiencia, cada una de estas posiciones es un discurso que ordena la existencia y que le devuelve al ser cierta agencia narrativa sobre la misma; en esencia, ambas formas de entender a la vida le dan a la misma un relato personal con el cual narrarse y así, ambos entendimientos además de brindar estabilidad existencial al permitir entendernos como parte de un plan superior, o como completamente libres y aislados, también son dogmas y grandes relatos dadores de sentido que justifican nuestra aparición en el universo, de ahí que ambos credos, a pesar de opuestos, compartan la misma raíz operativa y se hagan formas distintas de narrar lo mismo.
La fascinación humana por entender las leyes que rigen al universo y a la existencia, es lo que la ha llevado a crear historias maravillosas que entrelíneas, ordenan la vida, erigen leyes y definen comportamientos, estas historias no hacen sino sostener nuestro sentido individual y colectivo. Sobre este último punto es importante anotar que la idea de una nación/colectivo “destinado” a algo, lo dota de un propósito divino que lo diferencia y eleva de entre otros grupos y lo justifica éticamente de expandirse y dominar, el Destino Manifiesto es un ejemplo de ello.
La pretensión e interés de leer el fatum personal de las personas está inserto en la difusión de mecanismos, juego, dones y artefactos que se han popularizado a lo largo de la historia. El tarot, la quiromancia, la lectura de vidas kármicas, las runas, el péndulo, las cartas astrales o la ouija, se hacen depósitos simbólicos y populares de la necesidad humana de certidumbre, de saber que existe un plan para cada uno de nosotros más allá de tener una vida productiva, alienante y monótona. Saberse sometido a un camino predispuesto, a una historia ya escrita, es asfixiante, sí, pero paradójicamente también puede aligerar la existencia al dotar a nuestra vida de un valor universal y al reducir la carga ética de decidir con libertad.
El fatum adquiere el mayor de sus sentidos cuando lo vemos en retrospectiva y podemos hacer una relatoría heróica de nuestra propia existencia, por ejemplo, una enfermedad hereditaria es un destino genético al que cargamos con narraciones, acontecimientos y simbolismos personales y familiares; atados a una fuerza mayor, lo que nos queda es la palabra y el poder de narrar cuando esta enfermedad finalmente se nos presenta.
Nuestra existencia está condicionada a fuerzas mayores: la herencia genética, las decisiones de otras personas lejanas a nosotros en el espacio y tiempo, los fenómenos naturales, nuestro nombre, todo ello forma parte de la consecuencia que somos, quizá fue de pensar en las ramificaciones de las consecuencias que parecen tener una causalidad que Aristoteles llegó al entendimiento de dios como causa primera.
Personalmente creo que la idea de destino tiene una relación intrínseca con la consciencia de muerte que la humanidad tiene, pues esa consciencia nos hace comprender que inevitablemente nos dirigimos hacia la tumba y que no importa qué hagamos, ese es un final ineludible. La muerte es una ley superior a la que nos encontramos atados y que condiciona nuestro camino sin remedio alguno.
COMPARTIR ARTÍCULO:

