La belleza de olvidar; la tragedia de recordar; el don de narrar

Mono no aware 物の哀れ

¿Hay desesperación en el olvido? Cada día vivido le pertenece al pasado y una vez ahí, lo que una vez fue vivencia se descompone en memorias, ficciones y olvido. El olvido es parte de la condición humana, algo inevitable que hace de vivir algo poético. Existe una expresión en japonés que sintetiza esta parte de la experiencia humana, mono no aware 物の哀れ, que podría traducirse de diferentes formas: la tristeza de las cosas, sensibilidad a lo efímero, la impermanencia de las cosas, entre otras formas.

El mono no aware parte de una tradición nipona sumamente influida por el budismo, una tradición religiosa y filosófica cuya base se encuentra en entender a este mundo terrenal, como un mundo efímero, transitorio y perecedero, la experiencia humana, para ellos, jamás ha sido el fin en sí mismo, sino un estado de tránsito hacia estados de consciencia superiores. El amor, la guerra, la belleza, el odio, la enfermedad, el arte, nada perdura, todo es carcomido por la entropía del tiempo, ahí radica la belleza de vivir, pero también su tragedia y melancolía, pues todo acaba.

Recuerdo haber leído en 2020 el Genji Monogatari, una obra de carácter universal escrita en el periodo Heian en Japón, por la autora Shikibu Murasaki; esta obra está llena de pasajes memorables y cargados de una característica melancolía japonesa que parece llover sobre todo el mundo narrado. La técnica literaria del haiku está presente en todas las páginas de esta novela y su uso no es inocente, estos pequeños poemas no solo son ornamentos narrativos, sino un postulado estético. Un haiku no es un texto en sí, es una fotografía lingüística de un instante que jamás volverá.

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Tristes están las olas 

al retirarse de la playa.

Triste estoy yo

al dejarte atrás.

(Shikibu Murasaki)

El mono no aware es un tratado existencial japonés, pero su esencia está presente en la condición humana y es que sentir una melancolía profunda por aquello que inevitablemente se pierde, es una experiencia compartida y no limitada a un solo país o cultura. He reflexionado mucho sobre esto y creo haber encontrado ejemplos en la literatura hispana de pasajes literarios que por su naturaleza, plasman una fotografía narrativa de un instante irreversible que tan pronto se presenta, comienza su disolución en memoria, ficción y olvido, dejando atrás una melancolía de lo efímero, para efectos del presente texto, presentaré uno de ellos:

«“El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo. Sonreías. Dejabas atrás un pueblo del que muchas veces me dijiste: “Lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por haber nacido en él”. Pensé: “No regresará jamás; no volverá nunca”» (Juan Rulfo, Pedro Páramo)

Este pasaje inscrito en Pedro Páramo, la novela del escritor mexicano Juan Rulfo, nos muestra la partida de la mujer amada de Pedro, Susana. No es necesario haber leído esta obra para comprender, o más bien sentir, esa melancolía que embarga la existencia del personaje. Lo interesante es comprender que Juan Rulfo, nos presenta una instantánea poética que construye con palabras una imagen tan nítida como borrosa albergada en una memoria más melancólica que metódica. Juan Rulfo, además de escritor, fue fotógrafo, su literatura parece ser parte de todo un entramado artístico que pone en evidencia su postulado estético: la melancolía existe porque las cosas dejan de hacerlo.

En este sentido, la melancolía es ese vacío hecho forma de ausencia que pasa a ocupar el lugar de memorias perdidas en el tiempo y en el olvido. Esa melancolía que embarga el corazón de tantas personas en esta época acelerada, es un recordatorio paradójico de que el único destino es el olvido.

Vivir aceleradamente es crear memorias fugaces de forma acelerada y olvidar de la misma manera, ¿Cuánto de tus días es memorable?, ¿Cuánto de tus días es olvidable? Envueltos en una rutina burocrática, millones de personas generan más vivencias olvidables, que memorias que resisten a la erosión del tiempo. El capitalismo tardío caracterizado por su hiperaceleración,  tiene un efecto existencial y estético curioso: así como este momento productivo se hace fábrica de cosas y tendencias que tan pronto salen al mercado ya son obsoletas o descontinuadas, también se hace una fábrica de olvido y melancolía. 

La melancolía posmodernista es una que se diferencía de otros momentos históricos, al no ser una melancolía anclada al temperamento de las personas, sino una melancolía como piso social común: El mundo avanza con una velocidad abrumadora y nos deja atrás como personas. Los cuerpos productivos pueden seguir haciendo funcionar la maquinaria burocrática y productiva del sistema, pero la consciencia se queda en un pasado en la que se relata a sí misma ficciones de tiempos mejores. El cuerpo productivo es capaz de seguir el ritmo del tiempo productivo hasta que enferma o muere; la consciencia, por otro lado,  es incapaz de hacerlo al requerir de reflexión y contemplación, elementos que se contraponen a lo productivo, de ahí que habitemos el tiempo actual en cuerpo pero no en espíritu. 

La disolución de la consciencia y la disociación tan presentes en trabajadores que ocupan espacios laborales, ya sean productivos o de oficina, son un síntoma de que la melancolía ha dejado de ser en muchas ocasiones una elección o característica de la personalidad, para pasar a ser una consecuencia del ritmo de vida impuesto, ¿Cómo no extrañar un pasado efímero cuando ni siquiera terminamos de poder vivir el presente?, ¿Cómo no estar más cómodos en los recuerdos nostálgicos de tiempos mejores cuando el presente llega a nosotros como pasado no vivido? Y es que en este momento humano, aquello que antes llamábamos “futuro”, hoy por norma es el presente, pues como anteriormente mencioné, productos y tendencias (incluídas personas insertas en los circuitos mediáticos) que hoy llegan al mercado para ser consumidos, arriban siendo ya obsoletos, pasados de moda y descontinuados, así, parece que si bien de forma teórica seguimos entendiendo a la vida en tres tiempos —pasado-presente-futuro— la habitamos en solo dos tiempos: un futuro inexistente y un pasado extenso que se acumula y que acumula melancolías y memorias que se pueden volver productos y tendencias que tan pronto salen otra vez al mercado, ya se hicieron obsoletas de nuevo.

Memoria y pastiche

La memoria solo tiene sentido cuando es atravesada por un relato, el acto de narrar, es un acto de dar sentido, sin narraciones, los recuerdos terminan siendo una bruma de imágenes y sonidos sin orden cronológico,  despojadas de su contenido semántico, es por ello, que no podemos entender a la memoria humana sin entender al relato. 

¿Por qué relatamos? En esencia contar historias es crear códigos de comprensión y reflexión compartidos, una misma historia puede ser interpretada de distintas formas y esas formas diversas, pueden compartirse para llegar a acuerdos y reflexiones comunitarias. La construcción de significados compartidos y edificación social de instituciones no difiere demasiado del acto de contar una historia de terror con tus amigos por la noche: en ambas existe un gran relato que se socializa, ese relato crea un impacto racional y emotivo, se reflexiona y se llega a un consenso sobre su veracidad. El ejemplo de las historias de terror es burdo, pero solo piensa acerca de en cuántas ocasiones de la historia de un país o cultura, la toma de decisiones políticas, económicas y culturales se desprendió de contar una historia que se oficializa y se hace ley.

Cuando compartimos un recuerdo en forma de relato y lo socializamos, sometemos esa anécdota a la co-construcción narrativa de la misma, un relato familiar compartido siempre es modificado por quienes intervienen en su relatoría: algunos agregan detalles, otros los omiten, algunos modifican las fechas y otros a las personas en cuestión. Si esto sucede a nivel familiar, imagina cuántas cosas de la memoria histórica no son intervenidas a nivel social. Cuando estos actos de intervención histórica se gestan desde el poder, los cambios que el poder realiza de la narrativa y de la memoria histórica se deciden y hacen  desde la acción y no desde la omisión, pues donde a nivel subjetivo en ocasiones la memoria falla y olvida aspectos sin una agencia real sobre qué olvidar y qué no, el poder tiene la completa capacidad —y de hecho la ejerce— de realizar una curaduría de la memoria y olvido de una sociedad.

Relatar se hace un acto al mismo tiempo de resistencia y de opresión, solo realiza un recorrido por medios de comunicación tradicionales, mediáticos, oficiales y digitales para observar las distintas posturas narrativas que existen alrededor de un mismo tema. ¿Qué historias consumimos? Esta pregunta inocente tiene un alto grado político, ya que las historias que nos cuentan tienen la facultad de transfigurar la memoria colectiva y de modelar nuestra identidad.

Recordar con melancolía o anhelar tiempos mejores a través de las historias que contamos, ya sea en la conversación o en la gran pantalla, es reconstruir el pasado o el futuro con ficciones de tiempos dorados que jamás fueron como son relatados, pero que ahora asumimos como la versión histórica real, lo que lleva a preguntarse a nivel subjetivo ¿Cuántas de tus memorias son ficciones? Y es que si la memoria es un relato, debemos de entender que los relatos llenan los vacíos argumentativos con ficciones; la memoria es un relato posible de entre muchos, pero buena parte de la melancolía sentida hacia esos recuerdos, es una melancolía que surge de una ficción y no de una vivencia en sí; el solo hecho de narrar la memoria, traslada al artefacto memorístico al mundo de la literatura. 

Con esto no postulo un mundo desbordado en el relativismo sin sentido, pues de ser así, ni siquiera valdría la pena escribir algo sobre ello. Lo que postulo es que la memoria debe ser tratada como un artefacto imperfecto que requiere de la narrativa para atar sentidos; las cosas pasan, las cosas existen en sí mismas, las vivencias son, pero la memoria, solo es capaz de realizar un trazo imperfecto de algo que ya sucedió. Inevitablemente, algo tan pronto se transforma en recuerdo, comienza a ser descompuesto por la entropía del tiempo, por la impermanencia de las cosas, y algo de esa vivencia, inevitable y poéticamente, se perderá para siempre en el olvido.

El lenguaje es capaz de reconstruir desde las ruinas de la memoria, el lenguaje narrativo es un artefacto que puede servir al poder, pero también una resistencia al olvido, aunque, en casos muy dramáticos, el lenguaje también termina por olvidarse y perderse, de ahí que la pregunta ¿Qué historias consumimos? sea una pregunta poderosa, porque en esta interrogativa se sintetiza el hecho de que somos sujetos intervenidos por el lenguaje, sentido y narrativa de otros; pero a esta pregunta le sobreviene otra: ¿Qué historias queremos contar? Esta pregunta nos devuelve a nuestra agencia sobre los relatos y muestra que el relatar es una facultad humana, no un privilegio sectorial, también muestra que relatar no es un verbo pasivo, sino activo.

La memoria pasa por un doble proceso, el olvido y el recuerdo selectivo, y el recuerdo y el olvido accidental, la ficcionalización de los eventos media en ambas formas de amnesia y es aquí que vuelvo al inicio, al mono no aware. La erosión de la memoria es algo inevitable, sí, también parte de la condición humana, pero este postulado melancólico y estético también es altamente político en tanto el olvido y el recuerdo entran al campo de lo productivo y selectivo, la melancolía que todo lo derrama, pasa de ser algo poético, a algo industrializado y mediático; paradójicamente, esa melancolía capital dadora de valor simbólico, es lo más real del sistema aunque sea una ficción narrativa idealizada, pues nos muestra por ausencia, el vacío de sentido en el que nos encontramos y que llenamos con pastiches y refritos del tiempo.A la melancolía como resistencia al tiempo, el capitalismo la convierte en pastiche mediático; sin embargo, este mismo, podría ser utilizado como punto de partida ya no para buscar pasados dorados, sino para buscar futuros posibles. Utilizar a esa melancolía industrializada y mediatizada como resistencia al mostrarnos por su vacío y sentimiento de ausencia un abismo real, es solo el inicio de la salida de lo mediático, pues pretender que podemos transformar el futuro sin salir de la lógica productiva y mediática, es un engaño, por ello es necesario romper el pastiche de la melancolía de espectáculo, para recuperar la melancolía no por otros tiempos dorados a los que regresamos por escapismo, sino por la impermanencia de todo que demanda como forma de respeto no ser reconstruida en el presente productivo como artículo escapista en serie, sino ser recordada, contemplada y relatada.

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José Daniel Arias Torres

José Daniel Arias Torres

Escritor poblano, licenciado en Relaciones Internacionales y actualmente estudiante de la Maestría en Literatura Aplicada. La escritura ha sido una constante en su trayectoria, y algunas de sus obras han sido seleccionadas para integrarse en antologías de cuento y poesía. En 2014 obtuvo el segundo lugar en el concurso de cuento “Cuatro botellas al mar”, convocado por la Universidad Iberoamericana de Puebla.