3 de octubre Hoy ha ocurrido un suceso excepcional. Me desperté bastante tarde, y cuando Marva me trajo el calzado reluciente, le consulté la hora. Al notar que eran las diez pasadas, me apresuré a vestirme. Confieso que de buena gana no hubiera asistido a la oficina, al meditar en el semblante tan serio que me iba a mostrar el jefe de la sección. Ya desde hace rato me viene comentando: “Pero, camarada, ¿qué desorden tienes en la cabeza? Ya no es la primera ocasión que te precipitas como un demente y complicas el asunto de tal modo que ni el mismo demonio sería capaz de organizarlo. Ni siquiera pones mayúsculas al titular los documentos, olvidas la fecha y el número. ¡Habráse visto!…”
¡Ah! ¡Maldito jefe! Con toda certeza que me tiene celos por estar yo en el despacho del director, afilando las plumas de su excelencia. En una palabra, no hubiera acudido a la oficina a no ser porque ansiaba sacarle a ese hebreo de cajero un adelanto sobre mi remuneración. ¡También ése es un caso! ¡Antes de prestarme algún dinero ocurrirá el Juicio Final! ¡Jesús, qué sujeto! Ya puede uno asegurarle que se halla en la indigencia y suplicarle y amedrentarle; es lo mismo: no soltará ni un solo centavo. Y, sin embargo, en su hogar, hasta la sirvienta le da bofetones. Eso todo el mundo lo conoce.
No comprendo qué beneficios se obtienen al laborar en un departamento ministerial. Ni siquiera cuenta uno con medios. Pero no sucede así en la Administración Provincial, ni en el Ministerio de Hacienda, ni en el Tribunal Civil. Allí observas a un burócrata cualquiera sentado modestamente en un rincón redactando. Lleva un frac desgastado y su apariencia es tal que ni siquiera amerita que se le escupa encima. Sin embargo, fíjate en la mansión que alquila durante el estío. No se te ocurra obsequiarle una taza de loza dorada, pues te dirá que eso es propio de un médico. Él se satisface tan sólo con un carruaje de lujo o unos drojkas o una piel de marta de 300 rublos. Y, no obstante, por su aire parece tan humilde, y al expresarse es tan refinado. Te solicita, por ejemplo, que le dejes la navaja para afilar su pluma, y si te distraes un poco, te despoja de tal forma, que ni siquiera te deja la camisa.
Pero admito que nuestra oficina es distinta, y en toda ella imperan una pulcritud de conducta y una rectitud tales, que ni por ensueño puede haberlas en la Administración Provincial. Además, todos los superiores se tratan de usted. Reconozco que, a no ser por la integridad y el buen trato de mi oficina, hace ya mucho tiempo que hubiera abandonado el departamento ministerial.
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QUIERO PUBLICARMe puse el antiguo abrigo y tomé el paraguas, pues caía agua a cántaros. En la vía no había nadie. Sólo me crucé con mujeres de pueblo que se cubrían con los faldones de sus abrigos, mercaderes que caminaban protegiéndose de la lluvia bajo sus paraguas, y cocheros. Gente distinguida no se veía por ninguna parte, a excepción de nuestra humilde persona, que marchaba bajo la tormenta. En cuanto la divisé en un cruce, pensé al instante: “¡Eh, muchacho! Tú no vas a la oficina. Tú estás dispuesto a seguir a ésa que camina delante de ti y cuyas extremidades estás observando. ¡Qué desvaríos son ésos! La verdad es que eres peor que un militar. Basta con que pase cualquier costurera para que te dejes seducir”.
Justamente en el instante en que estaba meditando esto vi cómo una carroza se frenaba ante un bazar junto al que yo me encontraba. En seguida identifiqué la carroza: era la de nuestro director. Me imaginé que debería de ser de su hija, pues él no tenía por qué acudir a estas horas a un comercio. El sirviente abrió la portezuela, y la joven saltó del coche, como un ave. Echó unas miradas a su alrededor, y al levantar sus ojos sentí que mi corazón quedaba lastimado… ¡Dios mío, estoy perdido! ¡Estoy acabado irremediablemente!
Y ¿por qué habrá salido ella con este clima tan gélido? Después de esto nadie se atrevería a afirmar que las mujeres no pierden la razón por la vestimenta.
Ella no me identificó y yo intenté ocultarme y pasar desapercibido, pues vestía un capote muy mugriento y cuyo diseño, además, estaba anticuado. Ahora se llevan las capas con cuellos muy extensos, y el mío era muy breve; además, el tejido de mi abrigo distaba mucho de ser fino. Su perrita no tuvo tiempo de ingresar y se quedó en la calle. Yo la ubico, se llama Medji. No había pasado ni un minuto, cuando escuché de pronto una vocecilla que decía: -¡Hola, Medji!
Vaya. ¿Quién será el que platica? Miré y vi a dos señoras que caminaban debajo de un paraguas. Una de ellas era ya mayor; la otra, muy muchacha. Pero ellas ya habían pasado, y nuevamente volví a percibir la misma voz a mi lado. -¡Debería darte pena, Medji!
¡Qué demonios! Vi que Medji estaba husmeando al can que iba con las dos señoras. “¡Vaya! ¿No estaré ebrio? -pensé para mis adentros-. ¡Menos mal que esto no me sucede con frecuencia!” -No, Fidele; estás errado. Yo estuve… Guau, guau… Yo estuve muy indispuesta.
¡Vaya con la perrita! Admito que me quedé muy asombrado al oírle hablar como un humano; pero después de meditarlo bien, no encontré en ello nada insólito. En efecto, en el mundo se ven muchos sucesos de la misma clase. Relatan que en Inglaterra brotó un pez y dijo dos palabras en un lenguaje extraño, tan raro, que desde hace dos o tres años los eruditos hacen indagaciones acerca de él y aún no han logrado categorizarlo. También leí en los diarios que dos vacas entraron en una tienda y solicitaron medio kilo de té. Pero reconozco que me quedé aún mucho más maravillado al oírle decir a Medji: -¡Es verdad que te redacté, Fidele! Seguramente Polkan no te entregaría la misiva.
Aunque me juegue el salario, apostaría que nunca se ha dado el suceso de un perro que escriba. Sólo los aristócratas pueden redactar. Claro que también algunos negociantes, oficinistas y, a veces, hasta la gente del pueblo sabe escribir un poco; pero lo hace de un modo automático, sin poner ni comas, ni puntos, y, claro está, sin ningún garbo.
Esto me dejó muy perplejo. He de manifestar que desde hace algún tiempo a veces oigo y observo unas cosas que nadie percibió jamás. “Voy a rastrear a esta perrita, y así me enteraré de quién es y de lo que imagina”, decidí para mí. Abrí el paraguas y me puse a escoltar a las dos señoras. Atravesamos la calle Gorojovaia y nos dirigimos a la calle Meschanskaia, y desde allí a la de Stoliar, y, finalmente, llegamos al puente de Kokuchkin, deteniéndonos ante una vivienda de grandes dimensiones. “Conozco esta finca -pensé para mí-: es la de Zverkov. ¡Un verdadero hormiguero! Pues sí que habitan allí pocos guisanderos y viajantes. En cuanto a los subordinados, abundan como insectos. Allí reside un conocido mío que toca muy bien la trompeta.”
Las damas subieron al quinto nivel. “Bueno -pensé- ahora me voy a retirar, pero antes he de fijarme bien en el lugar, para aprovecharlo en la primera oportunidad que se me presente.”
4 de octubre Hoy es miércoles, y por eso estuve en la oficina de nuestro director. Vine a propósito un poco antes. Me acomodé y me puse a afilar todas las plumas. Nuestro director debe de ser un hombre muy docto; tiene el despacho lleno de estanterías con volúmenes. Leí los nombres de algunos libros, y todos son académicos; así que ni por fantasía son comprensibles para nosotros, los empleados; además, todos están o en francés o en alemán. Cuando se observa a nuestro director, maravilla a uno por su porte majestuoso y por la sobriedad que refleja toda su persona. Todavía no he escuchado nunca que haya dicho una frase de más. Sólo cuando se le entregan los legajos suele inquirir: -¿Qué clima hace fuera? -Hace mucha humedad, excelencia.
La verdad es que las personas, como nosotros, no se pueden equiparar con él. Es lo que se denomina un verdadero estadista. He notado, sin embargo, que me tiene especial aprecio. ¡Ah, si su hija…! ¡No, eso es una bajeza!… Me entretuve leyendo La Abeja. ¡Qué gente tan necia son los franceses! ¿Qué es lo que desean? ¡De buena gana los hubiera capturado a todos y les hubiera dado una buena tunda!
Allí también leí el relato de un festejo hecha por un hacendado de la provincia de Kurck. Los propietarios de Kurck suelen redactar muy bien. Después me percaté de que eran ya las doce y media y que nuestro director aún no había salido de su aposento. Pero a eso de la una y media ocurrió un suceso que ninguna pluma sería capaz de narrar. Se abrió la puerta, yo me puse de pie de un salto con los papeles en la mano, imaginando que sería el director; pero cuál fue mi asombro cuando vi que era ella. ¡Jesús, cómo iba ataviada! Llevaba un vestido blanco y leve como un cisne. ¡Y qué vaporoso! Y al levantar los ojos creí que me alcanzaban los destellos del sol. Me saludó y dijo con una voz similar a la de un canario: -¿No ha llegado papá?
“Excelencia -quise expresarle-, ¿quiere usted castigarme? Pues si tal es su anhelo, que lo haga su excelencia con su propia mano.” Pero ¡qué demonios! La lengua se me anudó; así es que sólo pude mencionar: -No, no estuvo.
Ella me lanzó una mirada y observó también los tomos y… dejó caer su pañuelo. Yo me abalancé en seguida para recogerlo, pero resbalé sobre ese maldito suelo y poco me faltó para derrumbarme; sin embargo, logré mantener el equilibrio y alcancé el pañuelo. ¡Señor, qué pañuelo! Era de tela finísima.
Ella me dio las gracias y sus labios dibujaron una sonrisa un tanto burlona; luego se marchó. Yo me quedé una hora hasta que el mozo vino y me dijo: -Retírese a casa, Aksenti Ivanovich. El señor ya se marchó.
No puedo tolerar a los criados; siempre están tumbados en el vestíbulo, y ni por azar saludan a uno. Y no sólo eso, sino que un día, a una de estas bestias se le ocurrió brindarme un poco de tabaco sin incorporarse de su sitio. ¡Como si no supiera el muy necio que yo soy un funcionario de linaje noble! No obstante, tomé yo mismo mi sombrero y mi abrigo y me los puse, pues sería inútil aguardar auxilio de esa gente. Salí a la calle. Al llegar a casa me pasé un buen tiempo acostado en el lecho. Después transcribí unos versos muy hermosos:
¡Mi almita! En tu ausencia, una hora, un año completo parece transcurrido sin ti. ¡Aborrecible es la vida, ya solo, señora! Por eso yo medito: “Si tú no vinieses, mejor es perecer”
Deben de ser de Pushkin. Por la tarde, cubriéndome bien con mi capote, fui a casa de su excelencia, en donde estuve aguardando para ver si la divisaba salir al subir en coche; pero ella no apareció.
6 de noviembre El jefe de personal me ha sacado de mis casillas. Hoy, cuando arribé a la oficina, me hizo llamar y me dijo lo siguiente: -Pero dime: ¿qué es lo que estás ejecutando? -¡Cómo! Yo no hago nada -le contesté. -Bueno. Medita un poco. Ya has pasado de los cuarenta; me parece que es momento de que te vuelvas un poco más sensato. ¿Crees acaso que no estoy al tanto de todas tus andanzas? ¡Sé muy bien que vas tras la hija del director! Pero, hombre, ¡mírate al espejo! ¡Piensa en lo que eres! ¡No eres más que un nulo, que es menos que nada! ¡Si no tienes ni un centavo! Pero ¡mírate…, observa tu cara en el espejo! ¡Cómo puedes tú meditar en esas cosas!
¡Demonios! ¿Qué se habrá imaginado él? Si tiene cara de bola de billar con cuatro cabellos en la cabeza que se unta de ungüento y lleva rizados que es una burla. Y se cree que a él todo le está permitido. Ya entiendo por qué está rabioso: es que me tiene envidia. Seguramente habrá notado que soy objeto de sus marcadas simpatías. ¡Pero ya puede decir cuanto desee, que me tiene sin cuidado! ¡Pues tampoco tiene tanta relevancia un consejero de la Corte! ¡Por portar una cadena de oro en su reloj y pedir unas botas de 30 rublos se cree alguien! ¡Que se vaya al diablo! ¿Acaso imagina que soy hijo de un plebeyo o de un costurero o de un sargento? Soy noble. También yo puedo llegar a alcanzar el mismo puesto que él. Sólo tengo cuarenta y dos años, que en realidad es la edad cuando precisamente se empieza a laborar. ¡Espera, amigo: también yo llegaré a ser oficial, y con la ayuda de Dios quizás algo más! También yo disfrutaré de una fama mejor que la tuya. ¿Qué te crees, que en el mundo no hay hombre más serio que tú? Aguarda un poco: cuando yo tenga un frac diseñado a la moda y una corbata como la tuya, entonces no me llegarás ni a la suela de los zapatos. Lo malo es que no cuento con recursos.
8 de noviembre Estuve en el teatro. Representaban Filatka, el tonto ruso. Me divertí mucho. Daban también un vodevil con unos versos muy graciosos sobre los magistrados, particularmente uno que se refería a un consejero de registro, y que era tan duro, que me extrañó que le hubiera dejado pasar la autoridad. En cuanto a los mercaderes se decía que abiertamente timaban al pueblo, y que sus vástagos armaban unas fiestas terribles y se esforzaban por llegar a ser aristócratas. También había un cuplé muy divertido sobre los reporteros y la pasión que tienen de juzgarlo todo; de modo que los creadores de hoy en día escriben unas piezas muy entretenidas. A mí me agrada mucho ir al teatro. En cuanto tengo algún dinero en el bolsillo no puedo contenerme y acudo. Pero entre nosotros los empleados hay muchos que no asisten, aunque se les obsequie el ticket. También cantó muy bien una intérprete. Me acordé de aquello…, ¡bueno, es una bajeza!…; así es que no digo nada…
9 de noviembre A las ocho fui a la oficina. El jefe de la sección hizo así como si no notara mi presencia y en que había llegado. Yo también hice como si entre nosotros nada hubiera pasado. Me entretuve revisando los avisos y luego cotejándolos. Salí a las cuatro y pasé delante de la vivienda del director, pero no vi a nadie. Después de almorzar estuve casi todo el tiempo acostado en la cama.
11 de noviembre Hoy estuve en el despacho de nuestro director y afilé veinticuatro plumas de su excelencia y a cuatro de su descendiente. A él le agrada y fascina que haya muchas plumas. ¡Ah, qué intelecto el suyo! Siempre está silencioso, pero su cabeza debe de estar siempre meditando. Me hubiera gustado saber en qué suele pensar y qué es lo que guarda aquella testa. Me interesaría vigilar de cerca la vida de estos señores, conocer todas las intimidades y los complots de la Corte, saber cómo razonan y lo que suelen hacer entre ellos. Muchas veces medité entablar plática con su excelencia, pero el caso es que mi lengua se niega a obedecerme. Sólo consigue expresar: “Afuera hace frío o calor”, y de allí no pasa. Me hubiera gustado lanzar una mirada al salón cuya puerta a veces está abierta, y también a las otras estancias. ¡Qué pompa y qué opulencia hay allí! ¡Qué espejos y qué cerámicas! ¡Cuánto me complacería echar una mirada a aquella parte del piso donde se encuentra la hija de su excelencia! ¡Ah, esto sí que me agradaría!… Estar allí en el tocador, donde hay todos esos frasquitos y cofres, esas flores tan sutiles que da miedo tocarlas; ver su atuendo, más ligero que el aire, por allí tirado. Me encantaría ver su alcoba… Debe de ser una fantasía, un verdadero edén de ésos que ni en el cielo existen. Si pudiera ver el escabel sobre el cual pone el pie al levantarse de la cama y cómo se coloca una media blanca como la nieve sobre aquella pierna… ¡Ay, Señor!… No. Mejor es que me calle y no diga nada…
Sin embargo, hoy parece ser que el firmamento me ha iluminado, pues de repente me acordé de la charla que oí en el Nevski a los dos canes. “Está bien -pensé para mis adentros- ahora lo descubriré todo. Es necesario que intercepte la correspondencia de estos dos perros, pues ella me proporcionará muchos datos.” He de admitir que una vez llamé a Medji y le dije: -Escúchame, Medji: ahora estamos solos; si quieres, hasta puedo cerrar la entrada para que nadie nos vea. Anda, relátame todo lo que sepas sobre tu señorita: dime cómo es, y yo te prometo que no se lo diré a nadie.
Pero la muy pícara encogió el rabo entre las extremidades y se marchó silenciosamente por la puerta como si no hubiera percibido nada. Sospeché desde hace tiempo que los perros son mucho más sagaces que las personas, y que incluso pueden expresarse; sólo que son bastante tercos. El perro es un verdadero estratega: todo lo nota, no se le escapa ni un paso del hombre. Mañana sin falta he de ir a casa de Zverkov. Interrogaré a Fidele, y si puedo, le quitaré todas las notas que le escribe Medji.
12 de noviembre Al día siguiente salí a las dos, con la firme intención de ver a Fidele y de interrogarla. El aroma a repollo que sale de todas las tiendas de la calle Meschanskaia me pone enfermo, y además, los drenajes de las casas tienen un tufo tal, que no tuve más remedio que taparme la nariz con el pañuelo y echar a correr. Aquí es imposible caminar, pues toda esa gente que labora en oficios llena la calle de humo y hollín.
Al tocar el timbre, vino a abrirme una joven bastante bonita, con la cara llena de pecas; era la misma que acompañaba a la anciana. Se sonrojó un poco al verme, y yo comprendí en seguida que deseaba tener pretendiente. -¿Qué desea? -me preguntó. -Necesito platicar con su perrita -le respondí. La joven era necia y yo lo noté en seguida. Mientras tanto, la perrita se abalanzó ladrando; yo quise atraparla, pero la muy pícara por poco me muerde la nariz. Pero yo ya había visto su lecho o camita, y era justamente lo que buscaba. Me aproximé a él y revolví la paja que había en un cajón; con sumo placer vi un fajo con pequeños papelitos. Esa maldita, al ver lo que hacía, me mordió primero en la pantorrilla, y después, al percatarse de que yo tomaba los papeles, empezó a ladrar con gesto de acariciarme; pero yo le dije: “No, guapa; no hay nada que hacer”. Me parece que la joven debió de considerarme un demente, pues se asustó terriblemente. Al llegar a casa quise ponerme en seguida a descifrar esos papeles, porque no veo muy bien a la luz de las cirios. Pero a Marva se le ocurrió fregar el suelo. Estas estúpidas finlandesas siempre son de lo más inoportunas. Así es que no me quedó otro remedio que el de ponerme a caminar meditando sobre lo ocurrido. Ahora, por fin, iba a enterarme de todo; las cartas me lo mostrarían todo. Los perros son muy astutos y no ignoran todas las relaciones íntimas; por eso seguramente en ellas hallaré la narración del marido y de sus asuntos. De seguro que encontraré allí algo referente a ella… ¡No, más vale callarse! Al atardecer llegué a casa y estuve la mayor parte del tiempo acostado en el lecho.
13 de noviembre Bueno; vamos a ver. La misiva parece bastante nítida; sin embargo, la caligrafía pone en evidencia al perro. Leamos: “Querida Fidele: Aún no puedo acostumbrarme a un nombre tan insignificante como el tuyo. ¡Como si no hubieran podido ponerte otro mejor! Fidele, Rosa, todos esos apelativos son de un cursi subido. Pero dejemos esto a un lado. Estoy muy contento de que se nos haya ocurrido entrar en correspondencia…”
La carta estaba redactada muy correctamente en cuanto a la puntuación y gramática. Ni nuestro jefe de sección sería capaz de hacer otro tanto, aunque asegura haber estado instruyéndose en una universidad. Veamos más adelante: “Me parece que uno de los mayores goces en el mundo está en intercambiar pensamientos, impresiones y sentimientos con los demás…”
¡Bueno! Éste es un pensamiento tomado de una obra traducida del alemán y cuyo título no recuerdo ahora. “Lo digo por experiencia, aunque no haya corrido mucho mundo, pues no he pasado la cerca de nuestra casa. Pero ¿acaso mi existencia no transcurre felizmente? Mi señorita Sofía, así la llama papá, me adora con locura…”
¡No está mal! ¡No está mal! ¡Pero callémonos!… “Papá también me mima a menudo. Además me dan café con crema. ¡Ah, ma chère! He de decirte que no encuentro nada en los grandes huesos, bien pelados, que come Polkan en la cocina. Los huesos sólo son buenos cuando provienen de alguna cacería y a condición de que no hayan succionado ya el tuétano. También está muy bien mezclar algunas salsas, pero sin hortalizas ni especias. Pero no hay cosa peor que esa manía que tiene la gente de dar a los perros migas de pan hechas bolitas. Siempre, durante las comidas, algún señor empieza a triturar las migas de pan con sus manos, que Dios sabe qué suciedades habrán tocado antes, y te llama después para meterte entre los dientes esa dichosa bolita. Rechazarlo resultaría descortés; así es que no tienes más remedio que engullirla a pesar del asco que te produce…”
¡Voto a mil diablos, qué estupidez! ¡Como si no hubiera nada mejor sobre qué redactar! Veamos si en la otra carilla hay algo más interesante. “Me place mucho notificarte de todo cuanto ocurre en nuestra casa. Creo que ya te hablé del señor más relevante de la casa, al cual Sofía llama papá. Es un hombre muy singular…”
¡Ah, por fin! Ya sabía yo que los perros tienen criterios políticos sobre todas las cosas. Veamos lo que dice sobre papá… “…Un hombre muy extraño. Permanece la mayoría del tiempo en silencio. Rara vez habla; pero la semana pasada hablaba sin parar consigo mismo. No hacía más que interrogarse: ‘¿Lo recibiré o no?’ Tomaba un papel en una mano, mientras la otra permanecía vacía, y volvía a repetir: ‘¿Lo recibiré o no?’ Una vez hasta se dirigió a mí con la siguiente pregunta: ‘Tú qué crees, Medji, ¿lo recibiré o no?’ Yo no pude entender lo que quería decirme con eso; sólo olfateé su calzado y me fui. Una semana después, ma chère, papá estaba loco de alegría. Toda la mañana recibió visitas de unos señores vestidos de uniforme que lo felicitaron por algo. Durante la comida estuvo tan alegre como nunca le viera; no paraba de contar bromas. Después de comer, me levantó en sus brazos y me acercó a su cuello, diciéndome: ‘¡Mira, Medji, lo que llevo!’ Yo vi sólo una cinta, la olfateé, pero no hallé en ella ni el menor perfume; finalmente, la lamí con cuidado, estaba algo salada.”
¡Bueno! Me parece que este perro es un poco demasiado osado. Haría falta darle una buena paliza. ¡Así, pues, nuestro hombre es pretencioso! Habrá que tenerlo en cuenta. “Adiós, ma chère. Me marcho veloz… Mañana concluiré la carta. “¡Hola, otra vez estoy contigo! Hoy, con Sofía, mi señorita…”
¡Ah, veamos lo que ocurre con Sofía! ¡Es una bajeza! Bueno, no importa, no importa; vamos a continuar… “…Sofía, mi señorita, estuvo todo el día sumamente inquieta. Se preparaba a asistir a un baile, y yo me alegré, pues aprovecharía su ausencia para escribirte. Mi Sofía está siempre muy contenta cuando acude a un baile, aunque mientras se arregla siempre está enojada. No logro comprender, ma chère, el placer que encuentra la gente yendo a un baile. Sofía vuelve a casa a las seis de la mañana. Y siempre observo, por su aspecto fatigado y su cara pálida, que a la pobrecilla no le han dado de comer. Confieso que jamás podría vivir de este modo. Si no me dieran perdices con salsa o alas de pollo fritas, no sé lo que sería de mí. También es muy bueno un poco de salsa con kacha. Pero las zanahorias, las alcachofas y los nabos nunca serán sabrosos…”
Tiene un estilo desordenado. En seguida se ve que esta carta no ha sido escrita por una persona. Empieza bien, pero termina de cualquier forma. Veamos otra misiva; parece demasiado extensa; además, no lleva ni fecha. “¡Ay, querida mía! Cómo siente una la cercanía de la primavera. Mi corazón late como si aguardara algo. Me zumban los oídos. Así es que a menudo tengo que levantar la pata y me apoyo y acerco a una puerta para escuchar. He de decirte que tengo muchos pretendientes. A menudo los contemplo sentada en la ventana. ¡Ay, si supieras qué feos son algunos! Uno de ellos es de lo más corriente, es un perro callejero de lo más tonto y engreído; camina por la calle dándose aires de grandeza. Y cree que todos han de observarle. Pero ¡qué va, yo ni siquiera me he fijado en él! También un dogo, de aspecto pavoroso, suele pararse ante mi ventana. Si se levantara sobre las patas traseras, lo que de seguro el muy necio no sabrá hacer, le llevaría la cabeza al papá de Sofía, no obstante ser éste un hombre bastante alto y corpulento. Debe de ser de lo más atrevido. Yo gruñí un poco en dirección suya; pero él, como si nada. Podría haberme hecho un guiño, pero es un bruto, no tiene modales. Se está mirando mi ventana, con sus orejas largas y su lengua al aire. ¿Y crees acaso que mi corazón permanece impasible a todas estas ofertas? No, te equivocas, ma chère… ¡Si hubieras visto a uno de mis admiradores, llamado Trésor, cuando salta la cerca de la casa vecina!… ¡Ay ma chère, qué carita tiene!”
¡Bah! ¡Qué asco! ¡Qué demonios! ¿Cómo es posible llenar las páginas con semejantes tonterías? Ya no quiero saber nada de canes; quiero a una persona. Sí, eso es, una persona para que pueda enriquecer el tesoro de mi alma…, y en vez de ello, ¡qué es lo que encuentro! ¡Estupideces, sólo estupideces! Demos la vuelta a la página, a ver si hay algo mejor. “Sofía estaba sentada junto a una mesita bordando; yo miraba por la ventana a los peatones, pues me gusta mucho observarlos, cuando entró el lacayo y anunció: “-El señor Teplov. “-Que pase -exclamó Sofía, y se abalanzó sobre mí para besarme-. ¡Ay, Medji! ¡Si supieras quién es! Es un caballero de la Cámara, moreno, con ojos negros y radiantes como el fuego.
“Sofía se marchó corriendo a su habitación. Un minuto después entraba el joven gentilhombre de la Cámara, que gastaba patillas. Se acercó al espejo y se arregló el cabello, luego inspeccionó la estancia. Yo dejé oír un gruñido y me senté en mi sitio. Sofía no tardó en venir y respondió alegremente a su saludo, y yo, como si no reparase en nada, continuaba mirando por la ventana, no obstante haber inclinado la cabeza en dirección a ellos para oír lo que hablaban. ¡Ay ma chère! ¡De qué tonterías platicaban! Hablaban de una señora que durante el baile se equivocó e hizo una figura en vez de otra; de un tal Bobov, que llevaba charretera y se parecía mucho a una cigüeña, y que por poco se cae. También contaron que una tal Lidina se imaginaba tener los ojos azules, cuando en realidad los tenía verdes, y otras bobadas por el estilo. ‘¡Qué diferencia tan grande hay entre el gentilhombre y Trésor!’, pensé para mí. Ante todo, el gentilhombre tiene una cara ancha y completamente chata, con unas patillas alrededor, como si se las hubiera atado con un pañuelo negro. Trésor, sin embargo, tiene una carita fina y en la frente una pequeña calva blanca. ¡En cuanto al talle de Trésor, ni se le puede equiparar con el de Teplov! ¡Y no hablemos ya de los ojos y de los modales! ¡Jesús, qué diferencia! ¡No sé, ma chère, lo que ha podido hallar en su Teplov y por qué se muestra tan ilusionada!…”
A mí también me parece eso un poco inusual. No puede ser que Teplov la haya fascinado hasta tal punto. Veamos más adelante. “Me parece que, si le agrada este gentilhombre, le ha de gustar también ese empleado que está en el despacho de papá. ¡Ay ma chère, si vieras qué feo es! Se asemeja a una tortuga vestida con un saco… “¿Quién será este burócrata?… Tiene un apellido rarísimo. Siempre está sentado afilando las plumas. Su pelo es como el forraje y papá lo manda siempre en lugar del mozo…”
Me parece que esta perra maldita hace insinuaciones sobre mí. ¡Pero qué voy a tener yo el pelo como el heno! “Sofía no puede evitar reírse cada vez que lo ve…”
¡Mientes, perra maldita! ¡Se habrá visto qué lengua de víbora! ¡Como si yo no supiera que todo ello es pura envidia! Acaso se imagina que ignoro que son cosas del jefe de sección. Ya sé que me tiene un odio feroz y que hace cuanto está en sus manos para molestarme. Pero voy a mirar otra misiva. Puede que encuentre allí la clave de todo. “Mi querida Fidele, perdóname por no haberte redactado en tanto tiempo, pero es que estaba completamente cautivada. Ha dicho un escritor que el amor es una segunda vida, y esto es muy exacto. Además, en casa han sucedido grandes modificaciones. El gentilhombre viene ahora todos los días, y Sofía está perdidamente enamorada de él. Papá está muy satisfecho. Hasta le oí decir a Gregorio, que es el que nos barre el piso y que casi siempre habla consigo mismo solo, que pronto habrá nupcias, porque papá quiere casar a Sofía, o con un general, o con un gentilhombre de Cámara, o con un coronel…”
¡Qué demonios! No puedo seguir leyendo… Todo lo mejor ha de ser siempre, o para un gentilhombre de Cámara o para un general. ¡Parece que has encontrado un pobre tesoro y crees que podrás conseguirlo, pero te lo arrebata un general o un gentilhombre de Cámara! ¡Qué demonios! Quisiera ser general, no para obtener su mano y las demás cosas, sino para ver con qué atención iban a tratarme y cuántos respetos me dedicarían. Después podría decirles en pleno rostro que me importaban un bledo.
¡Demonios, qué pena! Rompí en mil trozos las cartas de la estúpida perra.
3 de noviembre No puede ser. Es falso. ¡La boda no se efectuará! ¡Qué más da que sea un gentilhombre de Cámara! Esto no es más que un cargo de honor, no es ninguna cosa tangible que se pueda tomar con las manos. Por ser él un gentilhombre de Cámara no le va a salir otro ojo en la frente ni va a tener una nariz de oro, sino que la tiene igual que yo y que todos los demás seres; pero no come ni tose con ella, sino que huele y estornuda como todos. Ya en diversas ocasiones quise investigar de dónde provenían semejantes distinciones. ¿Por qué he de ser yo un consejero titular y con qué motivo? Puede que yo sea algún conde o algún general, y que sólo así paso por un consejero titular. Quizás ignore yo mismo quién soy. ¡Cuántos ejemplos hay en la crónica! Se ha dado el caso de que un sencillo lugareño, no digamos ya un noble, o un vulgar aldeano de repente descubre que es todo un personaje e incluso, a veces, un monarca. ¡Y si un sencillo mujik llega a estas alturas, qué será entonces de un noble! Si, por ejemplo, de repente entrase yo vestido con el uniforme de general, portando una charretera en el hombro derecho y otra en el izquierdo, y con una cinta azul en el pecho, ¿qué sucedería entonces? ¿Qué diría mi hermosa musa? ¿Se opondría su papá, nuestro director? ¡Oh! Él es muy arrogante. Es un masón, no cabe duda de que es masón, aunque aparente ser tan pronto una cosa como otra. Pero yo en seguida me di cuenta de que era masón, y si le tiende la mano a uno, sólo le da los dos dedos. ¿Acaso no puedo ser nombrado ahora mismo general, gobernador o intendente, o recibir cualquier cargo relevante? ¿Me gustaría saber por qué soy consejero titular? ¿Sí, por qué he de ser precisamente consejero titular?
5 de diciembre Hoy estuve toda la mañana leyendo diarios. ¡Qué cosas tan raras suceden en España! ¡Hasta me fue imposible entenderlo del todo! Se dice que el trono se halla libre y que los altos dignatarios están en una situación muy difícil respecto a la elección del sucesor, y que de allí proviene la indignación general. Esto me parece sumamente insólito. ¿Cómo puede estar el trono vacante? Dicen también que cierta doña ha de subir al trono. Pero una doña no puede subir al trono, eso es imposible, pues el trono debe ser ocupado por un rey. Pero dicen que no hay soberano, mas es inadmisible que no haya un rey. Un Estado no puede estar sin un rey. Este debe de existir, pero seguramente está de incógnito. A lo mejor, se encuentra allí mismo; pero por razones de índole privada o por temor a las potencias vecinas, como Francia y los demás países, se ve obligado a ocultarse. También puede ser por otros motivos.
8 de diciembre Ya estaba dispuesto a ir a la oficina, pero me detuvieron diferentes motivos y en particular mis meditaciones. No puedo dejar de pensar en los asuntos de España. ¿Cómo puede ser que una doña sea reina? No lo permitirían. Inglaterra, sobre todo, no lo permitiría, y, además, los asuntos políticos de toda Europa. También se opondrán a ello el emperador de Austria y nuestro zar… Confieso que estos acontecimientos actuaron con tanta fuerza sobre mí, que fui incapaz de realizar nada durante todo el día. Marva me hizo notar que durante la comida estuve muy alterado. En efecto, al parecer, dejé caer dos platos al suelo, que se hicieron pedazos; tan distraído me hallaba. Después de comer, salí; pero no pude sacar nada en limpio. Después, estuve la mayor parte del tiempo tumbado en la cama, reflexionando sobre los asuntos de España.
Año 2000, 43 de abril ¡Hoy es un gran día! ¡En España hay un rey! ¡Por fin ha sido localizado! Y este rey soy yo. Reconozco que al parecer me ha iluminado un centella. No comprendo cómo pude pensar e imaginarme que era un consejero titular. ¿Cómo pudo ocurrírseme una idea tan demente? Menos mal que entonces no se le antojó a nadie encerrarme en una casa de locos. Ahora me ha sido revelado todo, ahora lo veo todo con nitidez. Antes no comprendía, antes diríase que todo lo que observaba estaba sumido en la bruma. Todo esto sucede, creo yo, porque la gente se imagina que el cerebro de una persona está en su cabeza; pero no es así, es el viento quien lo trae del mar Caspio. Primero declaré a Marva quién era yo. Al enterarse de que se hallaba ante el rey de España, alzó los brazos al cielo y por poco se muere del pavor. Ella es tonta y jamás habrá visto al rey de España. Sin embargo, procuré tranquilizarla y le aseguré con palabras clementes que estaba lleno de bondad para con ella y que no le guardaba rencor por haberme limpiado mal los zapatos algunas veces. Hace falta tener en cuenta que la pobre forma parte del vulgo y que no se le puede hablar de temas elevados. Se asustó porque está convencida de que todos los reyes de España son como Felipe II. Pero yo le expliqué que entre Felipe II y yo no había el menor parecido, y que yo no tenía capuchinos. No fui a la oficina. ¡Que se vaya al diablo! ¡No, ya no me atraparán más, amigos! ¡Se acabó, ya no copiaré más sus odiosos legajos!
86 de martubre. Entre el día y la noche. Hoy vino a verme el ejecutor con el propósito de que fuera a la oficina, pues hacía más de tres semanas que no asomaba por allí. Yo fui a la oficina por pura burla. El jefe de sección pensaba seguramente que yo iba a saludarlo y pedirle disculpas; pero yo sólo le eché una mirada apática, que no era ni demasiado airada ni demasiado familiar o benévola. Miré a todos esos granujas que estaban en la cancillería, y pensé: “¿Qué pasaría si supieran quién está entre ustedes?…” ¡Dios mío! ¡Qué alboroto se armaría! El jefe de la sección en persona vendría a saludarme, haciéndome una profunda reverencia, igual que hace ahora con nuestro director. Pusieron delante de mí unos documentos para que hiciera un extracto de ellos. Pero yo ni siquiera moví un dedo. Unos cuantos minutos después todos se hallaban sumamente nerviosos; al parecer, iba a venir el director. Muchos empleados se lanzarían a su encuentro. Pero yo no me moví de mi sitio. Cuando el director pasó por nuestra sección, todos se abrocharon el frac; mas yo no hice nada. ¡Venía el director! Bueno, ¿y qué? ¡Jamás iba a ponerme de pie delante de él! ¡Qué era un director! (¡Era un tapón y no un director! Un tapón de lo más corriente y nada más.) Uno de esos corchos con los que se tapan las botellas. Lo que más me hizo gracia fue cuando me trajeron un documento para que lo rubricase. Ellos se figuraban que iba a firmar humildemente en el bajo de la página, pero yo escribí en el sitio principal, allí donde firma el director, Fernando VIII. Hacía falta ver qué silencio tan solemne reinó en la sala. Yo sólo hice un gesto con la mano y dije: “No son necesarios juramentos de lealtad”. Después de lo cual salí. Me fui directamente al piso del director, que no estaba en casa. El criado no quería dejarme pasar; pero yo le dije unas cuantas palabras, y su efecto fue tal, que se quedó petrificado con los brazos caídos. Me dirigí sin dudar al despacho. La hallé sentada ante el cristal. Al entrar yo, dio un brinco atrás. Yo, sin embargo, no le dije que era el rey de España; sólo le declaré que le esperaba una dicha tal, que ni siquiera podía imaginársela, y que, a pesar de todas las conjuras de nuestros enemigos, estaríamos juntos. No quise decirle más, y salí. ¡Oh, qué ser más traicionero es la mujer! Sólo ahora he comprendido lo que son las féminas. Hasta ahora nadie sabía de quién estaba prendada la mujer. Yo fui el primero en descubrirlo. La mujer está enamorada del demonio. Sí, y esto no es ninguna broma. Los fisiólogos escriben necedades acerca de ella; pero ella sólo ama al diablo. Mire, desde el palco pasea sus anteojos. ¿Cree usted que mira a ese señor obeso con una medalla? Nada de eso, mira al demonio que tiene detrás de su espalda. ¡Mírele, se ha ocultado en la condecoración! ¡Mire ahora cómo le hace señas con el dedo! Y ella se casará con él.
Sí, se casará. Y todos esos burócratas padres de familia, todos esos que se infiltran en todos los sitios procurando introducirse en la Corte, y dicen que son patriotas y esto y aquello, todos esos patriotas no aspiran más que a conseguir rentas. Serían, por dinero, capaces de traicionar a su madre, a su padre e incluso a Dios.
Todo esto no es más que vanidad, y eso se explica, porque debajo de la lengua hay una pequeña ampolla, y dentro de ella, un gusano del tamaño de un alfiler, y todo esto lo hace cierto peluquero que vive en la calle Gorojovaia. No me acuerdo cómo se llama; pero todo el mundo sabe que quiere predicar el mahometismo por el mundo entero, junto con una partera. Por eso dicen que en Francia la mayoría de las personas se convierten al islam.
Cierta fecha. Un día sin fecha Me paseé de incógnito por el Nevski. Pasó el coche del zar, y toda la gente se quitó el sombrero; yo también lo hice y me comporté como si no fuera monarca de España. Encontré poco oportuno descubrir mi identidad, así, delante de todos. Ante todo, he de presentarme en la Corte. Lo único que me retiene hasta ahora es que no tengo ningún vestuario de rey. Si por lo menos pudiera conseguir algún manto… Pensé encargárselo al sastre; pero esta gente es tan lerda, y, además, no cuidan de su labor desde que se han dedicado a los asuntos, y se están la mayoría del tiempo en la calle. Decidí fabricar el manto de mi nuevo uniforme de gala, que sólo me puse dos veces; pero temiendo que estos pillos fueran a arruinármelo, resolví hacerlo yo mismo. Cerré la puerta de mi habitación para que nadie me viera, y emprendí la tarea. Lo desarmé todo con ayuda de las tijeras, pues su corte ha de ser totalmente distinto.
No recuerdo la fecha ni el mes. El diablo sabrá qué mes era. El manto ya está terminado. Marva dio un alarido cuando me lo vio puesto. Sin embargo, no me atrevo aún a presentarme en la Corte. Hasta ahora no ha llegado la comisión de España. Y sin la legación resultaría incorrecto. Rebajaría con ello mi honor. La estoy aguardando a cada momento.
Día 1º Me extraña que los delegados tarden tanto. ¿Qué motivos pudieron demorarlos? ¿Acaso Francia? Sí, es el reino más hostil a todo. Fui a Correos para informarme de si habían llegado los diputados españoles. Pero el empleado de allí es completamente bruto y no sabe nada. Sólo me dijo: “No; aquí no hay ningún diputado español; pero si quiere mandar una carta, puede hacerlo y nosotros la registraremos según la tarifa señalada”. ¡Voto a mil diablos! ¡Quién habla de misivas! Eso son pequeñeces. Las cartas sólo las redactan los boticarios…
Madrid, 30 de febrero Y heme aquí en España. Esto ha sucedido con tanta celeridad, que apenas si puedo volver de mi sorpresa. Esta mañana se presentaron en casa los emisarios españoles, y yo me fui con ellos en una carroza. Me asombró la extraordinaria velocidad del viaje, íbamos con tanta rapidez, que en menos de media hora llegamos a la frontera de España. Claro está que ahora en toda Europa los caminos de hierro fundido son muy buenos y el servicio de naves está muy organizado. ¡Qué nación tan extraña es España! Al entrar en la primera estancia, vi a muchas personas con el pelo cortado al cero, y en seguida me imaginé que debían de ser dominicos o capuchinos, pues tienen el hábito de afeitarse la coronilla. El comportamiento del canciller de Estado conmigo me pareció de lo más inusual: me tomó de la mano y me condujo a un cuarto, a cuyo interior me empujó, diciéndome: -Quédate aquí. Y si insistes en pasar por el rey Fernando, ya te quitaré yo las ganas de seguir haciéndolo.
Pero yo sabía que esto no era más que una evaluación, y protesté enérgicamente, lo que me valió por parte del canciller dos azotes en la espalda. Fueron tan agudos, que me faltó poco para clamar; pero me contuve al pensar que esto era sólo una práctica caballeresca que siempre tenía lugar en los grandes eventos, ya que en España se conservaban aún las tradiciones heroicas. Al quedarme solo decidí ocuparme de los asuntos de Estado. Descubrí que la China y España eran el mismo país, y que sólo por desconocimiento se consideran como estados distintos. Aconsejo a todo el mundo que escriba en un papel la palabra España, y verá como sale China.
Pero me está disgustando sumamente un suceso que tendrá lugar mañana. Mañana, a las siete, se producirá un fenómeno pavoroso. La Tierra va a posarse sobre la Luna. Acerca de esto ha redactado el célebre químico inglés Wellington. Confieso que sentí cómo mi corazón empezaba a palpitar de zozobra al pensar en la delicadeza y falta de solidez de la Luna. Todos sabemos que la Luna se fabrica generalmente en Hamburgo, y, además, muy mal. Me sorprende cómo Inglaterra no presta atención a ello. La fabrica un tonelero lisiado, y es evidente que el muy necio no tiene el menor conocimiento de la Luna. Ha puesto una cuerda de betún y el resto es de aceite de madera, y por eso huele tan mal por toda la Tierra, de tal forma que tiene uno que taparse las fosas nasales. Pero la Luna es un globo tan frágil, que es imposible que la gente resida allí, y ahora sólo habitan las narices. Ésta es la razón por la cual no podemos ver nuestras narices, ya que todas están en la Luna. Al pensar que la Tierra, materia pesada y potente, iba a posarse sobre la Luna, y al imaginarme el suplicio que sufrirían nuestras narices, se apoderó de mí una inquietud tal, que me puse los calcetines y me calcé en el acto para correr a la sala del Consejo de Estado y dar instrucciones, con el fin de que la policía no permitiese a la Tierra sentarse sobre la Luna. Los numerosos capuchinos que hallé en la sala del Consejo de Estado eran personas muy lúcidas, y cuando les dije: “Caballeros, salvemos a la Luna, porque la Tierra quiere posarse encima de ella”, todos en el acto se lanzaron para cumplir mi real deseo. Algunos escalaron por las paredes con el fin de alcanzar la Luna; pero en aquel momento entró el gran canciller. Al verle, todos echaron a correr y yo, como rey, me quedé solo. Pero, con gran asombro por mi parte, me golpeó con un bastón y me echó a mi cuarto. Tal es el poder de las costumbres sociales y tradicionales en España.
Enero del mismo año, que tuvo lugar después de febrero Hasta ahora no puedo entender qué país tan raro es España. Las costumbres populares y el protocolo de la Corte son completamente extraordinarios. No comprendo, decididamente no comprendo nada. Hoy me han rapado la cabeza, a pesar de que grité como un condenado, diciendo que no quería ser un clérigo. Pero ya soy incapaz de recordar lo que me pasó cuando empezaron a verterme agua gélida sobre la cabeza. ¡Jamás experimenté un calvario semejante! Estaba a punto de volverme furioso, y apenas pudieron sujetarme. No comprendo el significado de esta extraña práctica. ¡Es una costumbre necia, disparatada! Me niego a comprender la estupidez de los reyes, que hasta ahora no han sabido deshacerse de estas tradiciones. A juzgar por todo, me imagino que habré caído en manos de la Inquisición, y seguramente aquel a quien tomé por el canciller no es más que el gran inquisidor. Pero lo único que aún no logro entender es cómo un rey puede someterse a la Inquisición. Claro que de esto pueden tener la culpa Francia y Polignac. ¡Ah, este Polignac! ¡Qué animal! ¡Juró enfrentarse a mí hasta la muerte! Y por eso me hostigan todo el tiempo; pero ya sé, amigo mío, que obras bajo la influencia de Inglaterra. Los ingleses son unos grandes estrategas que siempre se cuelan en todos los sitios. Y sabe el mundo entero que cuando Inglaterra aspira rapé, Francia estornuda.
Día 25 Hoy el gran inquisidor vino a mi estancia. Pero yo, en cuanto oí sus pasos desde lejos, me oculté debajo de la silla. Él, al ver que no estaba empezó a llamarme. Al principio exclamó: -¡Poprischew!
Yo permanecí callado. Después dijo: -¡Aksanti Ivanovich, consejero titular, noble!
Pero yo permanecía silencioso. -¡Fernando VIII, rey de España!
Yo quise asomar la cabeza, pero pensé: “No, amigo, ya no me timas. Otra vez me vas a echar agua fría sobre la cabeza”. Pero debió de verme, y me hizo salir con su vara de debajo de la silla. ¡Qué daño hace ese maldito palo! Sin embargo, fui recompensado de todo con el hallazgo que hice hoy. Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de las plumas. Pero el gran inquisidor se fue muy molesto, amenazándome con terribles castigos. Yo no hice caso de su ira inútil, ya que actúa sólo como una máquina, como un instrumento en mano de los británicos.
Día 34 de febrero de 343 ¡No, ya no tengo fuerzas para resistir más! ¡Dios mío!, ¿qué es lo que están haciendo conmigo? Me arrojan agua sobre la cabeza. No me hacen caso, no me miran ni me escuchan. ¿Qué les he hecho yo, Señor? ¿Por qué me martirizan? ¿Qué es lo que aguardan de mí? ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué les puedo entregar yo? Yo no tengo nada. No tengo energías, no puedo soportar más todos los tormentos que me infligen. Tengo la cabeza ardiendo, y todo gira en torno mío. ¡Sálvenme, llévenme de aquí! ¡Que me den una troika con caballos rápidos! ¡Siéntate, auriga, para llevarme lejos de este mundo! ¡Más lejos, más lejos, para que no se perciba nada!… ¡Cómo ondea el firmamento delante de mí! A lo lejos brillaba una estrella, el bosque de árboles oscuros desfila ante mis ojos, y por encima de él asoma la luna nueva. Bajo mis pies se extiende una bruma azul oscura; oigo una cuerda que resuena en la niebla; de un lado está el mar, y del otro, Italia; allí, a lo lejos, se ven las cabañas rusas. ¿Quizá sea mi hogar la que se vislumbra allá a lo lejos? ¿Es mi madre la que está sentada a la ventana? ¡Madrecita, rescata a tu pobre hijo! ¡Vierte unas cuantas lágrimas sobre su cabeza enferma! ¡Mira cómo lo torturan! ¡Ampara en tu pecho a tu pobre huérfano! En el mundo no hay sitio para él. ¡Lo acosan! ¡Madrecita, ten piedad de tu niño doliente!… ¡Ah! ¿Sabe usted que el bey de Argel tiene una verruga debajo de la nariz?
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