Hay una escena en El jugador de Dostoievski que condensa, en apenas unas páginas, algo que la filosofía lleva siglos intentando articular con tratados enteros. Alekséi Ivánovich se acerca a la mesa de ruleta sabiendo que va a perder, sabiendo que el juego no tiene memoria ni piedad, y aún así apuesta.
No lo hace por dinero, ni siquiera por la emoción del riesgo. Lo hace porque en ese instante, frente a la rueda que gira, siente que su existencia se reduce a algo brutalmente honesto: la pura incertidumbre. Y en esa incertidumbre, paradójicamente, encuentra una forma de libertad.
El azar siempre ha sido mucho más que un concepto matemático. Es una metáfora que atraviesa la literatura, la filosofía y el pensamiento humano desde que tenemos registro escrito. Los griegos lo personificaron en Tyché, los romanos en Fortuna, y ambos entendieron algo que la modernidad tardó en aceptar: que la vida no responde a un guion, que el control es en gran medida una ilusión y que nuestra relación con lo impredecible define buena parte de lo que somos.
Borges, Mallarmé y la tirada de dados
Si hay un autor que convirtió el azar en materia prima literaria, ese es Borges. En La lotería en Babilonia construyó una sociedad donde el azar deja de ser un fenómeno para convertirse en institución: una lotería que empieza repartiendo premios y termina decidiendo absolutamente todo, la vida, la muerte, la riqueza, la ruina, hasta que resulta imposible distinguir lo aleatorio de lo inevitable.
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Me interesa →El cuento funciona como una alegoría inquietante de la condición humana: vivimos inmersos en un sistema cuyas reglas no comprendemos del todo, atribuyendo al mérito lo que quizás es suerte y a la desgracia lo que tal vez es simple estadística.
Medio siglo antes, Mallarmé había lanzado su propia apuesta con Un coup de dés jamais n’abolira le hasard: una tirada de dados jamás abolirá el azar. El poema, revolucionario en su disposición visual y en su ambición filosófica, plantea que el acto creativo, y por extensión, todo acto humano, se ejecuta contra un fondo de incertidumbre irreductible.
Podemos planificar, calcular, prepararnos, pero siempre queda un residuo de azar que ninguna voluntad puede eliminar. La grandeza, sugiere Mallarmé, no está en abolir ese azar, sino en actuar a pesar de él.
El existencialismo y la libertad del dado que cae
Los existencialistas llevaron esta idea a sus últimas consecuencias. Para Sartre, la existencia precede a la esencia, lo que traducido al lenguaje del azar significa algo perturbador: nacemos sin un propósito predeterminado, arrojados a un mundo que no elegimos, en circunstancias que no controlamos.
Somos, en cierto sentido, el resultado de una tirada de dados cósmica. Pero, y aquí está el giro que separa al existencialismo del nihilismo, esa ausencia de guion preescrito es precisamente lo que nos hace libres. Si nada está decidido de antemano, todo está por decidirse.
Camus abordó el mismo territorio desde otro ángulo con su Sísifo. La vida como tarea absurda y repetitiva, carente de sentido trascendente, que sin embargo merece ser vivida con plenitud. Hay algo profundamente lúdico en esa imagen: Sísifo empujando su roca es, a su manera, un jugador que sabe que la partida no tiene final feliz y que aún así decide jugarla con todo lo que tiene.
Lo que el azar nos dice sobre nosotros
La fascinación humana por el azar no se explica solo por la emoción del riesgo o la esperanza de la ganancia. Se explica porque el azar nos confronta con una verdad que preferimos ignorar en la vida cotidiana: que el control absoluto no existe.
Cada decisión que tomamos, por informada y racional que sea, se ejecuta sobre un terreno de variables que no podemos prever en su totalidad. Elegir una carrera, mudarse a otra ciudad, iniciar una relación o simplemente cruzar una calle implica un componente de incertidumbre que ningún cálculo puede eliminar por completo.
En la actualidad, el azar está presente en el entretenimiento digital gracias a plataformas como casino777.es, donde se ofrecen distintos juegos de casino. Es un ejemplo de que el azar está presente en múltiples facetas de la vida, aunque se deben tomar siempre
La literatura entendió esto antes que la ciencia y lo expresó con más belleza que la estadística. Desde las tragedias griegas donde el destino se impone sobre la voluntad humana hasta las novelas contemporáneas donde los personajes navegan un mundo caótico e impredecible, el azar funciona como un espejo que nos devuelve una imagen incómoda pero necesaria: somos criaturas que viven en la incertidumbre y que, precisamente por eso, son capaces de darle sentido a lo que no lo tiene.
Quizás esa sea la mayor enseñanza que la literatura del azar nos deja. No se trata de eliminarlo, dominarlo o temerle. Se trata de habitarlo con la misma honestidad con la que Alekséi Ivánovich se acercaba a la mesa: sabiendo que no controlamos el resultado, pero eligiendo jugar de todos modos.
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