¿Te ha pasado que estar en ciertos espacios, te hace sentir que ingresaste a una dimensión alternativa? Una dimensión en la que todo lo que te rodea es familiar, pero hay algo, sin que sepas qué es, que desencaja y hace sentir extraño a ese entorno. Quizá es la atmósfera, quizá es la disposición del lugar, quizá es la forma en la que el sol filtra sus colores por las ventanas y hacen a su luz menos bebible para la experiencia… quién sabe, la cosa es que hay ciertos espacios que parecen ser dimensiones liminales.
“La liminalidad es un concepto que ha sido explotado por la cultura pop en los últimos años a través del internet y tiene un importante precedente en las creepypastas con los backrooms, que son entornos laberínticos o rizomáticos cuya propiedad más característica es la de ser espacios con elementos o apariencias familiares: Escuelas, oficinas, hospitales, calles, balnearios, etc.
Si no tienes cuidado y te sales de la realidad en las áreas equivocadas terminarás en los Backrooms, donde no hay nada más que el olor a alfombra húmeda, la locura del amarillo monocromático, el interminable zumbido de las luces fluorescentes y aproximadamente seiscientos millones de millas cuadradas segmentadas de manera aleatoria, en las que puedes quedar atrapado. Dios te libre si escuchas algo deambulando por ahí, porque puedes estar seguro de que ya te escuchó”
—Anónimo, 4chan
Lo liminal está integrado a este fenómeno de internet, pero no se limita a él y una definición apropiada para el objetivo de este texto, podría ser que lo liminal es un umbral entre el ser y no ser. En este artículo sostendré que si bien asociamos a la liminalidad con espacios físicos que parecen estar suspendidos en dimensiones alternativas a la nuestra, la liminalidad podría ser un concepto cultural y filosófico perfecto para entender una realidad contemporánea extensiva. Es importante mencionar que el término liminal, si bien es de uso frecuente dentro de ciertos foros culturales, principalmente de internet, no es una palabra reconocida por la Real Academia Española, siendo este, un anglicismo.
Para comenzar a aterrizar mi propuesta, quiero comenzar con un pequeño relato:
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Hace unos días fui a McDonald’s, no acostumbro mucho ir a ese tipo de lugares, solo de vez en cuando. Estando ahí me percaté de que una sensación muy familiar se había apoderado de mí. Claro, naturalmente ir a esos establecimientos, es una regresión a la infancia de alguien que creció en ciudades mordidas por el vampiro del capitalismo, que convierte con su sangría a ciertos fragmentos de las urbes, en versiones tropicalizadas de Estados Unidos, pero lo cierto es que más allá de esa nostalgia de infancia, sobre la que estaré hablando más adelante, estar en ese McDonald’s me hizo sentir que el tiempo se suspendía.
Sentir que el tiempo se suspende en un McDonald’s suena como una incongruencia o como una frase sin pies ni cabeza, ¿Cómo el tiempo se va a detener en un lugar hecho para que el tiempo se acelere a los tiempos de lo hiperproductivo? Es un establecimiento de comida rápida, un templo de vida rápida. Un lugar así, no parece un espacio en el que la contemplación y la pausa del tiempo se propicie, y aun así, ese día así me sentía.
Al estar en ese McDonald’s recordé ciertas sensaciones ya sentidas antes, era una comodidad tibia que se juntaba con un aire de rareza perceptible en el ambiente y cierta melancolía. No importa que hayan reinventado su imagen y la hayan hecho más sobria hace algunos años por ciertas tendencias de consumo, uno sabe que se está en esos establecimientos de comida rápida que reconectan con la infancia: los aromas, los sonidos, la carta, los juegos, las mesas y los juguetes lo delatan. De cierta forma, esas franquicias se volvieron parte de la memoria, real o ficticia, que se tiene de tiempos mejores. La melancolía sentida hacia un espacio de mero consumismo y de comida chatarra, se hace, de cierta forma, resistencia, pues esa melancolía, tiene un dejo de tristeza, y la tristeza es un estado del ser no compatible con la idea de felicidad rápida y empaquetada que estos establecimientos profesan, pues la tristeza suspende al tiempo, desacelera al ser y lo pausa de su consumismo y productividad.
¿Por qué sentimos que el tiempo se detiene en estos lugares? No es tan sencillo como decir “Es que el tiempo no pasó por esos espacios”, porque claro que lo hizo, basta con ver fotografías de una misma calle hace veinte años para entender toda la vida que le pasó a un lugar. Entonces, la explicación no puede venir de la inmutabilidad. Creo que la explicación viene más de un significado con el que cargamos esos espacios y con el estado mental al que estos lugares nos inducen.
¿Te has preguntado cuándo fue el último día en que dejaste de ir a algunos lugares como niño y los comenzaste a frecuentar como adulto? En definitiva, eso pasó en algún punto de la vida, algunos lo recordarán, personalmente yo no y es en esos momentos que uno se percata de que las etapas del crecimiento son una estafa, pocas son las ocasiones en que se puede señalar “aquí terminó mi infancia e inició mi adolescencia, y aquí terminó mi adolescencia y comenzó mi adultez”; lo que es más, la adolescencia es un concepto creado para designar a un nuevo sector de la población que podía consumir, esto pasó en el siglo XX, antes de esto, se pasaba de la infancia a la adultez directamente, por necesidad, pues para un importante grueso poblacional, no había tiempo de sobra como para no formar parte de las fuerzas productivas globales.
Las etapas del crecimiento son categorías que facilitan el entendimiento de la vida, de los mecanismos de consumo, de las modas, de la diferenciación del electorado y muchas otras cosas. Pero al visualizar la vida propia, nos vamos a encontrar con que estas etapas, se entrecruzan en muchos momentos de la existencia y nos percatamos de que hay comportamientos y situaciones vivenciales que no tienen correspondencia con ninguna de las etapas oficiales; la vida está llena de espacios liminales no considerados por la arqueología social del discurso hegemónico. La liminalidad, se comienza a vislumbrar, se encuentra desde lo discursivo y desde nuestra experiencia personal, no en el espacio en sí.
En una ocasión un profesor explicaba que existen ciertos espacios en las ciudades que nos hacen reconectarnos, de forma inconsciente, con etapas prenatales, en las que estábamos dentro del útero materno. Esta aseveración, en resonancia con el psicoanálisis, se explicaba por el hecho de que la disposición de espacios, como por ejemplo en los supermercados, nos hacía sentir seguros, cálidos y nutridos; un entorno cerrado, aséptico, rebosante de alimento y bebida, con voces etéreas que vienen filtradas por los micrófonos y que arriban a los oídos desde ubicaciones indeterminadas.
Bajo este supuesto, me aventuro a decir que las ciudades están saturadas de espacios que nos invitan a reconectar no solo con etapas prenatales, sino con muchas otras, nuevamente, etapas formativas y oficiales. Todo esto lo traigo a consideración por el hecho de que McDonald´s invita a reconectar con una etapa particular de vida, verdadera o inventada: la infancia.
Para responder la pregunta que hice antes, ¿Por qué sentimos que el tiempo se detiene en esos lugares de comida rápida? Creo que parte de la respuesta viene del hecho de que en espacios de infancia, el cuerpo recuerda y entra en conflicto con el presente. El establecimiento no está fuera de lugar ni del tiempo, quienes estamos fuera de lugar y de nuestro tiempo, somos nosotros. Si la parálisis del sueño es tener al cerebro despierto y al cuerpo dormido, revisitar esos espacios es como adormecer al presente y despertar al recuerdo.
Este mismo fenómeno de consciencia liminal, no es exclusivo de franquicias y también se puede percibir en otros espacios. Un ejemplo que propongo es el del colegio. Si eres adulto y has visitado después de muchos años tu escuela de adolescencia o infancia, seguro te has encontrado a ti mismo en un lugar familiar que, sorpresivamente, ya no reconoces del todo, pero antes de profundizar sobre este espacio, me gustaría agregar algunas observaciones que otras personas han hecho con relación a la escuela.
Una escuela, -de acuerdo a Althusser, filósofo marxista y estructuralista-, es un aparato ideológico en donde los alumnos, como criaturas mansas, son dispuestos en el cuerpo social para ser llenados de conocimientos, dogmas y conductas que favorecen al sistema para, después, pasar a formar parte del mismo con un trabajo o actividad simbólica.
Foucault, ese fantasma que se sigue paseando por los pasillos de las facultades universitarias, veía a la escuela como un dispositivo disciplinario y de ortopedia social: quitar todo lo inservible, corregir lo desviado, fortalecer lo beneficioso.
Tanto Althusser como Foucault percibían al colegio como una institución social de adoctrinamiento y vigilancia; guardando mi distancia con estos grandes pensadores, considero que ninguno pensó en el colegio como un rizoma narrativo, si se entiende a la escuela también como narrativa, encontramos un escape al asfixiante aparato educativo del que hablaban los franceses.
¿Cuántas experiencias fuera del marco institucional no se tienen un colegio? En ocasiones, el conocimiento obtenido en un espacio educativo viene más de las relaciones de amistad, noviazgo o de acoso, que de lo enseñado oficialmente en las carátulas curriculares. No es que el sistema no esté inserto en todas estas relaciones, al final, estas relaciones forman parte del sistema mismo, pero en estas historias, hay fragmentos a donde el sistema no llega; ahí donde una relación de amor, de odio o de amistad se vuelve auténtica y profunda, el sistema se hace inoperante y de esa forma, esos espacios ideológicos y disciplinarios, se hacen espacios vivenciales y narrativos.
Los colegios son entornos que sintetizan, de forma muy particular, la disciplina sistémica y la rebeldía más revolucionaria, este contexto se hace génesis de toda clase de narrativas vivas y memoria. Una época tan acelerada como la nuestra, convierte a toda memoria en un anhelo y amuleto de pausa, de ahí que vivamos en la era de la melancolía, siempre en el recuerdo de tiempos mejores, el pastiche, vendría a ser un término muy adecuado para lo contemporáneo, pues sentimos melancolía por tiempos pasados reales, idealizados o inventados.
Los colegios son repositorios de recuerdos en los que descansan memorias de una juventud ya perdida, que nos hace sentir melancolía y añoranza por recuperar una etapa idealizada por un presente acelerado que se siente incompleto, la añoranza es el anhelo de recuperar la sensación de totalidad. Los recuerdos de esta juventud están cargados de las narrativas y ficciones que con el paso de tiempo nos hacemos de ella y al hacer esto, nos contamos una historia de esa época mitificada, creando así un mito de adolescencia dorada.
Revisitar nuestros colegios de juventud tras largos años de exilio, se siente como caminar en un sueño familiar, pero extraño, los cambios son siempre evidentes: edificios destruidos y otros nuevos, pizarrones cambiados, bancas distintas, uniformes modernos, colores que no recordabas, pero la sensación de extrañamiento no se explica solo por los cambios físicos, eso es algo que ya se anticipaba. La gran pregunta que queda es ¿dónde está el colegio del que salí?, la añoranza por la reintegración a la totalidad idealizada del pasado, queda irresoluble.
Al volver a caminar nuestros colegios de juventud, es inevitable pensar que algo ya se perdió en ellos, la idea de que al revisitar estos espacios algo dentro de nosotros sería suturado, se ve muy pronto oscurecida por el hecho de que la herida solo se abre más. No hay un cierre o reintegración, percibir que el espacio escolar está enrarecido, una vez más, tiene que ver con el estado de consciencia al que nos induce volver a caminar al colegio, que al espacio en sí mismo.
Revisitar los espacios que nos vieron crecer y que dejamos atrás, es desencantarse de ellos, casi como cuando en los cuentos de hadas, uno, por accidente, abandona ese espacio ideal y onírico para regresar a la realidad. La escuela vendría a ser ese mundo fantástico que nos reconecta con la adolescencia, volver a ella una vez que fuimos exiliados de ese espacio y tiempo escolar, es volver a un mundo y encontrarlo en ruinas, para caminar una especie de no espacio, suspendido en un no tiempo.
En esencia, el colegio que se revisita años después de dejarse, es terminar, por unos momentos, con un hechizo que la memoria crea para recordar ciertas cosas como felices y perfectas, ese hechizo que se termina deja al ser melancólico, volver a habitar esos lugares muchos años después de haber salido de ellos, crea una tensión entre el recuerdo idílico y el espacio en ruinas.
La melancolía podría ser uno de los vehículos hacia la liminalidad. Hasta este punto, la propuesta es que esa sensación de irrumpir en espacios que parecen ser parte de dimensiones alternativas, tiene una relación directa con nuestro estado de consciencia, un estado que es inducido a un cierto tipo de experiencia interpretativa del entorno. Pensar en estados liminales, es pensar en memorias desconectadas de lo real y mediar esa ruptura a través de la melancolía.
Pero lo liminal, no se agota en la experiencia subjetiva y se construye desde lo cultural y simbólico. Es importante considerar que hay todo un sistema material y simbólico que nos hace pensar en la realidad contemporánea como algo indeterminado. Piensa por un momento en los discursos identitarios, políticos, culturales y económicos, en ellos hay una constante que pasa a ser lo normativo: las cosas son y no son al mismo tiempo, las cosas podrían o no podrían pasar al mismo tiempo, sobre esa línea liminal, es que conducimos nuestras vidas y decisiones.
Habitamos una especie de realidad de Schrödinger; aquello que en el pasado daba estabilidad, identidad y seguridad, llámese estado, empleo, instituciones, nación, etc., hoy se encuentra en franca erosión sistémica, existe una crisis de legitimidad en las instituciones que es explotada por políticos de lo liminal, Donald Trump es el ejemplo perfecto de ello con su discurso ambivalente y volátil, siempre en un estado de indeterminación que mantiene al público emocionado y a la expectativa por la resolución, que la mayor parte de las ocasiones, no llega.
La crisis de legitimidad institucional va desde lo macro, a lo micro. El sistema internacional ha perdido credibilidad después de lo permitido en Gaza, esa permisividad, no solo fue reflejo de que todo lo que viniera después, sin importar lo gore (simbólica y físicamente) que fuese, sería legítimo, también en Gaza se le da una estocada mortal al derecho internacional y anuncia el inicio del derrumbamiento del mito de la gobernanza mundial.
Se debe tener claridad en que cualquier sistema imperante nace de la violencia y de la imperfección, como tales, tienen fecha de caducidad, la eternidad de las instituciones es un mito narrativo, más no una realidad. El mito puede sostener discursivamente a lo real por un tiempo indeterminado, la clave es que ese discurso debe de estar acompañado de una praxis material y evitar que el discurso en sí se transforme en lo real, sin profundidad y reflejo en lo material, siguiendo la lógica de Baudrillard, estaríamos hablando de una realidad hiperreal que se construye solo a través de narrativas discursivas que mitifican sistemas.
Sin embargo, en esta realidad liminal de la que hablo, la erosión al sistema no procede de un entramado discursivo que no tiene ningún reflejo en lo material/real, sino que la realidad liminal que habitamos, es una que se ha quedado en silencio, sin discursos que den apariencia de sostener al sistema. El mito del liberalismo político se nos manifiesta derrumbado, sin sostén discursivo, en ruinas, como el poder avejentado, irónico y derrumbado, del faraón Ozymandias.
“Conocí a un viajero de una tierra antigua quien dijo: «dos enormes piernas pétreas, sin su tronco se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena, semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño y mueca en la boca, y desdén de frío dominio, cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos, a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palabras: “Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!”
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas»”
Percy Bysshe Shelley
Somos espectadores de un mundo en el que cada líder defiende su parcela territorial; no obstante, las palabras que de sus manifestaciones políticas salen, no tienen un trasfondo simbólico ni real, actualmente, en la época de la censura, hiperaceleración, fluidez cultural y de lo mediático, no existe una estructura que ofrezca una plataforma para sostener y erigir un sistema simbólico y legal, al final de todo, apelar a ello resulta en una hipocresía ilegítima, pues desde el sistema se permitió el desmantelamiento institucional y del Estado de derecho. Tenemos ante nosotros, un retorno a lo primitivo desde tecnologías del lenguaje y materiales modernas; una vez más, la realidad nos transporta a una dimensión liminal en la que aquello que impera, es ser y no ser al mismo tiempo, una situación que va en resonancia con el arribo cultural del fenómeno cuántico.
Cuando desde un discurso político, se apela a un evento pasado, a una teoría idealista, a un momento pretérito dorado -al igual que transitar estados liminales cuando se ingresa a franquicias de comida rápida o a colegios de juventud-, ese discurso desesperado y político, camina entre ruinas y nos arranca, culturalmente, hacia una experiencia liminal.
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