Cuando EEUU invadió Venezuela y secuestró a Maduro, una de las hipótesis del futuro inmediato del país caribeño era la guerra civil. Si miramos lo que sucede en EEUU, resulta evidente que hay más posibilidades de que esto suceda en el imperio del norte. La revuelta de Trump contra los retazos del orden mundial de posguerra y los derechos humanos, parece chocar con una creciente resistencia interna que amenaza en transformarse en una crisis pre bélica.
Sin máscaras
La agresión militar de EEUU contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro son el corolario de una serie de violaciones flagrantes al derecho internacional público por parte de la principal potencia mundial junto a sus protectorados y estados-títere.
En las primeras horas, parte de las clases civilizadas globales, dejaron pasar -incluso aplaudieron- la captura del “dictador”, “tirano”, “narcoterrorista”. Falacias y sofismas.
Porque la naturaleza del régimen político o la forma en que un gobernante ejerce el poder dentro de un Estado, desde Westfalia hasta aquí, no cambia los principios de derecho internacional y debe resolverse sin injerencia exterior -mucho menos militar- de otros estados.
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Me interesa →Pocos días después de los bombardeos sobre Caracas, la amenaza imperialista se trasladó a Europa y los líderes del viejo mundo comenzaron a ver que su Big Brother, esa ex colonia británica, los trataba como indigentes subsidiados por un walfare geopolítico que el proletariado, la burguesía y la oligarquía norteamericanas no quiere seguir pagando.
Se alzaron, entonces, voces tan indignadas como impotentes. Desde París, cuna de la república demoliberal y su división de poderes, Macrón cacarea con anteojos de sol. Uno de los responsables de la prolongación innecesaria de la guerra ruso-ucraniana y el patético rearme de Europa, intenta ser un actor internacional antiimperialista.
Olvida Argelia, olvida Madagascar, olvida Camerún. Nunca pagaron esos millones, sí, millones de muertos. Olvida los instructores franceses de los torturadores latinoamericanos. Qué fácil se olvida. Con todo, semejante bla-bla está reducido a la más absoluta irrelevancia y nadie va a convidar a la Unión Europea a la nueva Yalta.
Desde luego, en muchas ocasiones, sobre todo a partir del 11-S, hubo incontables violaciones al derecho humanitario. En efecto, situaciones bastante más graves que ésta, por la escala de las masacres perpetradas y la devastación producida, donde las potencias occidentales -que debían custodiar el órden jurídico de posguerra- no respetaron ni el ius ad bellum ni el ius in bellum, es decir, las condiciones bajo las cuales un Estado puede recurrir legítimamente al uso de la fuerza armada y las normas que rigen la conducta de los estados ya en guerra.
El genocidio palestino en desarrollo es un ejemplo; la destrucción de Irak bajo la falsa amenaza de armas químicas otro. La devastación de Afganistán y la caotización Siria, donde finalmente los “terroristas islámicos” -el líder talibán Akhundzada, el jefe Al-Qaeda al Chahre respectivamente- gobiernan, tal vez afeitados, ahora respetables y aliados de los EEUU, son casos evidentes de imperialismo militarista.
En todos, además del crimen de la guerra, se verifican crímenes de guerra. Masacres a población civil, aplicación sistemática de torturas, desplazamientos forzados.
Es una verdad de perogrullo que no se le escapa ni al más estúpido observador que el neocolonialismo tiene como único objetivo la captación de recursos naturales o plazas geoestratégicas. El que crea medio segundo las fundamentaciones morales -conservadoras o progresistas- de los intereses imperiales es un verdadero idiota o un cínico mentiroso.
Lo que sí es nuevo es que el hombre fuerte de esta ofensiva neocolonialista prescindió de cualquier excusa moral para explicar sus crímenes. Como veníamos sentenciando en otros artículos, estamos viviendo en un orden mundial gore, sin mediaciones ni hipocresías, dark web desvirtualizada.
El poder descarnado en su expresión explícita. Los apologistas softy del imperialismo norteamericano están atrasados en términos narrativos. Son casi woke. Mientras se desviven por beatificar carniceros, sus líderes están planteando abiertamente que hay una guerra de recursos e influencias en curso. Lo dijo el Papa Francisco cuando se avizoraba: es la tercera guerra mundial en cuotas.
Donald Trump dice las cosas como son: “Drill, drill, drill Venezuela”. Un hotel de lujo en Palestina. La estrella 51 en Groenlandia. La ley de la selva… todo lo que huela a dinero o poder es del apetito del León del Norte en el territorio demacrado por la bestia.
La prepotencia, o mejor dicho, la potencia militar norteamericana se utilizará para la subordinación de todo lo que la administración Trump considere parte de su Lebensraum (espacio vital).
La guerra civil norteamericana
…y sin embargo,
Desde hace tiempo, las imágenes que llegan de Estados Unidos muestran el carácter declinante del imperio. Desde la irrupción de terraplanistas instigados por la ultraderecha en el capitolio, los asuntos internos norteamericanos oscilan entre la tragedia y la comedia.
El reciente asesinato de una mujer norteamericana que protestaba contra el ICE por parte de un agente del Estado es elocuente, no tanto por el hecho en sí, sino por la defensa cerrada de las máximas autoridades del gobierno.
Las redadas del ICE, entre otras acciones de Donald Trump, pasaron de provocar confrontaciones entre agencias estatales y grupos de ciudadanos a convertirse en un factor de extrema tensión entre fuerzas de seguridad federales y estatales.
El despliegue de fuerzas armadas para reprimir protestas sociales -incluyendo los famosos Marines- fue rechazado por el gobernador Gavin Newsom como una invasión. Pritzker, gobernador de Illinois, plantea abiertamente que Trump ha convertido Chicago en una zona de guerra.
Fray, alcalde de Minneapolis, denunció que estaban siendo ocupados por el gobierno federal mientras el Pentágono prepara a 1500 soldados para ingresar en la ciudad. Por su parte, cientos de miles de ciudadanos reclaman a sus gobernadores y alcaldes que las fuerzas locales actúen contra las fuerzas federales.
El riesgo de que dos entidades estatales norteamericanas de distinta jurisdicción pasen de la confrontación político-jurídica a los choques físicos es una posibilidad real que además está prevista e incluso promovida por muchos de los ideólogos de la extrema derecha que inspiran el pensamiento trumpeano.
La idea del “enemigo interno” está plasmada en el National Security Strategy (NSS 2025 y anexos) donde aparece por primera vez la represión al interior de las fronteras norteamericanas como prioridad cívico-militar.
Se describe a los migrantes como invasores y se habla de terrorismo para referirse a la oposición que aplica metodos de acción directa. El asesinato de Charlie Kirk se utiliza para justificar esta hipotesis y arengar a sus partidarios más extremos.
En un país de tradición federal y libre portación de armas, el crecimiento de las tensiones interjurisdiccionales es una anomalía sin precedentes y de máxima peligrosidad. Varias encuestas muestran que más de un 50% de los norteamericanos considera que van camino a una nueva guerra civil. Más que lo que perciben los venezolanos.
La frontera entre las cuestiones policiales y las militares se van difuminando, así como la frontera entre gobiernos locales y federales o entre los propios estados-nación. Es evidente que se avecina un nuevo mundo y las “locuras” de Trump no quedarán en mera retórica. En Argentina, su pequeño monigote sigue los mismos pasos ¿pasarán? En parte, de nosotros depende.
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