La muerte es un cuerpo sin tiempo

¿Qué es la muerte? Es una pregunta con implicaciones profundas que ha acompañado a la humanidad desde la antigüedad. La respuesta que le demos a esta cuestionante no es definitiva, sino un ejercicio narrativo inserto en una cultura y un sentido subjetivo.

La muerte, vista como un problema a resolver, no es algo nuevo; sin embargo, las condiciones postindustriales hacen de este añejo dilema filosófico un problema casi burocrático que se «soluciona» paliativamente a través de la protocolización de la exaltación del exceso mercantil de lo hedónico y la negación de aquello que no brinda placer o satisfacción inmediata. En este sentido, si miramos la muerte como el final de lo productivo y del placer, podemos entender que esta misma aún no está integrada a los circuitos de valor de las sociedades capitalistas y que se le puede mirar como una resistencia natural a la aceleración del mundo.

La consciencia de finitud es una condición de la existencia humana que ha generado un temor ontológico desde milenios atrás, esto lo podemos mirar mejor a través de ciertos mitos de culturas clásicas que transmiten a través de sus narrativas una máxima esencial: la muerte no solo es un momento, sino también una crisis por la que cualquier persona y cultura debe transitar.

Concretamente, me refiero al Poema de Gilgamesh escrito hace más de cuatro mil años, en el que se nos narra la epopeya de ese héroe mesopotámico, el cual, tras la muerte de su mejor amigo Enkidu, se aterra de su propia mortalidad y se arroja en una aventura para encontrar la forma de vencer a la muerte. Si bien, desde un análisis metatextual podríamos decir que Gilgamesh se hizo inmortal a través de su propio poema que ha sobrevivido a generaciones enteras, lo cierto es que el héroe antiguo no se hace de esa inmortalidad anhelada y debe de resignificar su autoconcepto a través de la figura del legado.

Este poema pone en perspectiva, a mi juicio, dos cuestiones fundamentales que siguen siendo vigentes en la época actual. 

La primera es la referente al sentimiento de temor existencial por el final de la vida, un sentimiento compartido por el género humano. Como en el mito de Gilgamesh, este miedo se hace algo cercano y real cuando miramos en la muerte de otra persona a nuestro propio destino reflejo, pues en definitiva, la muerte es un destino compartido como especie. La segunda cuestión es la que se refiere a la identidad y sobre esto es que hablaré a continuación.

¿La muerte tiene lugar en la formación de una identidad subjetiva? Algo que caracteriza a la especie humana de otros animales es el hecho de que como sujetos, somos capaces de desarrollar una consciencia subjetiva fuerte y diferenciada del resto, sin dejar de pertenecer al grupo. A la identidad la solemos dar por hecho sin detenernos a pensar en los complejos procesos culturales, psicológicos y filosóficos que nos llevaron generacionalmente hasta nuestro nombre propio. No es objetivo de este breve ensayo explorar en torno a cada uno de estos complejos fenómenos, pero sí quiero abordar uno en concreto: La relación entre muerte e identidad personal.

Y para esto, quiero establecer un marco de referencia que tendrá a la muerte como umbral en el horizonte de la vida; cuando comprendemos a la muerte como confín, podemos entender que la construcción de la cultura, de los sujetos y de las identidades están condicionados por los límites epistémicos de la vida; sobre lo que hay después de la muerte poco o nada sabemos desde la razón y en este sentido, el problema filosófico de la muerte, es un problema muy vivo en el que cada aventura filosófica que se anima a racionalizar la consciencia y posibilidad post mortuoria, es un ejercicio que se acerca dramáticamente a la ficción y a la narrativa.

Lo anterior delata que la narrativa es una forma de darle solución a un problema irracional desde un ejercicio racional, aunque este proceder no se acerque a verdad alguna. Los mitos que brindan certezas sobre lo que viene después de la vida son ejemplos de esto. La razón y la lógica de las que se sirve la filosofía son un circuito cerrado en los límites de la vida; más allá de estos, el ser debe servirse del ejercicio de la ficcionalización y de la narración para sostener sus certezas, su sentido y su identidad. Si bien el límite del conocimiento humano es expansivo, sigue siendo límite en sí mismo.

Ahora, volvamos al mito de Gilgamesh, si bien esta historia es anónima, —pues no sabemos quién o quiénes la escribieron como autores diferenciados del resto de la población— sí podemos identificar a nivel textual un personaje o héroe diferenciado del resto de Uruk cuyo viaje se narra como una hazaña personal, lo anterior tiene una implicación grande, pues sugiere que la identidad subjetiva se hace un objetivo a conquistar, a preservar y a sostener. Gilgamesh quizá no temía a la muerte por el hecho de morir en sí, sino por la incertidumbre de si después de la vida seguiría siendo el gran rey Gilgamesh, o no. 

Entendiendo a la muerte como arquitecta y amenaza de la identidad, la muerte no es la gran enemiga de la vida —pues ambas son parte del mismo acontecer fenomenológico—, sino la gran amenaza a la identidad. El drama shakesperiano de Ser o no ser, trasladado a esta conversación, se hace el temor existencial que las personas sienten de frente a la muerte por ser, para eventual e inevitablemente, no ser.

Es por lo anterior que buena parte de la vida del ser diferenciado lleno de identidad personal, se vuelca a alcanzar la inmortalidad por otros medios, es decir, ante la incapacidad orgánica  de mantener su cuerpo vivo para siempre, alcanzar la inmortalidad a través de su obra, su familia, su nombre y su legado. 

Desde la antropología, arqueología y sociología se identifican en la prehistoria dos momentos clave en el proceso cultural humano que delatan que como especie se comenzó a evolucionar de una forma particular, dos momentos que, a mi criterio, tienen una relación orgánica. 

El primero de ellos es el que se refiere al cuidado de los heridos y enfermos en un entorno natural hostil en el que, para otras especies animales, la enfermedad y lesiones significaban una muerte segura; así,  el cuidado de otros es algo que a primera instancia se vería como un sinsentido que vulneraría al grupo, pero que comenzó a mirarse como un elemento fundamental de la supervivencia como especie, de esta forma, el cuidado y la supervivencia se hicieron parte de lo mismo. 

El segundo momento, relacionado con el anterior, es el desarrollo de una práctica cultural sacralizada en la que se le comenzó a dar un final ritualizado a los difuntos y se dispuso de espacios particulares para el entierro de los muertos. Esto, a mi juicio, sería un síntoma, causa, o ambas, de una consciencia tribal de subjetividades en desarrollo, pues no solo se exaltaba el final de un miembro del clan o tribu, sino también el final de una persona diferenciada del resto; un funeral, bajo estos términos, sería la exaltación de la identidad.

Por supuesto, ambos momentos no son fenómenos homologados y paralelos a todas las agrupaciones humanas de la prehistoria, pero su contagio cultural entre comunidades tiene efectos visibles hasta la actualidad.

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Es en este punto que me animo a extender una propuesta filosófica, ¿Y si mirar a la muerte como problema es el verdadero problema?, ¿Qué tienen los muertos que pensar acerca de la muerte? La angustia existencial que genera la consciencia de finitud es mientras uno vive y existe. El ejercicio de especulación filosófica sobre lo que viene después de cruzar el umbral es necesario en tanto somos seres narrativos que exploramos nuestra experiencia existencial a través del relato, pero este mismo ejercicio es inoperativo en tanto filosofía experiencial y comprobante al ser la muerte el final de la razón, del lenguaje, de la identidad y del relato tales como en vida los conocemos y experimentamos.

La razón y la lógica se han instrumentalizado, lo que es decir que la filosofía misma se ha integrado a los circuitos de mercado. Esta acotación la hago con el objetivo de proponer que aquello que consideramos problemático hoy, no necesariamente era problemático en los mismos términos hace siglos o milenios. Los dilemas míticos, existenciales y filosóficos siempre han existido como parte de la estructura cuestionante humana, pero los procesos mentales, anímicos, racionales y espirituales que conducían a “respuestas” son diferenciados entre épocas. La muerte como dilema o problema es una pregunta arquetípica presente desde la antigüedad, pero hoy a este dilema lo abordamos desde estructuras de mercado y productividad. El ser o no ser, se acompaña de las máximas culturales contemporáneas valer o no valer.

Ahora, para este punto, te invito a pensar en eso que siempre acompaña a la muerte: ¿qué es el tiempo?, ¿cómo lo imaginas?, ¿qué estructura tiene? Quizá pienses en el tiempo como una línea recta dividida en presente, pasado y futuro; o quizá pienses en él como un círculo perfecto que ya delataría la existencia de ciclos. ¿Pero qué pasa si imaginas el tiempo como un mapa o territorio? Divide este mapa en tres países. ¿Alguno de estos países existe antes o después que el otro? La respuesta es no: los tres países existen al mismo tiempo.

En este ejercicio, el tiempo es un territorio total en el que ya todo sucede, pero que, dada nuestra dimensionalidad y contingencia, solo podemos experimentar en presente y proyectar nuestra identidad hacia el pasado y el futuro como recuerdo y deseo. De ahí la angustia de conservación identitaria. Sin embargo, dentro de este mapa, es un hecho que ya estamos sucediendo, sucedimos y sucederemos, teniendo dos límites claros en nuestra existencia y proyección: nuestro nacimiento y nuestra muerte, que, en esencia, se refieren a lo mismo: la no existencia.

Entonces, con esta forma total de entender el tiempo como mapa o territorio, la pregunta obligada es la siguiente: ¿por qué le temes a la muerte y la transformas en problema, si es algo que ya conoces y que tu ser ya resolvió?

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José Daniel Arias Torres

José Daniel Arias Torres

Licenciado en Relaciones Internacionales y Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana de Puebla, escritor y creador del espacio digital de análisis
cultural “Bardo Catalepsia”.