En este texto procedente de la obra La izquierda divina: Crónica de los años 1977-1984 (publicada originalmente en 1985), el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard expone una crítica radical a las visiones bienpensantes del progreso social. Lejos de atribuir el dinamismo de una cultura a las virtudes morales o a la racionalidad proyectada por las instituciones, el autor sostiene que son la inmoralidad, el desafío, el juego y el imperio de la simulación mediática los verdaderos catalizadores que impulsan y tensionan la vida colectiva.
No es la moralidad ni el sistema positivo de valores de una sociedad lo que la hace progresar, es su inmoralidad y su vicio.
No es nunca el Bien ni lo Bueno, sea este el ideal y platónico de la moral, o el pragmático y objetivo de la ciencia y de la técnica, quienes dirigen el cambio o la vitalidad de una sociedad; la impulsión motora procede del libertinaje, sea este el de las imágenes, de las ideas, o de los signos.
Los sistemas racionales de la moral, del valor, de la ciencia, de la razón solo dirigen la evolución lineal de las sociedades, su historia visible. Pero hasta la energía profunda que impulsa esas cosas viene de fuera. Del prestigio, del desafío, de todos los impulsos seductores o antagonistas, incluidos los suicidas, que no tienen nada que ver con una moral social o una moral de la historia o del progreso.
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Me interesa →La rivalidad es más poderosa que cualquier moralidad, y la rivalidad es inmoral. La moda es más poderosa que cualquier estética, y la moda es inmoral. La gloria, habrían dicho nuestros abuelos, es más poderosa que el mérito, y la gloria es inmoral. El libertinaje de los signos, en todos los terrenos, es mucho más poderoso que la realidad, y el libertinaje de los signos es inmoral. El juego, cuyas reglas son inmemoriales, es mucho más poderoso que el trabajo, y el juego es inmoral. La seducción, bajo todas sus formas, es mucho más poderosa que el amor o el interés, y la seducción es inmoral.
Esto no es —y tampoco en Mandeville— un punto de vista filosófico cínico, es un punto de vista objetivo de las sociedades, y acaso de todos los sistemas. La propia energía del pensamiento es cínica e inmoral: ningún pensador que solo obedezca a la lógica de sus conceptos jamás ha llegado a ver más lejos de sus narices. Hay que ser cínico si no se quiere perecer, y esto, si se me permite decirlo, no es inmoral: es el cinismo del orden secreto de las cosas.
No se trata de que los individuos o los grupos obedezcan a algún instinto secreto, pero sí hay que decir que los poderes que han querido extirpar esta desobediencia, este libertinaje, este genio malvado, llegando a aniquilar sus motivaciones «irracionales» en el espíritu de los hombres, los han entregado siempre a una muerte más o menos lenta. La energía del vicio es insustituible, precisamente porque es una energía de fisión y de ruptura, la cual, muy ingenuamente, ha pretendido ser sustituida por una energía mecánica de producción.
¿Cómo funcionan nuestras sociedades pretendidamente racionales y programadas? ¿Qué hace avanzar, qué hace moverse a los pueblos? ¿El progreso de la ciencia, la información «objetiva», el aumento de la dicha colectiva, la comprensión de los hechos y de las causas, el castigo real del culpable o la calidad de vida? En absoluto: nada de todo eso interesa a nadie, salvo en las respuestas a los sondeos. Lo que fascina a todo el mundo es la corrupción de los signos, es que la realidad, en todo lugar y en todo momento, esté corrompida por los signos.
Esto sí que es un juego interesante —y es lo que ocurre en los media, en la moda, en la publicidad—, más generalmente en el espectáculo de la política, de la tecnología, de la ciencia, en el espectáculo de cualquier cosa, porque la perversión de la realidad, la distorsión espectacular de los hechos y de las representaciones, el triunfo de la simulación es fascinante como una catástrofe; y lo es, en efecto, es una desviación vertiginosa de todos los efectos de sentido. Por este efecto de simulación o, si se prefiere, de seducción, estamos dispuestos a pagar cualquier precio, mucho más que por la calidad «real» de nuestra vida.
Es el secreto de la publicidad, de la moda, del juego, de todos los sistemas lúbricos, que aniquilan las energías morales y liberan las energías inmorales, las que se alimentan alegremente del mero signo de las cosas, desafiando su verdad —en eso coinciden con las energías mágicas y arcaicas, que siempre han apostado por la omnipotencia del pensamiento en contra de la fuerza del mundo real—, energía inmoral que rompe el sentido, que recorre los hechos, las representaciones, los valores recibidos, y electriza las sociedades bloqueadas en su imagen platónica.
Un buen ejemplo de esta fuerza «diabólica» de cambio, de esta energía inmoral de transformación, hacia y contra todos los sistemas de valor, son los Estados Unidos. Pese a su moralidad, su puritanismo, su obsesión virtuosa, su idealismo pragmático, todo cambia allí irresistiblemente de acuerdo con un impulso que no es del todo el del progreso, lineal por definición; no, el auténtico motor es la abyección de la circulación libre. Asocial y salvaje todavía hoy, refractario a cualquier proyecto coherente de sociedad: todo se verifica, todo se paga, todo se hace valer, todo fracasa. Las músicas del Oeste, las terapias, las «perversiones» sexuales, los buildings en el Este, los líderes, los gadgets, los movimientos artísticos, todo desfila y todo se sucede allí sin interrupción. Y nuestro inconsciente cultural, profundamente nutrido de cultura y de sentido, ya puede vociferar ante ese espectáculo, pero el caso es que está ahí, en la promiscuidad inmoral de todas las formas, de todas las razas, en el espectáculo violento del cambio, que es el éxito de una sociedad y el signo de su vitalidad.
Publicidad, circulación abstracta, abyecta, de los eurodólares, de los valores bursátiles, inmoralidad de los ciclos de moda, tecnologías inútiles y de prestigio, desfiles electorales, escalada de armamentos, todo eso no es únicamente el signo histórico del dominio del capital, es la prueba más decisiva de un hecho más importante que el propio capital: la prueba de que ningún proyecto social digno de este nombre ha existido nunca realmente, ningún grupo se ha imaginado realmente como social, es decir, como solidario de sus propios valores y coherente con su proyecto colectivo; en suma, que jamás ha habido ni siquiera la sombra o el embrión de un sujeto colectivo responsable ni la posibilidad misma de un objetivo de ese tipo.
Moral pública, responsabilidad colectiva, progreso, racionalización de las relaciones sociales: ¡tonterías! ¿Qué grupo ha pensado alguna vez eso? Los sociólogos y los ideólogos, sí, y los políticos, que precisamente han perdido el sentido de lo político, de la astucia y de la fallacy de la política, que no es más que la del Príncipe de Maquiavelo, pero, si seguimos a Mandeville en los abismos de lo social, el maquiavelismo de toda sociedad en su funcionamiento real.
La energía de lo social en tanto que tal, la energía del contrato social y de su idealización en el socialismo es una energía pobre. Es una energía razonable, una energía lenta y artificial. Pero vemos claramente que los pueblos no obedecen a eso, que no es más que su historia. En la Revolución, que puede ser entendida como punto culminante de esta energía «consciente», es la palabra final de la historia. Como dice Rivarol: «El pueblo no quería realmente la Revolución, solo quería su espectáculo». ¿Hay algo más astuto? ¿Algo más inmoral (¡sobre todo cuando se trata de la Revolución! —pero tranquilizaos: el pueblo, cuando parece desear el orden, solo desea asimismo su espectáculo)?
Si nuestra perversión consiste en que jamás deseamos el evento real, sino su espectáculo, jamás las cosas, sino su signo y la burla secreta de su signo, ello significa que no tenemos tantas ganas de que las cosas cambien, es preciso también que este cambio nos seduzca. Para que la Revolución se produzca, debe seducirnos, y solo puede hacerlo a través de los signos; se encuentra en la misma situación que el último de los políticos en trance de elección. Pero es posible pagar el precio más elevado para ser seducido: puesto que la Revolución puede ser históricamente determinante, su mero espectáculo ya es sublime. ¿Y qué elegimos? ¿Por qué los pueblos, que habían pagado tan cara su propia Revolución, la han dejado caer con tanta frecuencia, y desesperación de sus defensores, en la indiferencia, preocupándose de este «evento» tanto como de una fatalidad, después de haber sacrificado su vida al espectáculo de la Revolución?
Es que esta pulsión burlona nos libera del terror.
Otro ejemplo de una sociedad inmoral y que vive en una profunda inmoralidad: Italia. ¿Por qué Italia no es taciturna (al contrario de Francia, incluso socialista)? Sin duda porque es la única sociedad que ha franqueado, colectivamente, la línea virtual de la simulación —un virtuosismo colectivo en vivir en el orden al mismo tiempo irrisorio y sutil de la simulación. Que no se defiende desesperadamente —motivo por el cual a fin de cuentas la vida allí es más agradable— contra esta pérdida de sustancia, de valor y de sentido que constituye la desgracia de los demás y su melancolía. Los demás viven en un estado de simulación contrariada; Italia, respecto a ellos, vive en un estado de simulación jovial.
Allí la ley ya ha cedido —o tal vez lo ha hecho siempre— su lugar a un juego y a una regla de juego. Todos los italianos, desde los B. R. hasta los servicios secretos, de la mamma a la Mafia, de los terremotati a la célula P2 (¡milagro del Estado convertido en sociedad secreta!), son en cierto modo cómplices, manteniendo una connivencia irónica sobre la teatralidad, sobre la simulación, a partir de hoy, del poder, de la ley, del orden o del desorden viviente, un pacto secreto sobre la estrategia de las apariencias que domina todo eso. Sobre el efecto de trompe-l’oeil de lo político y de lo social que se construyen y se desbaratan en un abrir y cerrar de ojos, y sobre el goce de los efectos (el modelo del Renacimiento no queda lejos). El auténtico reparto social actual es el reparto colectivo de la seducción.
¿Cabe imaginar un cimiento más fantástico?
¿Qué podemos recuperar, colectiva o individualmente, más allá de la fisión de los universos referenciales, si no es la ficción, la estrategia irónica de las apariencias? Y no es el socialismo francés de ultratumba lo que nos desmentirá, pues también él no hace más que interpretar unas apariencias desdichadas de lo social, encarnado en la estatua fúnebre del Comendador Mitterrand y la burocracia mora, de los subcomendadores.
Esta desobediencia secreta de un grupo a sus propios principios, esta inmoralidad y esta duplicidad profunda ¿no reflejan el ordenamiento universal? Hay que despertar el principio del Mal viviente en el maniqueísmo y en todas las grandes mitologías para afirmar, en contra del principio del Bien, no exactamente la supremacía del Mal, sino la duplicidad fundamental que pretende que un orden cualquiera solo existe para ser desobedecido, atacado, superado, desmantelado.
Los pueblos salvajes no lo veían de otra manera, ya que sabemos que tenían de sus dioses una visión completamente distinta a la nuestra: solo los inventaban para ejecutarlos, y extraían su energía de este sacrificio intermitente. Entre los aztecas, los propios dioses se sacrifican uno tras otro para dar origen al sol, a la luna, a los hombres. Para que una cosa viva, es preciso que muera el dios que la encarna.
Ahí aparece la regla fundamental: para que un grupo, para que un individuo viva, jamás tiene que buscar su propio bien, su propio interés, su propio ideal. Tiene siempre que buscar en otra parte, al lado, más allá, delante, como el combatiente en el arte marcial japonés. De nada sirve querer reconciliar los dos principios. La duplicidad es estratégica, es fatal.
Es lo que Bataille veía a través del concepto de gasto y de parte maldita. Lo esencial es lo superfluo, el excedente. Ahí es donde convergen todas las apuestas, donde se fomenta la energía de una sociedad. En tal caso, lo social ya no es en absoluto una organización contractual de gestión de los intereses del grupo (que, por otra parte, en tal caso solo es la gestión de la penuria, incluida y muy especialmente la penuria de lo social en sí mismo; el principio de economía parte del hecho de que no hay suficiente para todos, el de Bataille parte del hecho de que siempre hay demasiado para todos, y que el exceso es nuestro destino), sino una organización aventurera, eventualmente absurda, un proyecto de energía devastadora, una anti-economía, un prodigio, un desafío a la naturaleza conservadora. Lo social es un lujo. El nuestro solo caracteriza la miseria de nuestras sociedades.
Otro signo estimulante: la extraordinaria fascinación colectiva, la pasión de un pueblo en sacrificar o en ver sacrificar a su jefe, cuando se presenta la ocasión. No hay que infravalorar esta pasión típicamente política de los pueblos en llevar al poder unos hombres o una casta a los que no tardarán, a continuación, en ver hundirse o incluso precipitarán ellos a su pérdida. No se trata más que de la versión política de la ley de la reversibilidad y una forma de comprensión de lo político por lo menos equivalente, cuando no superior, a la del contrato social y de la delegación de poder, que exalta para desmentirla. Claro está que los pueblos eligen unos jefes y les obedecen, claro está que invisten a sus representantes de poder y de legitimidad. Pero ¿es posible suponer que no subsista siempre la exigencia lógica de vengarse de ellos? Sea cual sea y venga de donde venga, el poder es un asesinato simbólico, y debe ser expiado mediante el asesinato. Es posible jurar que eso lo sabe cualquier sociedad, en el mismo instante en que le lleva al poder, y que este, cuando es inteligente, también es perfectamente consciente de ello.
Esto coincide con la regla del juego que afirma que un grupo o un individuo jamás debe tender a su propia conservación. Si quiere realmente ejercerse, tampoco el poder debe buscar nunca su propia continuidad: debe buscar en algún lugar su propia muerte. Sin lo cual cae en la ilusión del poder, en el ridículo del engendramiento perpetuo, de la concesión perpetua del poder. Si no entiende eso, será barrido. Si el grupo no lo entiende, también se perderá. La institución del poder se refleja en la necesidad equivalente de su muerte.
Hasta los líderes modernos, obsesionados sin embargo por su permanencia y poco propensos al sacrificio ritual, tienen el presentimiento de esta regla y no titubean en representar la peripecia de su muerte, gracias a unos atentados más o menos orquestados. Algunos de ellos, por otra parte, no siempre escapan, pero no es eso lo importante, pues también en este caso de nada sirve morir: hay que saber desaparecer. Y lo típico de nuestros sistemas modernos, burocráticos o gestionarios, es que ya no saben morir, ya no saben sucederse a sí mismos. Los dirigentes actuales creen en su virtud porque creen en la designación de los pueblos. Solo poseen del poder una estrategia banal. Pero otros políticos han sabido que el poder nunca es esta facultad unilateral de disponer de la voluntad de los demás, sino siempre el ejercicio sutil y ambiguo de su propia desaparición. Saben que el poder, al igual que la verdad, es ese lugar vacío que hay que saber no ocupar nunca, pero que hay que saber producir para que los demás se precipiten en él. El poder que ocupa este lugar, el poder que encarna el poder, es obsceno e inmundo, y tarde o temprano se hunde en la sangre o en el ridículo.
Toda la estrategia de una subversión inteligente nunca tiende a apuntar frontalmente al poder y a oponerse a él, sino a llevarle a ocupar la posición obscena de la verdad, la posición obscena de la evidencia absoluta. Pues ahí es donde, confundiéndose con lo real, cae en lo imaginario; ahí es donde ya no existe, por haber violado su propio secreto.
Era la táctica no concertada de Mayo del sesenta y ocho: hacer coincidir el poder con su ejercicio no simulado —con múltiples señuelos precisamente—, hacer aparecer el poder como represivo. Objetivo aparentemente ingenuo e inútil. ¿De qué sirve sacrificarse para demostrarlo? Pero la trampa estaba ahí: en llevarle a ser más represivo de lo que es en realidad; así pues, los manifestantes ejercían en verdad un poder de simulación, obligando al poder a añadir a la represión la obscenidad de la represión. Y eso es lo que mata: la simulación siempre es el arma más eficaz. Basta con aniquilarse delante de quien os niega para obligarle a desviar contra sí mismo toda su fuerza de inercia. Así pues, Mayo del sesenta y ocho no era una acción ofensiva (el poder hubiera vencido de antemano) sino una simulación defensiva, que consiste en robar al poder su propio secreto (a saber, que no existe) y dejarle de ese modo indefenso delante de su propia enormidad.
Conviene recordar que el poder gira en torno a una monstruosidad secreta, y que elevar a alguien al poder es sumirle en el ejercicio difícil, siempre al borde del ridículo, de un privilegio sin contrapartida. Solo podemos salir de ahí a través de la ambigüedad y la duplicidad. Si elimináis cualquier incertidumbre al ejercicio de su fuerza, le condenáis sin apelación posible.
El principio mismo del Mal reside en la ironía objetiva y en las estrategias que se desprenden de ella.
Todas las épocas, todas las filosofías, todas las metafísicas han formulado en un momento determinado (maniqueos, heréticos, cátaros, brujas, pero también nervalianos, jarryanos, lautreamontescos) la hipótesis de una burla, de una irrealidad fundamental del mundo, o sea, en realidad, de un principio del Mal, y siempre han sido aborrecidas y abrasadas por dicho motivo, que es el pecado absoluto. La irrealidad del mundo y su corolario, la omnipotencia del pensamiento, solo han sido pensadas rigurosamente por las sociedades sin realidad (mejor que sin historia o sin escritura). Todas las mitologías, todas las religiones nacientes han vivido de una violenta denegación de lo real, de un violento desafío a la existencia. Y todo lo que niega y desafía la realidad está sin duda más cerca del mundo por el pensamiento.
Se ha convertido a la ironía en una forma mefistofélica, pero no es más que lo que filtra todas las cosas y las preserva de la confusión. Filtra las palabras, los espíritus y los cuerpos, filtra los conceptos y los placeres, y los preserva de la promiscuidad y de la coagulación amorosa. Juega de una forma a otra, en la anamorfosis, juega de una especie a otra, en la metamorfosis; así la copulación de los dioses y de los hombres, en el mito griego, es irónica. La diferencia entre los dioses y los hombres, entre los hombres y los animales, es un filtro de seducción. Cuando lo mismo se acopla con lo idéntico, todo pasa a ser obsceno. Tanto la necesidad de la ironía como la del placer forman parte de la necesidad del Mal.
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