Fósiles de 25000 años prueban uso de estimulantes

La búsqueda de estados alterados de conciencia suele interpretarse como un rasgo de la cultura moderna o, al menos, como un subproducto de las primeras sociedades agrícolas. Sin embargo, un hallazgo arqueológico en Célebes, Indonesia, ha trastocado esta narrativa sobre nuestras costumbres más antiguas. Un equipo dirigido por el profesor Adam Brumm, del Centro Australiano de Investigación sobre la Evolución Humana de la Universidad de Griffith, junto a los profesores Carney Matheson y Michelle Langley, ha demostrado que los cazadores-recolectores del Pleistoceno consumían sustancias psicoactivas hace 25.000 años. Por lo tanto, el hábito de alterar la mente no nació con las ciudades ni con los cultivos, sino que se hunde en las profundidades de la prehistoria.

El objeto de esta fascinante investigación es la nuez de areca, conocida popularmente como nuez de betel, un estimulante natural de gran arraigo en la región de Asia-Pacífico. Actualmente, según explica el propio profesor Adam Brumm, este fruto ocupa el cuarto lugar entre las sustancias psicoactivas más consumidas del mundo, situándose solo por detrás del alcohol, la cafeína y la nicotina. No obstante, mientras que las hipótesis tradicionales asociaban el origen de estas costumbres al Neolítico o la Edad del Bronce, los restos óseos examinados por el equipo de Adam Brumm demuestran una historia mucho más remota. Así que este descubrimiento reescribe de forma definitiva el mapa cronológico de nuestras prácticas culturales.

Para comprender la magnitud de este consumo, el equipo de científicos examinó la dentadura de dos antiguos pobladores hallados en la cueva CPL-2a por arqueólogos indonesios de la Universidad de Hasanuddin y la Agencia Nacional de Investigación e Innovación. Los fósiles mostraron un desgaste dental sumamente inusual, caracterizado por profundas acanaladuras redondeadas en los dientes. Además, los análisis bioquímicos liderados por el profesor Carney Matheson confirmaron la presencia de arecolina, el alcaloide neuroactivo de la semilla, directamente en el tejido dental. De hecho, los investigadores probaron que no hacía falta preparar complejas mezclas con cal; bastaba con chupar la nuez entera para liberar el compuesto y alterar la función cerebral.

El uso continuado de esta planta revela cómo las comunidades primitivas interactuaban con su entorno buscando alivio y sensaciones distintas. En ese sentido, los científicos sugieren que el hábito pudo haber comenzado como una respuesta empírica contra el dolor de muelas, aprovechando los efectos analgésicos de la arecolina. Sin embargo, el profesor Adam Brumm señala que la fricción constante desgastó el esmalte hasta exponer la cámara pulpar, provocando infecciones severas y un dolor crónico mucho peor. Por lo tanto, el intento inicial por calmar una dolencia terminó creando un círculo vicioso de uso habitual y continuado.

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Este fenómeno nos invita a pensar en la cultura no solo como una acumulación de arte o lenguaje, sino como el conjunto de prácticas corporales que dejan huella a lo largo del tiempo. Las marcas en las dentaduras analizadas por Carney Matheson, Michelle Langley y Adam Brumm son fósiles culturales que documentan una conducta repetida durante milenios. Mientras tanto, la arqueología tradicional tendía a situar la aparición de las drogas junto al nacimiento de las bebidas fermentadas en la agricultura. En cambio, los datos de Célebes demuestran que el deseo de modificar la percepción precedió por mucho a la domesticación de las plantas.

Al mismo tiempo, la investigación pone de manifiesto cómo las respuestas ante la incomodidad y el malestar han moldeado la conducta de nuestra especie. La búsqueda de un bienestar inmediato, aun a costa de daños físicos a largo plazo, parece ser una constante que atraviesa las épocas de la humanidad. Por otro lado, el trabajo de los investigadores de la Universidad de Griffith destaca la perspicacia de estos grupos humanos para identificar y aprovechar la química de su entorno botánico. Así que la sofisticación de sus hábitos desafía la visión simplista que solíamos tener sobre las poblaciones del Pleistoceno.

A través de esta perspectiva, la relación de la humanidad con los estimulantes deja de parecer una desviación de la vida moderna. Se trata, por el contrario, de un rasgo profundamente arraigado en las tradiciones de los pueblos recolectores que habitaron la Tierra miles de años antes de la invención de la escritura. De hecho, el profesor Adam Brumm afirma que este comportamiento representa la evidencia más antigua de consumo habitual de drogas registrada en el mundo. La fascinación por alterar la experiencia cotidiana resulta ser tan antigua como la propia necesidad de buscar refugio o alimento.

La historia del consumo de betel en Indonesia nos recuerda que los recursos naturales siempre han estado investidos de significados funcionales y rituales. La nuez de areca no era únicamente una semilla en el bosque tropical, sino un elemento integrado en la vida diaria para sobrellevar la rigurosidad de la existencia. Por consiguiente, entender su uso prehistórico nos permite apreciar la dimensión social de la botánica en las comunidades primigenias. La química de las plantas y la biología humana llevan milenios entrelazadas en una dinámica de adaptación, alivio y costumbre.

Resulta revelador comprobar cómo la biomedicina y la arqueología pueden colaborar para desenterrar los aspectos más íntimos de la vida cotidiana en la antigüedad. Mediante experimentos con receptores clonados en células de rana, el equipo de Adam Brumm logró medir la respuesta neurológica que experimentaban aquellos cazadores al chupar las semillas. Del mismo modo, las pruebas químicas de Carney Matheson abren un campo inmenso para explorar conductas que no dejaron herramientas de piedra ni pinturas rupestres. La memoria de las costumbres humanas también se conserva en los tejidos fosilizados.

Sin embargo, más allá de las técnicas de laboratorio, el hallazgo transforma nuestra comprensión sobre cómo se construyen las identidades y los hábitos colectivos. Una práctica que hoy reúne a cientos de millones de personas en la región de Asia-Pacífico comenzó como un pequeño gesto reiterado en las cuevas de Sulawesi. Mientras tanto, las sociedades cambiaron y la tecnología se volvió compleja, pero la inclinación a buscar estímulos en la naturaleza se mantuvo inalterada. La continuidad de esta costumbre es un testimonio extraordinario de persistencia cultural a través de los milenios.

Al examinar estos vestigios, descubrimos que las necesidades y las fragilidades de aquellas comunidades prehistóricas no nos resultan tan ajenas. La búsqueda de alivio médico y la alteración de la conciencia mediante la flora local revelan una sensibilidad compartida a lo largo de las eras. Por lo tanto, el estudio de este hallazgo no solo sirve para catalogar el tiempo transcurrido, sino para mirarnos en el espejo de quienes nos precedieron. Cada marca dental documentada por los científicos nos habla de un intento humano por hacer la vida un poco más llevadera.

En última instancia, el descubrimiento planteado por la Universidad de Griffith abre preguntas fundamentales sobre qué otros comportamientos cotidianos hunden sus raíces en la era de hielo. Si la búsqueda de estados alterados ya formaba parte del repertorio cultural de los cazadores-recolectores, cabe preguntarse qué otras costumbres actuales son el eco de saberes milenarios que sobrevivieron al olvido. El estudio de nuestro pasado remoto continúa demostrando que la cultura es una vasta trama de continuidades, donde las formas en que buscamos sentido siguen conectándonos con el origen mismo de la humanidad.

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