Ellas, detrás de los grandes escritores

A Eliami

La historia de la literatura suele construirse alrededor de nombres individuales. Aprendemos a reconocer al autor, a estudiar su obra, a seguir las distintas etapas de su vida y a buscar en sus circunstancias personales las claves que permitan comprender sus libros. Gabriel García Márquez, León Tolstói, Fiódor Dostoievski, Vladimir Nabokov, Thomas Mann, James Joyce o Miguel Delibes aparecen así como protagonistas de sus propias biografías, hombres que dedicaron una parte extraordinaria de su existencia a una actividad que, en muchos casos, exigía una concentración casi absoluta. La imagen del escritor trabajando en soledad se ha convertido, de hecho, en uno de los grandes mitos de la cultura moderna.

Sin embargo, esa soledad suele ser más literaria que real.

Alrededor de muchos de esos escritores existió una vida que alguien tenía que sostener mientras ellos escribían. Había que administrar el dinero, cuidar a los hijos, responder correspondencia, organizar viajes, tratar con editores, mecanografiar manuscritos, revisar pruebas, atender enfermedades y resolver las innumerables dificultades que acompañan una existencia dedicada a la creación. En numerosos casos, esas tareas recayeron sobre sus compañeras. Algunas tuvieron además una participación directa en la preparación de los libros; otras fueron lectoras fundamentales, administradoras de los derechos de autor o guardianas de los archivos después de la muerte del escritor.

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Durante mucho tiempo, la historia literaria tendió a reunirlas bajo una palabra particularmente cómoda: “musa”. El término permite convertir una relación compleja en una imagen sencilla. La mujer inspira y el hombre crea. Ella aparece en la vida del artista como una presencia afectiva o sensual que alimenta su imaginación, mientras el trabajo propiamente intelectual queda reservado al escritor. Pero esa representación deja fuera una parte importante de la realidad. Muchas de estas mujeres no se limitaron a inspirar. Trabajaron, administraron, copiaron, negociaron, cuidaron, organizaron y, sobre todo, sostuvieron las condiciones materiales que permitieron que sus compañeros pudieran dedicar buena parte de su tiempo a la literatura.

No se trata de afirmar que los grandes escritores no habrían podido escribir sin ellas. Una afirmación semejante pertenecería al terreno de la especulación y sería injusta con la complejidad de sus vidas. Se trata, más bien, de reconocer que ninguna obra nace en el vacío y que la genialidad, por extraordinaria que sea, necesita un tiempo y unas circunstancias concretas para transformarse en trabajo. En algunos de los casos más célebres de la literatura moderna, ese espacio fue construido, en buena medida, por una mujer cuyo nombre rara vez aparece cuando se cuenta la historia de la obra.

Pocas relaciones ilustran mejor esta realidad que la de Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha.

Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha: el precio de poder encerrarse a escribir

Cuando Gabriel García Márquez comenzó a escribir Cien años de soledad, todavía no era el escritor universal que hoy asociamos con el nombre de Macondo. Había publicado novelas y cuentos, había trabajado como periodista y llevaba años intentando abrirse camino en la literatura, pero el reconocimiento internacional que llegaría después todavía pertenecía al futuro. La novela que tenía entre manos era una apuesta. García Márquez sabía que estaba trabajando en algo importante para él, pero no podía saber que aquel libro terminaría convirtiéndose en una de las obras fundamentales de la literatura del siglo XX.

En 1965 decidió concentrarse casi por completo en la escritura. Durante aproximadamente dieciocho meses trabajó intensamente en la novela. El proyecto terminó absorbiendo mucho más tiempo y recursos de los que inicialmente había previsto, y la situación económica de la familia comenzó a deteriorarse. García Márquez estaba entregado a la escritura, mientras Mercedes Barcha se ocupaba de que la vida cotidiana pudiera continuar.

La situación llegó a ser extremadamente difícil. Los recursos disponibles fueron disminuyendo y la familia tuvo que recurrir a diferentes formas de crédito y a la venta o empeño de objetos personales. Mercedes administraba la economía doméstica y afrontaba las consecuencias concretas de una decisión que, desde fuera, podía parecer temeraria: permitir que un escritor abandonara durante meses cualquier actividad que no fuera aquella novela.

Ese detalle es esencial para comprender lo que ocurrió. García Márquez no estaba simplemente escribiendo en una habitación tranquila. Estaba viviendo, junto con su familia, las consecuencias económicas de una apuesta literaria cuyo resultado era incierto. La novela todavía no tenía editor, no había generado ingresos y nadie podía garantizar que se convertiría en el éxito que finalmente fue. La confianza de Mercedes, por tanto, no fue solamente afectiva. También tuvo una dimensión práctica. Mientras su marido dedicaba la mayor parte de sus horas a escribir, ella se ocupaba de las circunstancias que permitían que aquel trabajo continuara.

Cuando el manuscrito estuvo terminado, las dificultades no habían desaparecido. García Márquez y Mercedes necesitaban enviarlo a Buenos Aires, donde esperaba Francisco Porrúa, editor de Sudamericana. El dinero disponible no alcanzaba para enviar el manuscrito completo. Tuvieron que dividirlo y mandar primero una parte. Más tarde descubrieron, con una mezcla de angustia y humor, que habían enviado la segunda mitad antes que la primera.

La anécdota se ha convertido en una de las historias más conocidas alrededor del nacimiento de Cien años de soledad, pero su significado va mucho más allá de lo pintoresco. Aquella novela, que acabaría vendiendo millones de ejemplares y transformando la literatura latinoamericana, salió hacia su editor en medio de una precariedad económica que obligaba a sus autores a calcular incluso el precio del envío postal.

Mercedes estaba allí durante todo ese proceso. No escribió Cien años de soledad, naturalmente, y sería absurdo atribuirle una autoría que no le corresponde. Pero la novela tampoco puede comprenderse completamente si se elimina de la historia la realidad doméstica que hizo posible aquellos meses de trabajo. Mientras García Márquez construía Macondo, Mercedes administraba las circunstancias materiales de la familia; mientras él se concentraba en una novela que acabaría alcanzando una dimensión universal, ella asumía las preocupaciones que inevitablemente acompañan a cualquier familia que decide vivir durante un tiempo con recursos cada vez más limitados.

La historia de García Márquez y Mercedes Barcha tiene, además, una característica que la diferencia de otras relaciones entre escritores y compañeras: ambos parecen haber comprendido desde muy temprano que la literatura formaba parte de una empresa común de vida, aunque solamente uno de ellos apareciera como autor en la portada. Mercedes no necesitaba escribir la novela para participar en el riesgo que implicaba escribirla. Su papel consistió en sostener el espacio desde el cual García Márquez podía entregarse a ella.

Véra Nabokova: la mujer que estaba presente en cada etapa del trabajo

Si Mercedes Barcha representa de manera particularmente clara el sostén económico y doméstico que puede existir detrás de un escritor, Véra Nabokova ofrece un caso todavía más amplio. Su participación en la carrera de Vladimir Nabokov fue tan extensa que resulta difícil describirla simplemente como la esposa del escritor.

Véra fue secretaria, mecanógrafa, lectora, traductora, agente y administradora. Conocía profundamente los hábitos de trabajo de Nabokov y estuvo involucrada en numerosos aspectos de su actividad profesional. Su papel era particularmente importante porque Nabokov tenía una relación extremadamente meticulosa con sus textos. Su método de trabajo, sus correcciones y su manera de construir las novelas exigían tiempo y una colaboración constante.

En una época en la que la preparación de un manuscrito requería un trabajo físico considerable, Véra pasó innumerables páginas a máquina y colaboró en la organización de los textos. También se ocupó de la correspondencia y de diversos asuntos profesionales, lo que permitió que Nabokov pudiera concentrarse en la parte del trabajo que consideraba esencial: la escritura.

La historia de Lolita muestra hasta qué punto llegó esa colaboración. La novela fue un proyecto especialmente arriesgado para Nabokov. Su tema generaba un problema evidente para los editores y el escritor llegó a contemplar la destrucción del manuscrito. Véra se opuso a ello y terminó desempeñando un papel importante en la búsqueda de una editorial que aceptara publicarlo. Su intervención no consistió en escribir la novela ni en modificar su autoría, sino en protegerla frente a las dificultades que podían impedir que llegara a los lectores.

El éxito posterior de Lolita transformó la situación de Nabokov, pero también hizo más visible la dimensión de la colaboración de Véra. Ella había estado allí antes de que existiera el éxito, cuando el manuscrito era todavía un objeto incierto que podía ser rechazado o incluso destruido. Su papel continuó después, cuando se convirtió en una de las principales responsables de conservar y administrar el legado del escritor.

En Véra aparece, por tanto, una figura diferente de la de Mercedes Barcha. Su relación con la literatura de Nabokov fue mucho más directa y profesional. Pero ambas comparten algo fundamental: crearon alrededor del escritor un espacio de estabilidad que le permitió dedicar una parte extraordinaria de su energía a la creación.

Anna Dostoievskaya: la taquígrafa que terminó protegiendo la obra de Dostoievski

La historia de Anna Grigórievna Dostoievskaya comienza en un contexto particularmente difícil. Cuando conoció a Fiódor Dostoievski, ella era una joven taquígrafa contratada para ayudar al escritor a terminar El jugador. Dostoievski tenía que cumplir un plazo muy exigente y necesitaba trabajar con rapidez. La colaboración profesional entre ambos terminó transformándose en una relación sentimental y, posteriormente, en matrimonio.

Pero Anna hizo algo más importante que acompañar a Dostoievski en su vida privada. Con el tiempo, asumió una parte considerable de la administración de su vida económica y editorial. El escritor había sufrido durante años problemas financieros y su relación con el juego había agravado considerablemente su situación. Anna consiguió introducir un grado de organización que hasta entonces había faltado en la vida práctica de Dostoievski.

Su trabajo tuvo consecuencias directas sobre la actividad literaria del escritor. La administración de contratos, publicaciones y derechos liberó a Dostoievski de una parte de las preocupaciones que habían interferido constantemente en su trabajo. La relación entre ambos, por supuesto, no eliminó sus dificultades ni convirtió su existencia en una vida ordenada, pero proporcionó un apoyo que resultó decisivo durante los últimos años de la carrera del escritor.

Después de la muerte de Dostoievski, Anna continuó trabajando. Se ocupó de conservar y publicar su obra, organizó materiales y defendió su legado. En cierto sentido, su colaboración con el escritor no terminó cuando él dejó de escribir. Se prolongó durante décadas en la tarea de hacer que los libros y documentos que había dejado pudieran continuar circulando.

Hay algo especialmente significativo en esa trayectoria. Anna entró en la vida de Dostoievski como una profesional contratada para ayudarlo a producir un manuscrito y terminó convirtiéndose en una de las personas responsables de preservar toda su obra. Su historia demuestra que la relación entre una mujer y un escritor podía comenzar en el terreno estrictamente laboral y transformarse después en una colaboración mucho más profunda, en la que las fronteras entre la vida familiar y el trabajo literario prácticamente desaparecían.

Sofía Tolstáia: la mujer que conoció los manuscritos de Tolstói página por página

La relación entre León Tolstói y Sofía Tolstáia no puede reducirse a una historia de apoyo conyugal. Fue un matrimonio complejo, lleno de tensiones y contradicciones, y sería injusto convertir a Sofía en una figura idealizada cuya única función hubiera sido facilitar la vida del escritor.

Precisamente por eso su papel resulta tan interesante.

Durante décadas, Sofía estuvo involucrada en la dimensión material de la producción literaria de Tolstói. El escritor corregía sus textos constantemente y sus manuscritos podían ser difíciles de descifrar y seguir. Sofía copiaba las versiones, incorporaba correcciones y preparaba nuevos ejemplares. El trabajo que realizó sobre los textos de Tolstói fue considerable, particularmente si se tiene en cuenta el enorme volumen de algunas de sus obras.

En una época anterior a la reproducción mecánica sencilla de los documentos, copiar un manuscrito significaba dedicar innumerables horas a una tarea que exigía concentración y paciencia. Las distintas versiones de Guerra y paz, por ejemplo, pasaron por un proceso de elaboración material que resulta difícil imaginar desde nuestra época de documentos digitales.

Sofía también se ocupó de cuestiones domésticas y familiares y participó en la administración de los asuntos relacionados con la obra de su marido. La finca, los hijos, la correspondencia, las visitas y los problemas económicos formaban parte de una estructura compleja en la que Tolstói podía concentrarse en su trabajo gracias, en parte, a que otras personas asumían responsabilidades que él no podía atender constantemente.

La historia de Sofía es importante porque rompe con la imagen romántica del escritor aislado. Tolstói podía parecer una figura solitaria frente a la página, pero alrededor de esa página existía una enorme cantidad de trabajo. Parte de ese trabajo lo realizó Sofía.

Reconocerlo no disminuye en absoluto la grandeza de Tolstói. Al contrario, permite comprender mejor la dimensión real del proceso mediante el cual una obra literaria llega a existir.

Katia Mann: cuando sostener al escritor significaba sostener una familia entera

La contribución de Katia Mann fue de otra naturaleza. Su papel no estuvo tan directamente ligado a la preparación material de los manuscritos como en los casos de Véra Nabokova o Sofía Tolstáia. Su importancia estuvo, sobre todo, en la estructura familiar que rodeaba a Thomas Mann.

El matrimonio tuvo seis hijos y atravesó algunas de las décadas más convulsas de la historia europea. El ascenso del nazismo obligó a la familia a abandonar Alemania y comenzar una vida de exilio. Aquello significó trasladarse de un país a otro, reorganizar la existencia familiar y afrontar las dificultades económicas y personales propias de una familia numerosa que había perdido su lugar de origen.

Thomas Mann continuó escribiendo y desarrollando una de las carreras literarias más importantes de su época. Pero su trabajo se desarrollaba dentro de una familia cuya vida cotidiana necesitaba organización. Katia desempeñó un papel central en esa estructura.

Su historia resulta especialmente útil para comprender una dimensión que las biografías literarias suelen pasar por alto. Cuando decimos que un escritor se dedicó durante años a su obra, estamos hablando de una persona que necesitaba disponer de tiempo. Ese tiempo no aparece espontáneamente. En una familia con seis hijos y en medio de un exilio político, alguien debía asumir una parte considerable de las responsabilidades que permitían que el escritor continuara trabajando.

Katia Mann hizo precisamente eso, aunque su nombre no figure junto al de Thomas en las portadas de las obras que él escribió.

Ángeles de Castro: la compañera que terminó convertida en literatura

Miguel Delibes y Ángeles de Castro ofrecen un ejemplo diferente, porque la influencia de ella sobre el escritor no puede separarse de la dimensión afectiva y posteriormente literaria de su relación.

Ángeles acompañó a Delibes durante los años en los que el escritor comenzó a construir su trayectoria. Era una mujer interesada por los libros y por la cultura y tuvo una influencia importante sobre la vida intelectual de su marido. Delibes reconoció en distintas ocasiones la importancia que tuvo para él y para su desarrollo como escritor.

Su muerte, en 1974, modificó profundamente la vida del autor.

Delibes quedó devastado por la pérdida y tardó años en encontrar una forma literaria para expresar lo que aquella ausencia había significado. Finalmente escribió Señora de rojo sobre fondo gris, una obra profundamente personal en la que el recuerdo de Ángeles ocupa el centro.

La historia adquiere así una dimensión que va más allá de la idea tradicional de la musa. Ángeles no fue simplemente alguien que inspiró un personaje o una novela. Fue una presencia fundamental en la vida de Delibes y, después de su muerte, la experiencia de haberla perdido se convirtió en materia literaria.

La literatura, en este caso, no nació únicamente de la imaginación del escritor, sino también de una experiencia íntima que había transformado su vida. La mujer que había compartido con él sus años de formación terminó formando parte de su obra de una manera mucho más profunda que cualquier figura idealizada de inspiración artística.

Nora Barnacle y James Joyce: una vida compartida que alimentó una literatura extraordinaria

James Joyce vivió durante años lejos de Irlanda, en medio de dificultades económicas y editoriales que acompañaron buena parte de su carrera. Nora Barnacle estuvo a su lado durante ese período y compartió con él una existencia marcada por los desplazamientos y la incertidumbre.

Nora no fue una colaboradora editorial en el sentido en que lo fueron Véra Nabokova o Anna Dostoievskaya. Su papel fue fundamentalmente personal y familiar, pero eso no significa que fuera ajeno a la literatura de Joyce. Al contrario, la vida compartida entre ambos proporcionó al escritor una materia extraordinariamente rica.

Joyce tenía una capacidad excepcional para convertir la experiencia cotidiana en literatura. Los gestos domésticos, las conversaciones, los recuerdos, los conflictos y la intimidad podían convertirse en elementos de una obra que buscaba explorar la conciencia humana hasta sus límites.

Nora formaba parte de ese mundo real.

La relación entre ambos, además, tuvo una importancia particular para la identidad literaria de Joyce. Ella representaba una continuidad con Irlanda y con una vida concreta que el escritor había abandonado geográficamente pero que nunca dejó de transformar en literatura.

En Joyce, la mujer que acompaña al escritor no aparece simplemente como una figura externa que facilita su trabajo. En cierto sentido, forma parte del material humano a partir del cual ese trabajo se construye.

Frieda Lawrence: acompañar al escritor en una vida errante

La vida de D. H. Lawrence estuvo marcada por la enfermedad, la precariedad y los desplazamientos. Frieda Lawrence compartió con él buena parte de esa existencia, abandonando Inglaterra y acompañándolo durante una serie de viajes que los llevaron a diferentes lugares de Europa y América.

Su relación fue compleja y estuvo lejos de ser una historia idealizada. Frieda tenía una personalidad fuerte y una vida intelectual propia, y la convivencia con Lawrence estuvo marcada por discusiones y tensiones. Sin embargo, permaneció junto al escritor durante períodos difíciles y compartió las condiciones materiales en las que desarrolló buena parte de su obra.

En este caso, el apoyo no puede entenderse como una simple división de tareas en la que una mujer se ocupa de la casa mientras el hombre escribe. Ambos participaron de una existencia poco convencional y construyeron juntos una vida que se desarrolló fuera de las estructuras tradicionales de la sociedad inglesa.

Lawrence convirtió muchas de sus experiencias personales en literatura y la relación con Frieda formó parte de ese material. Ella fue compañera, interlocutora y presencia constante en una vida que, para bien y para mal, estuvo estrechamente vinculada con la creación literaria.

Fanny Van de Grift Stevenson y Robert Louis Stevenson: la importancia de tener una primera lectora

Robert Louis Stevenson padeció problemas de salud durante gran parte de su vida. Su enfermedad condicionó sus desplazamientos y su manera de trabajar y convirtió la escritura en una actividad que tenía que desarrollarse dentro de unas circunstancias físicas particulares.

Fanny Van de Grift Stevenson estuvo a su lado durante esos años y participó también en su vida intelectual. Conocía sus textos, conversaba con él sobre su trabajo y ocupaba ese lugar especialmente delicado que puede tener una primera lectora: alguien que recibe una obra antes de que exista para el público y que puede responder a ella sin las mediaciones de la crítica o del mercado.

Ese papel es más importante de lo que parece.

Los escritores trabajan durante mucho tiempo en condiciones de incertidumbre. Antes de que exista una publicación, un manuscrito es solamente una posibilidad. La opinión de una persona cercana puede influir en el proceso de corrección, en la confianza del autor y en la decisión de continuar o abandonar un proyecto.

Fanny perteneció a ese pequeño círculo de personas que conocieron parte del trabajo de Stevenson antes de que se convirtiera en literatura pública.

Su papel no fue el de una coautora, pero sí el de una interlocutora íntima de la creación.

Estelle Oldham y William Faulkner: una relación que no cabe en una historia de buenos y malos

La historia de William Faulkner y Estelle Oldham es útil precisamente porque no puede convertirse en una historia sencilla de sacrificio y gratitud.

Faulkner tuvo problemas con el alcohol, relaciones extramatrimoniales y períodos de comportamiento difícil. Su matrimonio con Estelle estuvo atravesado por conflictos y sufrimientos que no deberían ser ocultados para construir una imagen romántica del escritor.

Sin embargo, Estelle formó parte de la vida doméstica desde la cual Faulkner desarrolló buena parte de su obra. La casa familiar, Rowan Oak, se convirtió en uno de los espacios más asociados con su figura y en el escenario desde el cual construyó parte de su universo literario.

Su presencia permite recordar algo importante: las relaciones que rodean a los escritores no fueron necesariamente armoniosas ni ejemplares. Las mujeres que sostuvieron sus vidas también podían sentirse agotadas, decepcionadas o heridas. El hecho de que una persona contribuya a crear las condiciones materiales para el trabajo de otra no significa que esa relación sea necesariamente justa o feliz.

Por eso conviene abandonar cualquier interpretación excesivamente sentimental. Estas mujeres no fueron personajes secundarios diseñados para hacer más hermosa la vida de los escritores. Fueron personas reales, con sus propias aspiraciones, frustraciones y contradicciones.

Más allá de la palabra “musa”

La palabra “musa” resulta especialmente problemática cuando se aplica a estas historias porque transforma una relación humana compleja en una función estética. La musa existe para inspirar al artista; el artista, en cambio, es quien produce la obra. La fórmula tiene siglos de tradición y ha servido para construir innumerables representaciones de mujeres que aparecen en la vida de los creadores sin que se reconozca el trabajo concreto que realizan.

Pero Mercedes Barcha no puede explicarse como una musa.

Véra Nabokova tampoco.

Anna Dostoievskaya menos todavía.

Lo mismo puede decirse de Sofía Tolstáia o Katia Mann.

En cada uno de estos casos encontramos diferentes formas de colaboración. Algunas mujeres sostuvieron económicamente a sus familias durante períodos de incertidumbre; otras asumieron tareas administrativas que liberaron al escritor de preocupaciones cotidianas; algunas participaron directamente en la preparación de los manuscritos; otras fueron responsables de conservar y difundir la obra después de la muerte de sus maridos.

El punto en común no es que todas hicieran lo mismo. Es que sus vidas estuvieron vinculadas de manera profunda con las condiciones que permitieron el desarrollo de determinadas carreras literarias.

Y esa dimensión ha sido mucho menos estudiada que la obra de los escritores.

El tiempo también se escribe

Quizá el aspecto más importante de estas historias sea el tiempo.

Escribir requiere tiempo. No solamente inspiración, talento o imaginación, sino horas concretas en las que una persona puede leer, pensar, corregir, destruir páginas y comenzar nuevamente.

Cuando un escritor dispone de una habitación en la que puede trabajar durante toda una mañana sin preocuparse por lo que ocurre fuera, alguien está haciendo posible esa concentración, aunque el escritor no lo mencione.

En las sociedades tradicionales, ese trabajo invisible recayó con frecuencia sobre las mujeres. Mientras los hombres podían presentar su dedicación a la literatura como una vocación excepcional, ellas se ocupaban de las tareas que mantenían funcionando la vida ordinaria.

Eso no significa que todas las esposas de escritores hayan desempeñado ese papel ni que todos los escritores hayan dependido de ellas. Tampoco significa que la literatura masculina deba explicarse únicamente a partir del trabajo doméstico femenino. La realidad es mucho más compleja.

Pero sí significa que la historia cultural debería preguntarse con mayor frecuencia quién sostuvo el tiempo del escritor.

Porque el tiempo que un autor dedica a una novela no existe aislado de las circunstancias materiales que lo rodean.

No se trata de quitarles a ellos lo que hicieron

Reconocer la importancia de estas mujeres no exige disminuir la grandeza de los escritores a los que acompañaron. García Márquez escribió Cien años de soledad. Nabokov escribió Lolita. Dostoievski escribió Los hermanos Karamázov. Tolstói escribió Guerra y paz. Delibes escribió Señora de rojo sobre fondo gris.

La autoría pertenece a ellos.

Lo que debe ampliarse es la historia que rodea esa autoría.

Una novela no nace solamente en la imaginación de quien la firma. Necesita papel, tiempo, dinero, tranquilidad, lectores, editores y, en muchos casos, una estructura familiar que permita al escritor dedicarse a ella. Durante determinadas etapas de la historia, una parte importante de esa estructura fue sostenida por mujeres.

Reconocerlo no convierte a esas mujeres en coautoras.

Las convierte en protagonistas de una historia que hasta ahora habíamos contado de manera incompleta.

Las mujeres que quedaron fuera de la portada

Cuando un lector abre Cien años de soledad, encuentra el nombre de Gabriel García Márquez. Cuando abre Lolita, encuentra el de Vladimir Nabokov. Cuando compra Guerra y paz, aparece León Tolstói. Es lógico: ellos escribieron esas obras.

Pero detrás de esas portadas existe una historia que no desaparece simplemente porque el nombre de una persona no figure en ellas.

Mercedes Barcha estuvo al lado de García Márquez cuando la familia atravesaba las dificultades económicas que acompañaron la escritura de Cien años de soledad. Véra Nabokova acompañó a Nabokov en prácticamente todas las dimensiones de su carrera y desempeñó un papel particularmente importante en la defensa y conservación de su obra. Anna Dostoievskaya pasó de ser taquígrafa a convertirse en administradora de la vida editorial y económica de uno de los grandes escritores rusos. Sofía Tolstáia dedicó incontables horas a trabajar sobre los manuscritos de Tolstói y a sostener la compleja estructura familiar en la que se desarrolló su obra. Katia Mann acompañó a Thomas Mann durante una vida familiar atravesada por el exilio. Ángeles de Castro fue una presencia fundamental en la vida de Miguel Delibes y terminó convertida en el centro de una de sus obras más íntimas.

No todas fueron iguales y no todas tuvieron la misma relación con la literatura. Algunas fueron colaboradoras directas; otras fueron sostén familiar; otras fueron lectoras y confidentes. Algunas tuvieron una relación feliz con sus maridos y otras vivieron conflictos profundos. Sería injusto convertirlas en una sola categoría.

Pero hay algo que las une: durante determinados períodos de sus vidas, contribuyeron a crear las condiciones en las que aquellos hombres pudieron dedicarse a una actividad que terminaría convirtiéndolos en figuras fundamentales de la literatura.

La historia que también merece ser contada

Quizá la historia de la literatura no necesite menos escritores, sino más contexto alrededor de ellos.

Necesitamos seguir leyendo a García Márquez, a Tolstói, a Dostoievski, a Nabokov, a Joyce y a Delibes. Sus obras pertenecen a la literatura por su propio valor y no necesitan ser reinterpretadas para disminuir su importancia.

Pero cuando volvemos a sus biografías, podemos mirar un poco más lejos del escritorio.

Podemos preguntarnos quién estaba allí cuando el dinero escaseaba, quién mecanografiaba los manuscritos, quién cuidaba a los hijos mientras el escritor trabajaba, quién se ocupaba de las cartas, quién acompañaba los viajes, quién defendía un libro ante un editor y quién, después de la muerte del autor, conservaba los papeles que podían haberse perdido.

Esa mirada no destruye el mito del escritor.

Lo humaniza.

Porque detrás de la figura del genio solitario aparece entonces una realidad mucho más interesante: la literatura como una actividad profundamente vinculada con la vida de quienes rodean al escritor.

Y entre todas esas historias, la de Mercedes Barcha ocupa un lugar especialmente poderoso. Cuando Gabriel García Márquez se encerró durante meses para escribir Cien años de soledad, todavía no sabía que estaba construyendo una de las novelas más importantes del siglo XX. Mercedes tampoco podía saberlo. Lo único que sabía era que había una familia que sostener y un hombre al que había decidido acompañar mientras perseguía una obra cuyo resultado nadie podía garantizar.

El mundo terminó reconociendo el nombre de García Márquez. La historia literaria lo convirtió en uno de sus grandes autores y Cien años de soledad pasó a formar parte del patrimonio universal de la literatura.

Mercedes permaneció durante décadas en un lugar diferente, mucho más discreto, pero inseparable de aquella historia.

Quizá por eso resulte necesario volver a mirar estas relaciones con otros ojos. No para reemplazar al escritor por la mujer que estuvo a su lado, ni para convertir una vida compartida en una explicación simplista de una obra. Se trata, sencillamente, de reconocer que la creación literaria también tiene una historia doméstica, económica y afectiva que durante demasiado tiempo quedó fuera del relato.

Las grandes obras llevan el nombre de quienes las escribieron. Pero alrededor de algunas de ellas existieron mujeres que hicieron posible que el escritor tuviera el tiempo, la estabilidad y la libertad necesarios para escribirlas.

Sus nombres no aparecen en la portada.

Eso no significa que no formen parte de la historia.

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José Daniel Figuera

José Daniel Figuera es escritor, profesor universitario y especialista en Literatura y Tecnología Educativa. Su obra se centra en la narrativa breve, y es autor del libro Holística y otros relatos. Actualmente se desempeña como director de la Editorial Bloghemia, desde donde promueve el talento emergente en la literatura hispanohablante, apostando por voces frescas y propuestas innovadoras.