En la época en la que el brillo azul de las pantallas competía con el brillo propio de cada persona, había un grupo de jóvenes rebeldes que se negaban a sucumbir a la constante presión de encajar en un estándar. Todos, a pesar de tener redes sociales y dispositivos electrónicos, hacían un uso más amplio que el del “scroll” infinito que muchas veces conlleva la posesión de dichos objetos, pues creían que todo el universo digital era un arma muy poderosa, que podían usar para instruirse e intentar fomentar algún tipo de cambio social.
Sin embargo, la práctica de este estilo de vida no era igual de fácil si pertenecías al segundo sexo, es decir, si eras mujer. Las chicas de aquel grupo, muchas veces sentían que no iban a la misma velocidad que el resto de miembros, ellas no solo tenían que luchar contra el exceso de dopamina producida por los videos cortos de las redes, o con no encajar en el molde de un adolescente prototípico. También, tenían que afrontarse a los cánones impuestos por el hecho de ser mujeres. Unos cánones que, debido al auge de las plataformas digitales, se habían visto incrementados de manera tan significativa, que muchas veces, incluso sin pretenderlo, les hacía dudar de su propia identidad.
El mensaje que se repetía continuamente de que, ellas no eran suficiente por si mismas, y que, en consecuencia era necesario comprar decenas de prendas, productos de maquillaje, belleza o cualquier cosa que les hiciese acercarse al prototipo de mujer ideal, y por lo tanto de validez, les hizo dejar de creer en su lucha e ideales. Con el tiempo se empezaron a alejar del grupo, y sus compañeros, al no darse cuenta de lo que estaba sucediendo, no pudieron hacer nada para impedirlo. Es de esta forma, como, debido a la constante presión que el sector femenino tuvo que soportar, estas revolucionarias se perdieron por el camino, y ya nunca podremos saber qué tan lejos hubiesen podido llegar.
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