Gustavo Pereira es uno de los poetas y escritores venezolanos más importantes de la historia de la literatura latinoamericana . Nacido el 7 de marzo de 1940 en Punta de Piedras, Isla de Margarita , este poeta, ensayista y crítico literario ha dejado una hermosa huella en la cultura venezolana. Fue elegido miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, donde asumió el honor de redactar el preámbulo de la actual Constitución de la República Bolivariana de Venezuela . Doctorado en Estudios Literarios en la Universidad de París (La Sorbona) , fundó el Departamento de Humanidades y Ciencias Sociales y el Centro de Investigaciones Socio-Humanísticas de la Universidad de Oriente . Su obra ha sido reconocida con numerosos galardones, entre ellos el Premio Nacional de Literatura de Venezuela (2001) y el Premio de Poesía José Lezama Lima otorgado por Casa de las Américas . En esta conversación, mantenida con los académicos Pedro Maita, Limber Salazar y Luis Manuel Galindo en la sede de las Librerías de Sur en Maturín, estado Monagas, Pereira reflexiona con profundidad sobre la educación universitaria, la poesía como herramienta emancipadora y el papel de la Universidad Bolivariana de Venezuela en el proceso revolucionario.
Pedro Maita, Limber Salazar y Luis Manuel Galindo: De acuerdo con el reglamento general de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV), lo que tradicionalmente conocemos como profesores universitarios son llamados “trabajadores académicos”. Usted, que ha tenido una amplia trayectoria en este oficio, ¿qué mensaje pudiera darnos a los que estamos en estos menesteres?
Gustavo Pereira: Aunque pareciera un eufemismo decir “trabajador académico” en vez de “profesor”, ello implica de suyo, me parece, una nueva y radical concepción del proceso educativo, una propuesta antijerárquica y anti magister dixit de la labor docente contraria a la tradición secular. Contraria, creo, en el sentido de verla convertida sobre todo en catalizadora de la imaginación juvenil, estimuladora del pensamiento reflexivo y la conciencia sensible. Su ejercicio debería marchar a la par de los cambios y transformaciones de las sociedades, tanto más si en estas se suceden revoluciones que pretenden, como es nuestro caso, refundar una república, enderezar lo torcido del vivir, construir un mundo de justicia y bienestar para todos, especialmente para las mayorías excluidas. Estos cambios, que deberían comenzar por la escuela, impedirían la proliferación de bachilleres con severos problemas de lectoescritura, lo cual significa, por supuesto, graves deficiencias en el ejercicio de la razón crítica y el poder creador.
Si los maestros, en vez de ser los carceleros a que parecen destinados por la burocracia y sus programas, se ocuparan fundamentalmente de enseñar a los niños a bien leer y escribir, a tomar la lectura como grato menester y no como castigo y a inculcar en ellos los valores esenciales que conforman las virtudes (confraternidad, honradez, dedicación, sensibilidad), tal vez las universidades dejarían de ser los grandes liceos que ahora son, ajenas además a sus propias raíces nacionales. En nuestro sistema educativo suele olvidarse que los seres humanos poseemos cinco tipos de inteligencia (la visual-espacial, la simbólica-lingüística, la lógica-matemática, la musical-rítmica y la corporal-kinestésica), y en él se privilegian una o dos de estas inteligencias desdeñando las otras. Y puesto que no todos somos aptos en la o las inteligencias privilegiadas, el aprendizaje puede transformarse en un martirio y la educación universitaria en simple mercado de licenciaturas.
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Me interesa →Durante las casi tres décadas que fungí como docente me consideré siempre un antiprofesor, en el sentido de rechazar la clásica y acostumbrada preceptiva pedagógica según la cual la clase magistral y los exámenes constituían el centro del proceso. Pensé y pienso que el único objetivo de una clase magistral debe ser la estimulación orientadora y creadora, porque la información está en los libros y en las computadoras. Estimular la curiosidad, la reflexión, el pensamiento creador y crítico, la disciplina y la dedicación es un deber primordial. A la par de ello –porque se trata de un proceso entre adultos– practicar la honestidad intelectual y la sensibilidad, porque no se puede emprender nada hermoso y útil sin ellas.

Entrevistadores: Existe una plena identificación entre la filosofía y las políticas de la UBV con el proyecto histórico de la revolución bolivariana. Decimos que la UBV debe ser un coadyuvante en el proceso de transición rumbo al socialismo bolivariano. ¿Cuál es su lectura de dicho proceso revolucionario hoy y cuál piensa usted que debe ser el papel de la UBV en todo esto?
Gustavo Pereira: Las revoluciones no son detonaciones celestiales ni un solo fuego artificial deslumbrador. Aunque el sentido de la palabra revolución parezca desmentirlo, son procesos largos y complejos porque las verdaderas revoluciones, al paso que labran justicia social, se dan en las conciencias y cambiar las conciencias requiere de muchos Sísifo y muchos Simón Bolívar, cambiarlas para bien, quiero decir, nutrirlas de valores armoniosos. Las universidades, si cumplieran su papel transformador, serían faros en estas nieblas, pero las carcomió la rutina y en ellas se entronizaron también sus vicios y antivalores. La UBV nació como una esperanza, pero esta solo pueden hacerla tangible los aportes de todos sus integrantes, no solo de sus autoridades o docentes.
Entrevistadores: Una categoría fundamental en la UBV es el concepto de formación integral. Lo percibimos en sus textos como un indagador de la sabiduría ancestral, el pensamiento occidental, el pensamiento oriental y la historia de todo el proceso de la primera independencia. En este contexto, ¿qué podría decirnos sobre dicho concepto para un pensamiento emancipador?
Gustavo Pereira: La formación integral es el ideal de todo proceso educativo que se respete. Fuimos educados en compartimientos estancos (el ingeniero a sus números, el médico a sus patologías, el humanista a sus libros, el músico a sus pentagramas), pero el ser humano está lejos de ser una línea recta, se nutre de mundos, palpita con la vida y la vida es la suma de sus componentes. Aprendamos de la naturaleza. La gota de agua puede ser y es H₂O, pero refleja el universo.
Entrevistadores: ¿Por qué le ha dado usted tanto peso al problema indígena, tema que ha sido tan despreciado por la academia?
Gustavo Pereira: Porque forma parte de nuestro ser venezolano, caribeño, latinoamericano. Como venezolano no puedo ignorar ese costado nuestro que no solo está allí, sino que representa otras dimensiones de la existencia, del pensar, del sentir, del convivir, del compartir. El coloniaje y su historiografía se propusieron sepultar nuestra indianidad en lo invisible, haciéndonos creer que las culturas indígenas venezolanas eran poco menos que desechables fantasmas del pasado, engendros desaparecidos de bárbaros nómadas y antropófagos, sin idiomas, sin religiones, sin ciencias ni artes (que llamaron dialectos, supersticiones, brujerías, artimañas). Así ocurrió con las culturas de los africanos esclavizados y sus descendientes, aquellas y estas hoy han sido visibilizadas y redignificadas por una revolución bolivariana que apenas ensaya sus primeros pasos. Hasta entonces solo nos conformaba y alimentaba, oficialmente, lo europeo, y se instituyó la figura del llamado descubrimiento como comienzo de nuestra historia, lo que equivalía a institucionalizar el vasallaje cultural y político al que rendimos vergonzosa pleitesía durante siglos. Todavía el autodesprecio, la autoinferiorización, la autoexclusión, forman parte de lo que nos metió en el alma la cultura hegemónica, primero europea española, después yanqui. Y su sistema educativo y sus medios de comunicación se encargaron y se encargan de hacerlo aún en nuestros días con rotunda efectividad. Y nosotros, por supuesto, nos rebelamos ante ello, porque como escribiera Bolívar: “Somos un pequeño género humano afincado en lo nuestro”.
Entrevistadores: Desde la poesía, como su modo de vida, ¿cuál piensa usted que debería ser el papel estelar de la poesía para la fundamentación de un pensamiento emancipador?
Gustavo Pereira: La función de la poesía es iluminar, revelar lo oculto, que es no pocas veces lo esencial. No estoy seguro de que esta función esté dirigida precisamente a un objetivo distinto a ese, aunque nadie hasta ahora ha intentado con éxito establecerle frontera o coto o vasallaje.
Entrevistadores: Parte de la huella que ha dejado la experiencia con usted en el día de ayer nos ha hecho plantearnos dos reflexiones: 1. Quien comprende la poesía en su plenitud siempre estará contra el poder y 2. La poesía estará siempre condenada a la lucha incesante, a cargar con muchas derrotas, pero nunca dejará de luchar. ¿Qué nos diría usted de todo esto?
Gustavo Pereira: El único poder ante el cual la poesía se inclina es el del amor, así los poetas hayan cantado y loado, a lo largo de la historia, a quienes detentan el poder político y el económico. Esto último no es más que simple constatación de la siempre viva e irremediable debilidad humana ante quien cree capaz de otorgarle lo que aspira, como lo probara el antiguo poeta griego Simónides de Ceos, de quien Píndaro llegó a decir que sus cantos tenían cara plateada. Nada tiene que ver esto con la poesía ni con la condición del poeta.
A propósito y viene a cuento con dispensa de la injusticia de toda generalización: ciertos poetas, intelectuales y artistas de derecha, y otros no menos pugnaces en sus frustraciones y rencores, acostumbran a acusar a los de izquierda de doblegarse ante el poder cuando este lo ejercen gobiernos progresistas o revolucionarios. Olvidan una cuestión esencial que en verdad parecen dos: ¿Qué significa doblegarse y ante cuál poder? Los gobernantes progresistas o revolucionarios han sido o son por lo general compañeros de lucha e ideales, cuando no, amigos de los poetas, artistas e intelectuales de izquierda y unos y otros saben que el grande y verdadero poder de nuestro tiempo, al cual los poetas, artistas e intelectuales de la derecha rinden culto secreto o descarado, es el económico, que es el mismo poder mediático y editorial, aliado o lacayo del mayor poder del mundo, el imperialismo. Y justamente es este poder el que paga sus honorarios, publica sus obras, los promociona en sus medios y los colma de bendiciones. Por tan elemental razón ese superpoder no es tocado ni con una sola gota de tinta por los abnegados defensores de “la libertad, la democracia y el mundo libre” que, con increíble desvergüenza, callan sus crímenes y tropelías, encubren sus miserias y aberraciones y cohonestan la falsificación de la verdad. Se nos dirá que los gobiernos de izquierda tienen el mismo derecho de hacerlo con los suyos y lo hacen, pero ¿se es verdaderamente de izquierda por cultivar la genuflexión y el asentimiento lacayo de la desvergüenza?
Entrevistadores: En su texto “La poesía es un caballo luminoso” usted hace una amplia, detallada y rigurosa indagación del concepto de poesía. Por otra parte, Noam Chomsky, en su texto Lingüística cartesiana (1966), le atribuye una singularidad a la poesía entre todas las artes y menciona entre otros lingüistas a Johann Gottfried Herder y, sobre todo, a August Wilhelm von Schlegel. Nos gustaría ponerlos en diálogo con usted. ¿Qué nos diría? Permítanos transcribir a Chomsky y a algunos de los autores citados por él:
“Schlegel apoyado en Rousseau y Herder describe el lenguaje como la creación más maravillosa de la capacidad poética humana”.
“El lenguaje es una poesía en constante estado de desarrollo, cambiante, jamás acabada, de toda la humanidad.”
“Dice Schlegel que la poesía tiene una situación única entre las artes; es la base de todas las demás y aparece como la forma artística fundamental y típica”.
Chomsky utiliza el término “poético” para referirse a:
“La cualidad de verdadera creación imaginativa en cualquiera de las artes (…) La poesía es única en el sentido de que su propio medio es ilimitado y libre; es decir, su medio, el lenguaje, es un sistema con ilimitadas posibilidades de imaginación en orden a la formación y expresión de ideas”.
Y finaliza Chomsky con una amplia cita de Schlegel, de la cual extraemos lo siguiente:
“El medio de la poesía es precisamente aquel por el que el espíritu humano llega verdaderamente a la comprensión. Sus ideas para la conexión arbitraria y para la expresión controlada llegan a ser la lengua. Por lo tanto no está atada a objetos, sino que crea su propio ser; es la fuerza que comprende todas las artes e igualmente el espíritu universal presente en ellas…”
Gustavo Pereira: No conozco la Lingüística cartesiana de Chomsky, a quien admiro profundamente, ni profeso ninguna simpatía por las gramáticas, ni siquiera por la única hermosa que conozco, la de Bello. Por lo general las categorizaciones sistemáticas y la poesía andan por distintos caminos aunque puedan encontrarse en uno intrincado pero natural: las estructuras del lenguaje. Comparto humildemente con Chomsky su caracterización de la poesía como fundamento de las artes pero confieso mi desapego e ignorancia en una materia en la que él fue un magistral innovador.
Entrevistadores: Si la poesía, como usted dice, ha escapado a las redes de la música, la lógica, la literatura, la cursilería, la estupidez, las mazmorras intelectuales. Continúa usted diciendo que todo aquello que lo humano manifiesta como soberana y sensitiva forma de conocimiento es y será la poesía. En este sentido, ¿contribuye la poesía a encontrar respuesta ante el derrumbe del absolutismo de la verdad científica? ¿Será que la poesía podría también ayudar a su hermana gemela, la ciencia, a librarse de su propia cárcel?
Gustavo Pereira: Para ambas interrogantes tengo una sola respuesta: ojalá. No obstante conservo la sospecha de que en este aspecto la ciencia parece más constreñida que la poesía, limitada como está por quienes financian sus investigaciones e intentan y no pocas veces logran domeñarla y utilizarla para sus propios fines bélicos y crematísticos. Los escritos de Albert Einstein en tal sentido constituyen dramáticas revelaciones y angustias.
Espantosa gramática
Mientras la enseñanza de nuestro idioma siga basándose en la gramática, el sistema educativo seguirá siendo un fracaso.
Para ser eficiente, la escuela, sobre todas las cosas, debe comenzar por enseñar al niño a bien expresarse.
“Se forman las cabezas por las lenguas”, decía Rousseau.
El buen uso del lenguaje deviene del buen uso de la razón, nunca de preceptos ni de reglas omnímodas.
Se preguntaba Ángel Rosenblat si no era inquietante y extraño que siendo la lengua el más admirable de los dones humanos, su enseñanza en escuelas y liceos se hubiera convertido en la más ingrata y fastidiosa de las asignaturas. Y proponía, desde la escuela, mucha, muchísima lectura, lectura oral, lectura comentada por el maestro o profesor, lectura explicada por el alumno, lectura en clase, lectura en casa, lectura de cuentos (alimento de la imaginación), lectura de leyendas, biografías, fábulas, chistes, anécdotas, episodios históricos, discursos, proclamas… Y mucha escritura, copia, redacción, composición (sobre temas libres o señalados), cartas de toda clase, resúmenes de cualquier tema, etcétera. Y junto con la lectura y escritura, habituar al alumno a expresarse con vivacidad, a pronunciar decorosamente, a enriquecer su lengua.
Quienes habiendo sido víctimas de la gramática se enemistaron desde las aulas escolares con la lectura… y con la escritura… no pueden, como docentes, sino transmitir autoritarismo o aburrimiento.
No puede enseñarse lo que se ignora ni puede estimularse lo que se desconoce.
Goethe le escribía a un amigo: “Aprovecha en paz la inmensa ventaja de no conocer la gramática alemana. Hace treinta años que trabajo para olvidarla”.
(Gustavo Pereira, “Cuentas”, 2007)
El dulce y fecundo placer de leer
Porfiada intuición ratificada con los años: al menos ni la televisión ni internet podrán acabar con el dulce y fecundo placer de leer.
Leer un libro, hojearlo, comenzarlo por donde se desee, repasarlo, consultarlo, escudriñarlo, marcarlo o dejarlo en el anaquel no es lo mismo que tenerlo ante una pantalla, por más nítida que sea la resolución en píxeles de esta.
Es probable que los libros cambien de formato, que la electrónica nos permita llevar en el bolsillo la biblioteca del Congreso de Washington y podamos leer el monitor de multisincronía como en hoja de papel. Independientemente de su forma, el libro tendrá larga vida.
Los libros posibilitan y avivan la reflexión, el establecimiento de relaciones cognitivas entre una realidad y otra, la puesta en marcha de los procesos cerebrales que permiten al individuo hacerse crítico y a la humanidad avanzar.
Todo lector es activo: piensa, medita, compara, examina, considera, especula, recapacita, sustancia, discurre. Tiene tiempo para tomar distancia.
No existe lector acrítico.
Por el contrario, todo espectador suele ser inactivo: recibe, acepta, soporta, sobrelleva, permite, se resigna. Las imágenes en la pantalla transcurren como en un universo provisorio, pasajero, efímero.
Notas al pie
¹ El magister dixit (“el maestro lo ha dicho”) es una expresión latina que se utilizaba en la escolástica para referirse a la autoridad incuestionable del maestro o de Aristóteles.
² Simónides de Ceos (c. 556-468 a.C.) fue un poeta lírico griego, conocido por sus epinicios y elegías. Píndaro (c. 518-438 a.C.) fue otro de los grandes poetas líricos de la antigua Grecia.
³ Andrés Bello (1781-1865) fue un humanista, filólogo, educador y poeta venezolano-chileno, autor de la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847).
⁴ Ángel Rosenblat (1902-1984) fue un filólogo y lingüista argentino-venezolano, discípulo de Pedro Henríquez Ureña, destacado por sus estudios sobre el español en América.
⁵ Pereira fue elegido miembro de la Asamblea Nacional Constituyente en 1999 y redactó el preámbulo de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela .
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