Ver por la ventana durante el atardecer, ver a los colores solares que se descomponen en amarillos, en rojizos, pero principalmente en anaranjados, sentir sobre la piel de la mano ese calor añejo, como si el astro lamiera con su tibia lengua tu palma. Ese atardecer anaranjado, me hace reconectar con memorias de distintas etapas de vida, pareciera que el color del sol se hiciera un vehículo melancólico que me invita a navegar por el inframundo de mis memorias.
Ver esos atardeceres anaranjados que no todas las tardes están presentes, se ha convertido en un acto de resistencia contra la esfera de lo productivo; la melancolía que ese sol declinante me genera no solo es una invitación, sino una imposición hacia la reflexión y la contemplación no del horizonte natural en sí, sino de ese horizonte memorioso dentro de mí.
Y es que es increíble la cantidad de elementos cotidianos que tienen la capacidad de convertirse en portales emocionales hacia otros tiempos y experiencias, basta con abrir un cajón y clavar la vista en un objeto para lograr entender y recordar la historia que lo llevó hasta tus ojos en el presente, en mi caso, esos atardeceres son un recordatorio del paso de la vida sobre mis años.
Hablando con amigos y estando dentro de ciertas conversaciones en redes sociales, me he dado cuenta de que hay una generación de jóvenes sumamente melancólicos, como si esa melancolía fuese algo natural en la sangre; una generación de jóvenes que busca siempre reconectar con un pasado pastiche que jamás vivieron pero que recuerdan con profunda nostalgia. La cantidad de películas y series contemporáneas pero ambientadas en los 80, o la música que retoma elementos del retro de esas décadas, es asombrosa, parece que existe una necesidad de buscar un sentido y estética en espacios y tiempos pasados que fundamenten el presente, pues la actualidad que tenemos por sí sola, se muestra vacía, con instituciones sociales y conceptos en crisis que transformaron sus promesas del siglo pasado, en deudas: sin pensiones, con el regreso de fascismos y extremismos, con democracias en jaque, con la clase media/baja defendiendo y admirando al 1% de los acumuladores de la riqueza global, y con un sistema económico que se sostiene sobre la desigualdad del mundo.
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Me interesa →Esa melancolía transformada en estética y cultura permite reinventar el pasado al antojo de los cadáveres que habitan el presente y es que la memoria se hace un artefacto para inventar ficciones. Esa capacidad creativa de invención puesta al servicio de la industria cultural, es lo que arroja producciones de todo tipo que hacen de la melancolía contemplativa, resistente y reflexiva, un producto del capital explotable; lamentablemente, muchas de esas producciones son buenas y disfrutables, ¿Deberíamos seguir resistiendo o ceder a las buenas historias pastiche que se nos presentan?
Por sí misma la melancolía puede llegar a ser incapacitante para la acción política, de hecho, así se ha demostrado hasta ahora, no hay un movimiento de melancólicos rebeldes pues la tendencia de ese estado existencial es la regresión pasiva hacia el pasado por sentido de pertenencia. Este sentido de pertenencia negado por lo contemporáneo se ha desplazado no espacial, sino temporalmente, las personas al no encontrar valor simbólico e identitario en este tiempo suelen arrancarse del mismo a través de experiencias que los reconectan con sitios y tiempos en los que ese valor sí existía, quizá es por eso mismo que una cantidad sorprendente de adultos jóvenes sean compradores activos de juegos y juguetes.
Defiendo a la melancolía como resistencia no por su capacidad de acción política en un sentido militante, sino por su capacidad de resignificar y encontrar verdades ocultas que se perdieron en el pasado. Cuando uno recuerda se narra a sí mismo una historia, el acto de narrar es político en tanto significa y da significado al mundo, este acto es sumamente poderoso pues tiene la capacidad de ficcionalizar una verdad, lo cual no es necesariamente malo, al final de todo, las personas sostenemos sentidos colectivos y subjetivos a través de historias, una historia, por naturaleza, llena los vacíos de la realidad con invenciones.
Así, la melancolía se hace un instrumento para la recuperación de los sentidos. Defiendo a la melancolía como resistencia al aventurarme a sugerir que cuando el pasado se haga refugio insuficiente para los seres melancólicos, quizá el presente se transforme en espacio de acción política cuyo propósito sea dotar al territorio y tiempo de un sentido real y no vacío, no a través de pastiches producidos por la industria cultural, sino con la irrupción total del sentido perdido que rompe sentidos mediáticos espectaculares.
Existe un mitema común a diversas culturas antiguas, entre ella la egipcia y la mexica, este mitema es la constante del relato del sol que muere al anochecer y que renace otra vez cuando amanece. En estos relatos, el astro identificado con un dios solar al desaparecer en el horizonte viaja al inframundo y coexiste con los muertos como un igual; sin embargo, este dios derrota a la muerte y vuelve a la vida cuando amanece, dando prueba de la resurrección y de la vida eterna. Este mito es una narración que articulaba verdades, moral y creencias de una cultura, el inframundo y el equivalente a los paraísos de esas sociedades estaban anclados íntimamente a esa clase de relatos.
Esta narración arquetípica funciona como metáfora a la visión del atardecer de la que hablo y es que la figura del sol al ser un símbolo tan cargado de antiguo significado humano, es una entidad que no nos puede dejar indiferentes al reflexionar un poco en torno a su presencia. Es probable que la mayor parte del día demos a nuestra estrella por hecho, al final de todo, el sol ya no es objeto de adoración en las sociedades, modernas, posmodernas o posindustriales; la presencia del sol en nuestra vida se ha reducido a cuánto molesta a los ojos su paso por el cielo a lo largo del día, o en el mejor de los casos, el sol es usado como un elemento más que ayuda a organizar las jornadas laborales capitalistas y agrarias; pero lo cierto es que como al inicio del párrafo se menciona, cuando hacemos un esfuerzo de reflexión profundo acerca del sol, o de cualquier otra fuerza fuera del control humano, nos percatamos de que en esencia, si esas maravillas fueron objeto de adoración antigua, fue por ser entidades que se asociaban con poderes más allá de lo humano.
Esas fuerzas sobrehumanas se representaban por personas en rituales y ceremonias con múltiples finalidades comunitarias, al representar la persona disolvía su identidad hasta ceder su ser a la fuerza personificada —posesión—; hoy en día, extensos ritos y significados se han perdido para siempre, pero la necesidad de personificar para significar continúa presente, aunque aquello representado haya dejado de tener un sentido natural o divino y sea más bien, la representación de un rol repetitivo, académico, laboral, etc.
Se debe de tener claridad sobre el hecho de que un ritual comunitario tiene el objetivo de crear lazos con otros y de establecer, reforzar y heredar códigos compartidos, pero cuando hablamos de una época en la que el sentido comunitario ha sido erosionado por el capital (las tendencias, la hiperproductividad, el teletrabajo/tele educación y la especialización laboral), los ritos se abandonan a la repetición y son descargados de su simbolismo colectivo; de esta forma, cuando intentamos personificar fuerzas arcanas como el sol, lejos de entrar en un sistema comunitario, entramos en una melancolía individualizante que nos transporta a un inframundo memorioso personal; si el sentido no está en el territorio ni en la comunidad actual, se encuentra en el pasado muchas veces idealizado.
Cuando miro un atardecer, el conflicto simbólico/existencial de personificar sin pertenecer, me arroja a través de la melancolía a un momento de antaño que remotamente me brinda un sentido personal. El espectáculo anaranjado vespertino no me deja indiferente, la melancolía surge no por el espectro cromático sin duda hermoso, sino por el recuerdo de estar completo en un pasado, lleno de sentido, integral, casi paradisiaco.
El fenómeno del sol anaranjado como umbral al pasado explotó recientemente en internet a través de imágenes y textos sencillos presentes en redes sociales, la constante en las personas que comparten estas publicaciones es la misma: recuerdos de una época escolar pasada vistos con el tono de la melancolía. Fue cuando miré estas publicaciones que me percaté de que no estaba solo en esa experiencia, sino que formaba parte de toda una generación desvinculada de sí misma, esos que en un pasado hubiéramos compartido códigos y rituales de significación, hoy nos sentíamos solos y melancólicos en la masa digital anónima.
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