No qué, no cómo, sino quién. Por Franco Berardi

Hace un mes las elecciones chilenas premiaron a un admirador de Pinochet, cuya familia emigró de Alemania tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Si se necesitaba una prueba definitiva, ese día la tuvimos: la estrella de Hitler brilla en el cielo del siglo XXI. El nombre de Hitler es impronunciable para los nazis de nuestro tiempo, porque, como dijo Anders Breivik en su 2083: An European Declaration of Independence (2011), el Führer se equivocó de enemigo, atacando a los judíos en lugar de a todos los demás. Además, los nazis contemporáneos no le perdonan la derrota, aunque ya no hay duda de que fue el precursor de la agresión blanca que hoy está en pleno apogeo. El estallido chileno de octubre de 2019 nos llevó a pensar que aún era posible derrocar el régimen nazi-liberal instaurado el 11 de septiembre de 1973 por Augusto Pinochet en el marco de la contrarrevolución global iniciada por Margaret Thatcher, como cuenta Pablo Larraín en la película El Conde, en la que Pinochet es la reencarnación del supremacismo sanguinario que prolifera hoy en día.

El estallido del otoño de 2019 abrió un vacío que la izquierda chilena pensó que podría llenar con una nueva carta constitucional. Un conmovedor intento de contraponer la razón a la fuerza en una época en la que la única ley es la de la ferocidad clasista, racista y nacionalista. Luego llegó la Covid-19 y, como las desgracias nunca vienen solas, el referéndum constitucional chileno rechazó el intento de abolir la constitución pinochetista. De todas las señales de desgracia que parpadean en el cielo de esta década, la que llega de Chile es la más sombría, porque nos obliga a comprender que no existe una salida democrática del abismo del nacional-liberalismo.

En 2019 todavía estábamos en el mundo intermedio, la lucha entre la democracia liberal y el nacional-liberalismo trump-putinista no había terminado y las instituciones del Estado de derecho y los logros del movimiento obrero aún no habían sido completamente eliminados. Luego llegó la pandemia para recodificar la relación entre los cuerpos, llegó la guerra para borrar el derecho internacional y rápidamente entramos en el nuevo mundo. Y aquí estamos.

El genocidio al que se dedicaron con disciplina y diligencia los alemanes en la década posterior a 1933 se ha convertido en la misión principal de Israel, que ha perfeccionado las técnicas destinadas a la eliminación de todo un pueblo.

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Hacia la guerra civil

El año 2025 ha sancionado el establecimiento declarado de un orden en el que el ejercicio de la fuerza es la única fuente de un orden arbitrario en el que la civilización blanca se defiende con las armas del exterminio, como si el exterminio permitiera la supervivencia eterna de un cuerpo senil y demente destinado a desaparecer. El genocidio que Israel lleva dos años perpetrando es el paso hacia la eliminación de todo orden ético, político y jurídico. Después de Gaza, el genocidio es la norma en las relaciones entre las poblaciones, entre las mayorías y las minorías étnicas, entre las clases sociales dominantes y las masas excluidas. Después de Gaza, y tras el establecimiento de una organización hipercolonial de tipo mafioso en el gobierno de los Estados Unidos, el genocidio es un programa sistémico de gobierno: la multiplicación de guerras de exterminio, la retirada de fondos a los programas de apoyo a la alimentación y la salud, la violación de cualquier norma, por tímida que sea, de regulación de las emisiones marcan la normalización del genocidio y la anulación de facto de los acuerdos de París convierten el genocidio en una técnica de regulación de la población mundial.

En 1957 el psicólogo Leo Festinger habló de disonancia cognitiva para definir la dolorosa y frustrante contradicción entre la realidad y las categorías de que disponemos para interpretarla y guiar nuestra acción. La disonancia cognitiva es el modo de definir la condición de quienes hoy siguen creyendo que todavía existen las normas éticas y jurídicas, que definían la democracia y el derecho internacional. Es cierto que todavía están escritas en algún papel, pero se trata solo de ilusiones que nos impiden tomar conciencia de lo que nos está sucediendo. En Estados Unidos, el racismo sistémico se ha convertido en una guerra de agresión contra la sociedad. Los Black Panthers vuelven a tomar las armas y mientras tanto se perfila una situación en la que las autoridades locales se oponen mediante la fuerza al uso de la fuerza por parte de las brigadas de la ICE. En Minnesota, el procesamiento del gobernador Tim Walz marca el inicio de un enfrentamiento entre poderes, que técnicamente puede definirse como guerra civil. Una cosa que debemos recordar es que el fascismo no se agota sin guerra: el fascismo de hecho provoca crisis, colapsos, precipicios de violencia y miseria, pero todos estos procesos lo alimentan. Solo la guerra y la destrucción pueden agotar sus energías, como ocurrió en el siglo pasado.

No los fines, sino el código generativo

En El intercambio simbólico y la muerte (L’échange symbolique et la mort, París, 1976), libro que marca el surgimiento de la conciencia poshistórica, Jean Baudrillard escribe:

“Todo el sistema cae en la indeterminación, toda la realidad es absorbida por la hiperrealidad del código y la simulación. Es el principio de simulación el que nos gobierna y no el principio de realidad. Los fines han desaparecido: son los modelos los que nos generan.”

Debemos liberarnos de la convicción de que la acción humana puede sustraerse al principio generativo e imponer sus fines conscientes. La inteligencia automática ha evacuado la conciencia, porque solo así puede optimizar su funcionamiento. También debemos liberarnos de la convicción de que la historia avanza según una línea progresiva. El progreso ha sido un fenómeno delimitado en el tiempo y en el espacio, indisociable de la expansión capitalista. Ahora la expansión ha terminado y con ella también termina la posibilidad de un progreso civil, que estaba ligado a la alianza conflictiva entre la burguesía industrial y la clase obrera. La burguesía ha sido barrida por una clase lumpen-mafiosa, que se ha apoderado del producto de la inteligencia técnico-científica y lo utiliza para el chantaje y el exterminio. La clase obrera se ha transformado en una inmensa extensión de tiempo disponible para la explotación salarial y, cada vez más, esclavista. Las condiciones de trabajo (precariedad, aislamiento, virtualización) han dificultado, si no imposibilitado, tanto el consabido proceso de recomposición como la formación de una subjetividad autónoma y conflictiva. El trabajo cognitivo nunca ha logrado dotarse de formas de organización autónoma y ha sido penetrado por los automatismos que constituyen el Leviatán Abstracto que domina (inervándola) la actividad colectiva.

Hemos entrado en la era de la regresión en la que la acumulación de capital solo es posible a costa de la devastación definitiva del planeta: el genocidio se convierte en la regulación de las poblaciones por parte de la minoría blanca senescente, demente e hiperarmada, que se identifica con el autómata generativo. La relación del Autómata con el cuerpo vivo de la Tierra y de los seres humanos es la guerra. No habrá un contraataque de la izquierda. La izquierda ya no existe, es un residuo minúsculo e irrelevante. Pero ello no significa en absoluto que vaya a haber estabilidad en el régimen trump-putinista. El nacionalismo nunca trae paz ni estabilidad. Solo guerra. La guerra prolifera por los cuatro rincones del mundo, pero está destinada a extenderse y a aumentar en intensidad. Está destinada a llegar a Europa y aquí no será una guerra convencional. La experiencia nos ha demostrado que la locura agresiva no se desarma ni se desvía hasta que no ha producido todos los efectos destructivos que lleva consigo. Ante sus fracasos, ante sus catastróficas consecuencias, el fascismo aumenta la intensidad de la violencia hasta que agota la energía demencial que lo anima. Esta es la perspectiva frente a la que tenemos que prepararnos.

La guerra en Europa

El trump-putinismo se está preparando para atacar a Europa, porque la Unión Europea está dirigida por una clase política que, por un lado, es aliada de Trump y Putin y, por otro, ha vinculado su supervivencia (y la supervivencia de lo que queda del fetiche de la democracia liberal) a la guerra contra Putin (pero, en realidad, inevitablemente, también contra Trump). Hasta ahora, los europeos han fingido no entender que Estados Unidos es el principal enemigo y han seguido diciendo: armémonos contra Rusia y compremos armas a Estados Unidos, como si no supieran que Estados Unidos ha elegido una alianza estratégica con Rusia contra el sur del mundo. La guerra interblanca, iniciada en febrero de 2022, cambió de naturaleza en el momento en que Jack Vance y Donald Trump tomaron las riendas de la maquinaria bélica occidental y decidieron repartirse Ucrania con los rusos, relegando a la Unión Europea a una posición de total marginalidad.

La ofensiva que el gobierno estadounidense ha lanzado contra Groenlandia tiene un carácter definitivo. La OTAN es un perro muerto, pero es un perro superarmado. Europa será probablemente (como lo fue en el pasado) el campo decisivo de la contienda. Pero si entonces las potencias europeas en conflicto eran los principales actores, hoy la Unión se verá arrastrada a una guerra que no ha previsto, que no ha elegido y que no puede ganar. La guerra que se prepara en Europa difícilmente será una guerra convencional. Después de Stalingrado, los rusos no tienen intención de reabrir el conflicto con Alemania sin llegar a las últimas consecuencias. Es muy probable que lo que se está preparando en Moscú y Berlín sea la desaparición definitiva de la civilización y Europa promete ser el escenario de la contienda armada en la que el trumpismo-putinismo conquiste el dominio del norte del mundo a la espera del enfrentamiento con China y con el sur del mundo.

La guerra y la revolución han sido protagonistas de la historia del siglo pasado. El capital invertía en armamento, creaba y financiaba bandas de desequilibrados y fanáticos, y los armaba para atacar a los trabajadores en huelga y luego prepararse para la guerra contra otros desequilibrados y fanáticos armados por otros amos al otro lado de la frontera. El nacionalismo siempre ha sido el combustible de la guerra. Ahora el nacionalismo está en auge en todos los países de Europa y del mundo, pero esto no podrá tener las consecuencias que conocimos a finales la década de 1930. Hoy en día, el poder destructivo se ha multiplicado por cien. Además, a diferencia de 1939, el nazismo está a ambos lados de la frontera.

Toda persona dotada de pensamiento y sentimiento se pregunta hoy: ¿qué podemos hacer para salir de este infierno? Muchos responderían: no nos queda más remedio que retomar el camino de la revolución. Pero luego se preguntarán: ¿cómo podemos hacer lo que tenemos que hacer? La respuesta no puede ser la que habríamos dado hace cincuenta o cien años. En el siglo pasado, la revolución fue en algunos casos el antídoto eficaz contra la guerra. En otros casos (más frecuentes) fue la consecuencia de la guerra. Pero, ¿existe todavía la posibilidad de pensar y hacer la revolución? En sus escritos más recientes, Maurizio Lazzarato sostiene que la impotencia de la sociedad se debe al hecho de que hemos dejado de pensar en la relación entre la guerra y la posibilidad de la revolución.

Su tesis es interesante y, en cierta medida, compartible, pero pasa por alto el hecho de que hemos dejado de pensar en la posibilidad de la revolución, porque hemos comprendido (o al menos intuido) que ya no existe una clase social capaz de la unidad necesaria para iniciar el proceso insurreccional y llevarlo a su conclusión revolucionaria. El problema no es qué debemos hacer, ni cómo debemos hacerlo. La pregunta es: ¿quién puede iniciar, organizar y llevar a cabo un proceso revolucionario? Y la respuesta, en este momento, es: nadie. La clase obrera fue el motor social, que en el siglo pasado supo aglutinar a su alrededor las energías necesarias para combatir y derrotar al nazismo. Pero las condiciones técnicas, organizativas, proxémicas y psíquicas, que permitieron organizar a los trabajadores y trabajadoras en la clase obrera y transformar a esta en fuerza de resistencia ya no existen. Y no es concebible que puedan reconstituirse.

Con esto no quiero decir que debamos aceptar la prepotencia y la violencia de los asesinos, que pueblan el planeta. Al contrario, como está haciendo la población de Minneapolis, que se opone a las bandas racistas con todos los medios a su alcance, debemos defender cada espacio vital. Pero es necesario abandonar la ilusión política de la revolución, liberarnos de la disonancia cognitiva y sintonizar con el siglo XXI. Debemos desertar de la guerra y preparar la defensa de cada espacio social que queda, aunque sepamos que la mayoría de las veces perderemos. El regreso de la estrella de Hitler al cielo occidental coincide con la movilización a escala mundial de la raza blanca en declive, senil y demente: esta movilización coincide en todas partes con la guerra. Y esta guerra terminará con una catástrofe mucho mayor que cualquier catástrofe que recordemos.

La extinción de la humanidad es el horizonte probable del siglo XXI.

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Franco “Bifo” Berardi

Franco “Bifo” Berardi

Franco “Bifo” Berardi (Bolonia, 1949) es un filósofo, teórico y activista italiano, figura clave del movimiento autonomista. Se graduó en Estética y participó activamente en el movimiento estudiantil de 1968 en Italia, donde cofundó la mítica Radio Alice y colaboró en la revista A/traverso. Su obra se centra en el impacto de los medios de comunicación y las tecnologías de la información en el capitalismo posindustrial, abordando temas como la psicopatología de la sociedad contemporánea, la infelicidad en la era digital y la relación entre tecnología y subjetividad.