Rituales, roles y repetición: una lectura contemporánea de los rituales/relatos arquetípicos

¿En qué piensas cuando escuchas la palabra “ritual”? Es probable que la carga simbólica de ese concepto te transporte hasta tiempos primitivos o míticos, en los que las sociedades antiguas realizaban prácticas que asociaban con la generación de abundancia, la mitigación de escasez, la fertilidad, la buena caza, etcétera. No obstante, los rituales, al ser prácticas culturales a las que llenamos de significado, están insertos en nuestro cotidiano.


Solo piensa un poco en tu día a día: te lavas los dientes antes de ir a la escuela o al trabajo, tomas agua cada ciertas horas para funcionar correctamente, llamas a tu madre ciertos días de la semana para garantizar que esté bien, haces ejercicio antes de comenzar o al finalizar tu día, bailas con alguien para tratar de generar algún vínculo, tomas medicamentos permanentes para evitar morir.


Los anteriores son ejemplos de rituales que el ser humano moderno sigue y que si bien, nada tienen que ver con dioses o energías arcanas, su práctica repetitiva y casi sagrada sostiene el balance y flujo de tu vida; suspender uno de esos rituales por enfermedad, falta de tiempo o escasez, genera una especie de ansiedad o vacío por no haber cumplido con la totalidad de tus rituales cotidianos.

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Lo que antes era sagrado, hoy se presenta aséptico, aparentemente descargado de contenido y de simbolismo. Los rituales ya no suelen conectar con órdenes superiores de la existencia, sino con el cotidiano y con uno mismo. Los filósofos Guy Debord y Jean Baudrillard respectivamente, van a considerar a este estadio cultural de la humanidad, como la era del espectáculo y de los simulacros. Lo interesante es observar como, a pesar de lo deslactosados que se nos presentan ciertos rituales, el ser humano requiere de la repetición de los mismos para darle estructura a su vida.


La crisis ontológica de identidades, sentidos y esquemas éticos que se ve desde el nivel personal, hasta el político y civilizatorio, en buena medida está asociado con la desacralización ritual de espacios materiales y psíquicos que hoy se nos presentan como mundanos. Una guerra ya no es un evento sacro, sino un espectáculo mediático. Un proceso de paz no es un acercamiento cultural, sino una apertura de mercado.
Un ritual, en esencia, es una práctica cultural y código compartido en el que para una causa, hay una consecuencia; contrario a lo que se puede pensar, la repetición ritual es una manifestación de razonamiento aunque la asociación entre la causa y consecuencia no sea del todo correcta o “científica”.
Imagina que al salir de casa tienes dos caminos posibles que puedes tomar para llegar a tu destino. Te has percatado de que cuando tomas el camino de la derecha, ha habido inconvenientes, contratiempos o problemas: el camión no pasa, perdiste dinero, te peleaste con alguien. Mientras que cuando tomas el camino de la izquierda, esos inconvenientes no están e incluso este pensamiento se refuerza cuando notas que es el camino que un conocido tuyo también toma.


Naturalmente, tu ritual será evitar en la medida de lo posible el camino de la derecha y tomar el camino de la izquierda. Si bien, científicamente se podría decir que ambas circunstancias han sido solo probabilidades y no condiciones permanentes inherentes a la naturaleza de los espacios; en tu entendimiento racional y simbólico, has asociado con la práctica a una causa y una consecuencia; esto podrá no ser científico, pero sí racional para ti, todo lo anterior es un síntoma de pensamiento complejo. Esto trasladado a nivel cultural nos hace pensar que las sociedades con rituales mágicos y mitológicos, eran y son tan pensantes y racionales como la nuestras.

Lo que antes era sagrado, hoy se presenta aséptico, aparentemente descargado de contenido y de simbolismo.


Traslademos el ejemplo anterior a sistemas simbólicos más complejos. La magia ritual, las ceremonias y prácticas sacras de sociedades antiguas, sostenían y conectaban al mundo espiritual y terrenal, esas prácticas le daban balance. Así, la fertilidad de la tierra, el éxito en la guerra, la salida del sol y los ciclos naturales, dependían finamente de rituales sagrados y lógicos en los que para cada causa, existía una consecuencia. Las prácticas sagradas, por más “barbáricas” que hoy en día puedan resultar, eran una forma de sostener el balance de ese orden. Sistemas políticos, económicos y sociales completos, dependían de ese balance con los órdenes superiores.


Los rituales son una forma de narración. Un ritual es una experiencia cíclica que narra al mundo y que nos narra a nosotros. Los rituales ponen en evidencia una circunstancia humana clave: desde tiempos prehistóricos tenemos la necesidad y facultad de narrar el mundo natural y psíquico que nos circunde. Narrar es ordenar, dar sentido, estructura y jerarquía simbólica a las cosas y fenómenos naturales y sociales; la ciencia misma, es imposible de concebirse sin la mediación de la narrativa y la narrativa, no se limita al artefacto del habla y la escritura. La tecnología de la escritura como fenómeno social democratizado es sumamente moderno; sin embargo, el ser humano siempre ha narrado: el baile, las pinturas rupestres y la música, son prueba de ello.


Los grandes relatos de los que Lyotard hablaba, son dispositivos narrativos dadores de sentido, que articulan identidades y crean códigos culturales compartidos. Mitos, creencias arraigadas, religiones e ideologías son ejemplos de grandes relatos; todos estos grandes relatos culturales, son acompañados de sus propios rituales narrativos y cíclicos.


Piensa en la vigencia cultural de los grandes relatos de la siguiente forma: el fascismo político del siglo XX fue posible debido a códigos sociales compartidos y la performatividad ritual que se veía en las enormes masas civiles y electorales congregadas en un espacio de forma repetida a través del tiempo político. El fascismo era una forma de ritual político y de enlazamiento y mimetización de códigos. Estos rituales se replicaron en las comunidades, en las familias y en los sujetos que miraban en este gran relato político, a una certeza superior al individuo, superior a la comunidad y al país: una idea que conectaba con el mundo superior, en este caso ideológico. La necesidad humana de certeza, se evidencia, se puede convertir en control.


En el ejemplo anterior, hay tres elementos clave: En primer lugar, la importancia que tienen los roles y la repetición para el ejercicio ritual. En la antigüedad los roles asignados a cada persona o sector, personificaban a los dioses, a los sacerdotes, a los seres primordiales, al sacrificio, a los elementos. En la modernidad, estos roles personifican políticamente al pueblo como gran familia, al electorado como hijos y al líder como padre. En segundo lugar, está la importancia de las certezas que los grandes relatos y los rituales ofrecen a los participantes de estos.

El fascismo era una forma de ritual político y de enlazamiento y mimetización de códigos.


Propongo que la búsqueda de certezas es un condicionamiento biológico que se sublimó en la cultura. Las especies de homínidos que antecedieron en la cadena al Homo sapiens y el Homo sapiens mismo, inició su carrera en algún lugar de la cadena alimenticia, pero no en la cabeza de la misma, lo que significa que fue un animal depredado. De ahí que la búsqueda a algo mayor a uno mismo, fuese una condición de necesidad; vivir en agrupaciones, significaba sobrevivir.


Durante el desarrollo no lineal que los homínidos tuvieron, en algún momento esa búsqueda de certezas de algo mayor transmutó con las prácticas y códigos culturales que naturalmente tuvieron lugar durante la convivencia generacional prolongada. La búsqueda de certezas, ya no solo era en la agrupación de congéneres, sino en la idea de un orden superior y trascendencia. Los ritos sacros primitivos, los entierros funerarios prehistóricos y las pinturas rupestres, son evidencia de este proceso ritual y rizomático de la creencia de que algo más allá y más complejo que el ser humano y la tribu, existía.


Es en este punto que me detengo. Los rituales como prácticas compartidas, es una constante que se repite en prácticamente toda agrupación humana existente. La convivencia genera códigos, jerarquías, comunicación y organización y a pesar de que cada cultura tiene sus particulares códigos, creencias y ceremonias, lo cierto es que es asombroso estudiar las similitudes ritualistas y narrativas que existen entre una y otra cultura sin importar la distancia espaciotemporal que hay entre ellas.


Bajo el supuesto de que un ritual, es una narración, la pregunta clave es: ¿por qué narramos como narramos? La respuesta a esto la podría brindar la teoría del arquetipo de C.G. Jung, precedida por George Frazer y continuada por Joseph Campbell. Un arquetipo, se podría definir de forma sencilla, como una estructura de representación e interpretación del mundo y sus ciclos. Un arquetipo no debería ser comprendido como un fenómeno aislado o idea, sino como una condición predeterminada en el pensamiento humano… casi como un código de fábrica con el que el cerebro llega al mundo.

La búsqueda de certezas, ya no solo era en la agrupación de congéneres, sino en la idea de un orden superior y trascendencia.


Las estructuras narrativas arquetípicas hacen referencia a una forma primitiva de ordenar al mundo material y psíquico, estas narraciones arquetípicas, mágicas y mitológicas, son expresiones de la condición humana y su inclinación a mirar al universo en sus tensiones, fuerzas primordiales, fenómenos naturales y balances,: Al caos se le contrapone el orden. Al amor se le contrapone el odio. A la vida se le contrapone la muerte. A la guerra se le contrapone la paz. Es una estructura simbólica tan sencilla como compleja y la forma de conciliación es entender que para la existencia de una fuerza primordial, se requiere la existencia de su opuesto. Las narrativas arquetípicas humanas que explican al mundo son una forma humana de narrarse a sí mismos. El ser humano es espejo del universo y narra lo similar a él.


Las narraciones arquetípicas personifican y asignan un rol determinado a una fuerza primordial: Los hermanos que se pelean a muerte, el padre que devora al hijo, el astro que vence a las tinieblas, el dios que vence a la muerte, la diosa virgen que da a luz. El ser humano intenta mediar entre el orden terrenal y astral para darle balance. Los relatos mágicos y míticos antiguos, poseen similitudes extraordinarias con relatos contemporáneos vistos en televisión, internet y cine.


Lo anterior manifiesta que la humanidad posee una estructura narrativa arquetípica que nada tiene que ver con lo avanzada y tecnologizada que sea una civilización. El ser humano podrá salir a la conquista de otros sistemas estelares dentro de cientos o miles de años y es muy probable que continué creyendo en sus propios mitos y grandes relatos arquetípicos. Esto se explica, en gran medida, con la herida ontológica de no querer saberse aislado y de preferir pensar que algo mayor a uno mismo existe: Dios o dioses, la ciencia precisa, ideologías utópicas, el nihilismo tan dador de sentido en su sinsentido.

Atravesamos un momento clave para la humanidad que es la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en el grueso cultural. La Inteligencia Artificial es la promesa de revolución cultural y el aparente triunfo de la razón instrumental desmitologizada por sobre los mitos. A pesar de lo anterior, en la práctica cultural, estamos comenzando a dotar a esta herramienta de características míticas. Los modelos amplios de lenguaje, como oráculos mágicos, ofrecen una respuesta a cada pregunta realizada por el usuario; a cada duda existencial, la IA ofrece un cierre momentáneo de la herida ontológica. Esta herramienta a pesar de tener su origen en el núcleo de la revolución tecno científica e informática, no se desancla de los relatos y ritos arquetípicos, y en la práctica y relación cultural que la humanidad tiene con ella, esto de deja ver.
Poco importa que la IA ofrezca respuestas verdaderas o falsas, lo que importa es que ella ofrece certezas y toma el lugar narrativo de gran relato al que el ser humano se acerca en búsqueda de certezas para creer en algo más grande.

Los ritos y narrativas han sido evidencia de nuestra consciencia del mundo y de nuestra necesidad de narrarlo y de narrarnos a nosotros mismos. La Inteligencia Artificial tiene la facultad de asumir roles y de representarnos, narrarnos y de narrar a nuestro mundo. Hemos comenzado a mitificar a la IA como gran relato dador de certezas; la pregunta hoy no es si la Inteligencia Artificial puede llegar a tener consciencia, sino qué tanta consciencia de nosotros mismos estamos dispuestos a ceder para que una herramienta nos narre.

Bibliografía
Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Kairós, 1978.
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras. 2a ed., Fondo de Cultura Económica, 2014.
Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. 2a ed., Kolectivo Editorial “Último recurso”, 2007.
Eliade, Mircea. Lo sagrado y lo profano. 7a ed., Labor/Punto omega, 1988.
Frazer, James. (1981). La rama dorada. Fondo de Cultura Económica, España.
Jung, Carl. (1970). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidos. Buenos Aires.
Lyotard, Jean-François. La condición posmoderna. 2a ed., Ediciones Cátedra, 1987.
Max Horkheimer & Theodor Adorno. Dialéctica de la ilustración. 3a ed., Editorial Trotta, 1998.

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