¿Qué opinaban Freud, Arendt y Einstein sobre Palestina

Durante décadas, la narrativa sionista ha intentado apropiarse de figuras intelectuales de renombre mundial para legitimar un proyecto colonial que, en esencia, contradice los valores más elementales de justicia y dignidad humana. Albert Einstein, Hannah Arendt y Sigmund Freud, tres de las mentes más brillantes del siglo XX, fueron utilizados póstumamente como trofeos por un movimiento que, en vida de estos pensadores, recibió sus más duras críticas. La manipulación histórica ha sido tan efectiva que muchos aún creen que estos intelectuales apoyaron incondicionalmente la creación del Estado de Israel, cuando la realidad documentada demuestra exactamente lo contrario.

Albert Einstein, cuyo genio revolucionó la física, también dedicó parte de su reflexión al problema judío en Europa. Como tantos intelectuales judíos de su época, vio con simpatía inicial la idea de un refugio para quienes huían del antisemitismo desatado. Sin embargo, sus escritos de 1931 en “Mi visión del mundo” revelan que su concepción del proyecto judío en Palestina distaba mucho del colonialismo que terminó imponiéndose. Einstein hablaba de “metas culturales” y de “convivencia con el pueblo hermano de los árabes”, términos que hoy resultan casi ingenuos frente a la realidad de un estado de apartheid. El científico alemán creía posible un despertar cultural judío que no implicara el despojo de otros, una contradicción que el sionismo real demostró ser insalvable. Para 1938, cuando las tensiones en Palestina eran ya innegables, Einstein afinó su posición con una clarividencia que duele leer hoy. Su rechazo a la formación de un estado judío con “fronteras, ejército y un grado de poder temporal” no era una postura menor, sino una advertencia sobre el “daño interno” que sufriría el judaísmo al adoptar las mismas prácticas nacionalistas estrechas contra las que históricamente había luchado. El premio Nobel entendía algo que los arquitectos del sionismo ignoraron deliberadamente: que la creación de un estado etnocrático no resolvería el antisemitismo, sino que lo trasplantaría, convirtiendo a los perseguidos en perseguidores. La historia le ha dado la razón de la manera más trágica posible.

El 9 de abril de 1948, mientras las bandas sionistas del Irgún y el Lehi perpetraban la masacre de Deir Yassin, asesinando a 120 palestinos inocentes, Einstein se encontraba al otro lado del océano. La matanza, que incluyó violaciones y mutilaciones documentadas por testigos, provocó en el científico una conmoción que plasmó en su carta a Shepard Rifkin. Que Einstein calificara a los terroristas sionistas como “gente descarriada y criminal” no era una opinión pasajera, sino la constatación de que el proyecto que inicialmente había apoyado se deslizaba por una pendiente moral de la que ya no podría regresar. La honestidad intelectual de Einstein le impidió cerrar los ojos ante los crímenes que se cometían en nombre del pueblo judío. La creación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, con la consiguiente Nakba que expulsó a 750.000 palestinos de sus hogares, representó exactamente lo que Einstein había temido. Las mismas organizaciones terroristas que habían sembrado el terror entre la población autóctona se convirtieron en el núcleo de las Fuerzas de Defensa de Israel, institucionalizando así la violencia como política de estado. El científico alemán, que había huido del nazismo, contemplaba ahora cómo un estado fundado por refugiados reproducía las mismas dinámicas de limpieza étnica que había padecido Europa. La ironía trágica no se le escapaba, y su silencio posterior fue el de quien sabe que sus advertencias no fueron escuchadas.

El caso de Hannah Arendt resulta aún más revelador porque ella sí fue una activista comprometida con el movimiento sionista durante sus años en Alemania y luego en Estados Unidos. Su trayectoria intelectual la llevó sin embargo a cuestionar los fundamentos mismos de un proyecto que, en su opinión, traicionaba la esencia de la tradición judía. La filósofa alemana detectó tempranamente lo que denominó el “nacionalismo radical” dentro del sionismo, esa deriva que transformaba la legítima aspiración a un refugio en una empresa colonial de despojo. Arendt no era una observadora externa, sino alguien que desde dentro del movimiento alertaba sobre su degeneración. Su creación del Grupo Joven Judío en 1942 respondía a la necesidad de ampliar el debate interno y cuestionar la dependencia del movimiento respecto a magnates como los Rothschild, a quienes acusaba de ejercer una “segunda opresión” sobre el judaísmo. Arendt comprendió que el sionismo financiero no buscaba la liberación del pueblo judío, sino la creación de un estado que sirviera a los intereses de las élites económicas. Esta crítica, que la distanció del mainstream sionista, se profundizó cuando comprobó que la Conferencia de Baltimore de ese mismo año consagraba la victoria de las tesis más extremistas y chauvinistas sobre las voces que aún abogaban por la convivencia.

En “Sionismo reconsiderado”, Arendt desmontó sin piedad los argumentos del nacionalismo judío radical, denunciando que este no se dirigía contra los enemigos reales del pueblo judío, sino contra sus “amigos potenciales y vecinos reales”, es decir, los palestinos. La filósofa alemana comprendió algo que la mayoría de los intelectuales de su época no lograron ver: que la creación de un estado judío mediante la fuerza no resolvería el problema judío, sino que simplemente desplazaría el conflicto, creando una nueva categoría de refugiados. Cuando escribió sobre los árabes como “amigos potenciales”, Arendt apelaba a una memoria histórica que el sionismo se empeñaba en borrar: la de siglos de convivencia relativamente pacífica entre judíos y musulmanes en tierras del Islam. Su defensa de un estado binacional judío-palestino no era una ocurrencia tardía, sino la conclusión lógica de un pensamiento que rechazaba las soluciones excluyentes. En 1951, cuando el estado de Israel ya era una realidad y la expulsión de los palestinos un hecho consumado, Arendt denunció que “la solución de la cuestión judía produjo una nueva categoría de refugiados, los árabes”. Esta frase, que debería avergonzar a quienes aún defienden el proyecto sionista, resume con precisión quirúrgica la tragedia de un pueblo que, habiendo sufrido la expulsión y el exilio, reprodujo exactamente las mismas dinámicas con sus vecinos. La lucidez de Arendt le costó el ostracismo y las acusaciones de antisemitismo por parte de quienes no podían soportar la verdad.

El 4 de diciembre de 1948, The New York Times publicó una carta que debería ser lectura obligada para quienes aún creen en la pureza moral del proyecto sionista. Veintisiete destacados intelectuales judíos, encabezados por Albert Einstein y Hannah Arendt, denunciaban el carácter fascista del Partido de la Libertad de Menájem Begin y su continuidad con las organizaciones terroristas Irgún y Lehi. La carta no era una crítica menor: comparaba explícitamente los métodos de Begin con los de los partidos nazi y fascista, denunciando su organización paramilitar, su culto a la violencia y su intolerancia hacia los judíos que no compartían sus ideas. Los firmantes describían con detalle cómo los terroristas sionistas intimidaban a la propia población judía mediante “métodos de gánsteres, palizas, ruptura de ventanas y robos generalizados”, exigiendo tributos y silenciando a las voces disidentes. Esta descripción del terror interno dentro de la comunidad judía en Palestina resulta especialmente significativa porque desmonta el mito de un movimiento unido en torno a un ideal compartido. La realidad era muy distinta: el sionismo radical impuso su proyecto a sangre y fuego, tanto contra los palestinos como contra los judíos que osaban discrepar. La carta concluía instando a no apoyar “esta última manifestación del fascismo”, una advertencia que el mundo decidió ignorar.

La trayectoria de Menájem Begin constituye una de las ironías más grotescas de la historia contemporánea. El líder del Irgún, la organización responsable de la masacre de Deir Yassin y del atentado contra el Hotel King David que mató a 91 personas, se convirtió décadas después en primer ministro de Israel y recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979. Esta transformación de terrorista en estadista respetable no fue producto de una evolución personal, sino de la normalización de la violencia como herramienta política en el imaginario sionista. Lo que el mundo condenaba cuando lo practicaban otros se convertía en gesta heroica cuando lo hacían los “combatientes por la libertad de Israel”. El partido que Begin fundó en 1973, el Likud, es hoy el mismo que lidera Benjamin Netanyahu y que está llevando a cabo el genocidio en Gaza con una crudeza que supera cualquier precedente. La continuidad entre el terrorismo de los años 40 y las políticas de exterminio actuales no es casual ni anecdótica: responde a una misma lógica colonial que considera a la población palestina un obstáculo a eliminar. Que intelectuales como Einstein y Arendt denunciaran ya en 1948 este carácter fascista demuestra que las advertencias estaban ahí, visibles para quien quisiera verlas. El problema no fue la falta de clarividencia, sino la decisión consciente de ignorarla.

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, mantuvo una relación compleja y distante con el proyecto sionista. Ateo declarado y crítico de toda forma de nacionalismo, Freud abordó en “Moisés y el monoteísmo” una pregunta incómoda para el judaísmo: ¿qué lleva a un pueblo a considerarse “elegido” y cuáles son las consecuencias psicológicas de mantener tal narcisismo colectivo? Esta pregunta, formulada en los años 30, adquiría una dimensión política ineludible en un momento en que el sionismo agitaba precisamente esa creencia para justificar la colonización de Palestina. Freud, con su mirada de psicólogo, detectaba en esa pretensión de elección divina el germen de una patología colectiva. Su carta de 1930 al doctor Chaim Koffer es reveladora no solo por su rechazo a pronunciarse a favor del sionismo, sino por su análisis lúcido de las implicaciones del proyecto. Freud dudaba que Palestina pudiera llegar a ser algún día un estado judío, no por razones de fuerza, sino porque entendía que ni el mundo cristiano ni el mundo islámico aceptarían entregar sus lugares sagrados al control judío. Esta intuición sobre la complejidad religiosa y política de Jerusalén resultaría profética: el conflicto por los lugares santos sigue siendo hoy uno de los puntos más explosivos de la región, manipulado por todas las partes para avivar el odio y la violencia.

Uno de los pasajes más sorprendentes de la carta de Freud es su rechazo a considerar el Muro de las Lamentaciones como el lugar sagrado más importante para el judaísmo. El padre del psicoanálisis calificaba esta devoción como “piedad sionista mal interpretada” y denunciaba que hacer de “un trozo del muro de Herodes una reliquia nacional” sirviera para “ofender los sentimientos de los nativos”. Esta crítica, formulada en 1930, anticipaba en décadas el debate sobre la apropiación religiosa como herramienta de colonización. Freud comprendía que la sacralización de espacios no era inocente, sino que respondía a una estrategia de legitimación del despojo. Freud fue aún más lejos al señalar algo que los apologistas del sionismo prefieren ignorar: la responsabilidad del “fanatismo poco realista de nuestros compatriotas” en el despertar del recelo árabe. Donde la narrativa sionista ve una hostilidad árabe atávica e inexplicable, Freud veía una reacción comprensible ante una agresión colonial. Su advertencia de 1939 sobre la “mayor calamidad” que supondría “un enfrentamiento permanente con el pueblo árabe” se basa en un dato histórico ineludible: “en tiempos pasados ningún pueblo mostró mayor amistad con los judíos que los antepasados de estos árabes”. Esta memoria de la convivencia sefardí en tierras del Islam, que Freud reivindicaba, era exactamente lo que el sionismo necesitaba borrar para justificar su empresa colonial.

Un aspecto crucial de la crítica de estos intelectuales al sionismo fue su defensa de la diáspora como forma legítima de existencia judía. Tanto Einstein como Arendt vivieron la mayor parte de sus vidas fuera de Palestina y rechazaron la idea sionista de que la única forma auténtica de ser judío era emigrar a la tierra prometida. Esta postura implicaba una crítica profunda al nacionalismo excluyente que despreciaba a los judíos de la diáspora como judíos de segunda, incompletos, desarraigados. Arendt denunció explícitamente que el sionismo se olvidara del resto de los judíos, de aquellos que como ella o Einstein querían seguir siendo judíos en otros lugares. Los datos históricos respaldan esta crítica: de los cerca de 40.000 judíos que emigraron a Palestina entre 1904 y 1914, más del 80 por ciento decidió no quedarse, prefiriendo destinos como Estados Unidos. Esta realidad desmonta el mito de un anhelo milenario por retornar a Sión que habría unificado al judaísmo mundial. La mayoría de los judíos de principios del siglo XX buscaban integración en sus países de residencia o emigración a América, no la colonización de Palestina. Fue la combinación de presión antisemita en Europa y la maquinaria propagandística sionista lo que acabó imponiendo un proyecto que, en sus orígenes, contaba con un apoyo mucho más limitado de lo que la historia oficial reconoce.

El concepto de “banalidad del mal” que Hannah Arendt desarrolló a propósito del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén adquiere una dimensión escalofriante cuando se aplica al funcionamiento del estado israelí. Arendt describía cómo personas corrientes podían cometer atrocidades monstruosas simplemente cumpliendo órdenes dentro de un engranaje burocrático, sin necesidad de ser sádicos ni psicópatas. Esta observación, que tanto escandalizó a la comunidad judía de su época, resulta hoy perfectamente aplicable a los soldados israelíes que participan en el genocidio de Gaza, a los burócratas que planifican los bombardeos sobre escuelas y hospitales, a los políticos que justifican el asesinato de niños con argumentos de seguridad. La recepción hostil que tuvo el libro de Arendt, acusada de antisemitismo y de colaboracionismo por sectores del sionismo, demuestra hasta qué punto el estado de Israel no tolera el pensamiento crítico, ni siquiera cuando proviene de una de las mentes más lúcidas del siglo XX. La “banalidad del mal” describía precisamente cómo sistemas enteros pueden normalizar la atrocidad hasta hacerla invisible para quienes la ejecutan. Los pilotos que lanzan bombas sobre campos de refugiados, los francotiradores que disparan a niños en las vallas de Gaza, los ministros que hablan de “humanos animales” no se perciben a sí mismos como monstruos, sino como ciudadanos cumpliendo con su deber. Esa es precisamente la naturaleza del mal que Arendt intentó explicar.

La expulsión de 750.000 palestinos en 1948, que los árabes denominan Nakba o catástrofe, constituye el pecado original del estado de Israel y la herida que sigue supurando hoy. Lo que la narrativa sionista presenta como una guerra de independencia fue, para los palestinos, una limpieza étnica planificada y ejecutada metódicamente. Las mismas organizaciones terroristas que Einstein y Arendt denunciaban fueron las encargadas de vaciar aldeas enteras, de destruir casas, de sembrar el terror suficiente para que la población huyera y no pudiera regresar. Cuando Hannah Arendt denunció en 1951 que la “solución de la cuestión judía” había creado “una nueva categoría de refugiados, los árabes”, estaba nombrando lo que la comunidad internacional prefería ignorar. El consentimiento de Naciones Unidas a la creación de Israel, que se suponía debía ocupar el 56% del territorio palestino, se convirtió en la ocupación efectiva del 77% tras la guerra de 1948. Este expansionismo inicial marcó la pauta de lo que seguiría: cada guerra, cada negociación, cada “proceso de paz” ha servido para ampliar el territorio bajo control israelí y reducir el espacio vital palestino. La Nakba no fue un accidente desafortunado de la guerra, sino la condición de posibilidad del estado judío. Sin la expulsión de los palestinos, Israel no podría haber existido como estado de mayoría judía. Esta verdad incómoda es la que el sionismo lleva décadas intentando ocultar, y la que voces como las de Einstein, Arendt y Freud se negaron a silenciar.

Lo que estamos presenciando hoy en Gaza no es una aberración ni una desviación del proyecto sionista, sino su culminación lógica. Más de 60.000 muertos, 320.000 menores en riesgo de inanición, hospitales destruidos, escuelas bombardeadas, un territorio entero reducido a escombros mientras el mundo mira con hipocresía. Las mismas dinámicas que Einstein denunció en los años 40 —el nacionalismo estrecho, la violencia organizada, el desprecio por la vida del otro— se han intensificado hasta convertirse en una máquina de exterminio que opera con la frialdad burocrática que Arendt describió en Eichmann. El partido Likud de Begin, denunciado como fascista por los intelectuales judíos en 1948, gobierna hoy Israel en coalición con formaciones aún más extremistas que hablan abiertamente de transferencia poblacional y anexión total. Benjamin Netanyahu, heredero político de Begin, lleva décadas consolidando el apartheid y sabotando cualquier posibilidad de solución negociada. La continuidad es perfecta: el terrorismo de los años 40 se ha institucionalizado como política de estado, la limpieza étnica se ha perfeccionado como método de gobierno, y el mundo, con algunas excepciones honorables, sigue mirando hacia otro lado mientras se comete uno de los crímenes más atroces del siglo XXI.

La carta de los intelectuales judíos a The New York Times en 1948 no solo denunciaba a Begin y su partido, sino que apelaba a “quienes se oponen al fascismo en todo el mundo” para que no prestaran su apoyo a ese movimiento. Setenta y seis años después, esa apelación sigue vigente. La comunidad internacional, los gobiernos, las organizaciones de derechos humanos, los ciudadanos conscientes tienen la responsabilidad de no repetir los errores del pasado. Apoyar a Israel hoy, con su genocidio en Gaza y su apartheid en Cisjordania, es apoyar la misma “manifestación del fascismo” que Einstein y Arendt denunciaron. La Unión Europea, Estados Unidos y otros países que se llenan la boca con valores democráticos y derechos humanos siguen armando, financiando y legitimando a un estado que comete crímenes de guerra a diario. Esta complicidad no es nueva: viene de lejos, del mismo apoyo que el gobierno de Harry Truman brindó a Begin en 1948, del mismo silencio cómplice que permitió la Nakba, de la misma hipocresía que otorgó un Nobel de la Paz a un terrorista mientras condenaba a los palestinos al exilio perpetuo. La historia juzgará con dureza a quienes, pudiendo detener el genocidio, prefirieron mirar hacia otro lado.

Las voces de Einstein, Arendt y Freud nos llegan hoy con una actualidad estremecedora porque sus advertencias no fueron escuchadas. El “daño interno” que Einstein temía para el judaísmo se ha consumado: un estado que actúa en nombre del pueblo judío mientras comete crímenes que contradicen lo más esencial de la tradición ética judía. El “nacionalismo estrecho” que Arendt denunció se ha convertido en la ideología dominante de un estado de apartheid. El “enfrentamiento permanente con el pueblo árabe” que Freud anticipaba es hoy una realidad de violencia cotidiana y exterminio programado. Pero recuperar la memoria de estos intelectuales no es solo un ejercicio de justicia histórica, sino también una herramienta para imaginar futuros distintos. Su defensa de un estado binacional, de la convivencia entre iguales, del reconocimiento mutuo, sigue siendo la única salida posible a un conflicto que el sionismo ha hecho perpetuo por diseño. Mientras exista un estado que se define como judío y excluye a los no judíos, no habrá paz posible. Mientras los palestinos sigan siendo un pueblo de refugiados, no habrá justicia posible. Mientras el mundo siga financiando y armando a un estado genocida, no habrá dignidad posible. Que las voces de Einstein, Arendt y Freud nos sirvan hoy no solo para denunciar, sino para construir. Que su lucidez nos inspire a no repetir los errores del pasado. Que su valentía al enfrentarse al fascismo dentro de sus propias filas nos enseñe que la crítica interna es la forma más alta de lealtad a los valores que decimos defender. Y que la memoria de los 750.000 palestinos expulsados en 1948, y de los más de 60.000 asesinados en Gaza hoy, nos recuerde que el precio del silencio cómplice es siempre la sangre de los inocentes.

Fuentes consultadas

Arendt, H. (1945). “Zionism Reconsidered”. The Menorah Journal. Reeditado en The Jew as Pariah (1978).

Einstein, A., Arendt, H. et al. (4 de diciembre de 1948). “New Palestine Party: Visit of Menachen Begin and Aims of Political Movement Discussed”. The New York Times.

Freud, S. (26 de febrero de 1930). Carta a Chaim Koffler. En Roudinesco, É. (2004). “À propos d’une lettre inédite de Freud”. Cliniques méditerranéennes, n° 70, pp. 5-17.

Aschheim, S. E. (ed.) (2001). Hannah Arendt in Jerusalem. University of California Press.

Montoya, R. (20 de agosto de 2025). “Einstein, Arendt y Freud, del apoyo al sionismo a denunciarlo por fascista”. El Salto. Recuperado de https://www.elsaltodiario.com/el-lado-oculto-de-la-noticia/einstein-arendt-freud-apoyo-sionismo-denunciarlo-fascista

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José Daniel Figuera
José Daniel Figuera

José Daniel Figuera es un  escritor, profesor universitario y especialista en Literatura y Tecnología Educativa. Su obra se centra en la narrativa breve, siendo autor del libro "Holística y otros relatos". Actualmente, se desempeña como director de la Editorial Bloghemia, desde donde promueve el talento emergente en la literatura hispanohablante, apostando por voces frescas y propuestas innovadoras.

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