Hoy en Bloghemia, le traemos a nuestros lectores un escrito de Khalil Chaïbi, médico especialista en reanimación e investigador en Harvard, quien analiza en profundidad el fenómeno de The Pitt. Con una mirada clínica y apasionada, desglosa por qué esta serie se ha convertido en la nueva referencia médica de la era post-Covid, examinando su realismo, sus aciertos y las inevitables licencias del género.
The Pitt se ha consolidado como la serie médica de referencia en la era post-Covid, tanto para el público general como para los propios profesionales sanitarios. Acogida con un entusiasmo poco común y una unanimidad crítica casi total, cristaliza una expectativa de verdad y precisión, tras años de ficciones médicas donde lo espectacular solía imponerse sobre lo verosímil. Al comenzar su segunda temporada, queda una pregunta central: ¿está la reputación de la serie a la altura de su ambición de realismo médico?
El relato médico constituye desde hace tiempo un género en sí mismo, dotado de sus propios códigos y variantes. Se ha prestado a todos los tonos: desde el culebrón (Grey’s Anatomy, desde 2005), donde el hospital se convertía ante todo en un teatro sentimental, hasta la farsa (Scrubs, de 2001 a 2010), pasando por el drama médico realista, cuyo estándar había sido hasta ahora Urgencias (1994-2009).
Esta última marcó profundamente la historia de la televisión. Al representar urgencias de Chicago con una crudeza y nervio inéditos, ofrecía un realismo entonces sin equivalente. Sobre todo, moldeó el imaginario de generaciones enteras de médicos, contribuyendo, a veces sin que ellos lo supieran, a despertar su vocación y a inscribir el hospital como un lugar de destino tanto como de cuidado.
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Sin embargo, incluso las obras más exigentes no escapan a una romantización implícita del cuidado, aceptada por el público en nombre de las necesidades dramatúrgicas. Esta concesión se manifiesta especialmente en una confusión sistémica de roles, donde los personajes se ven obligados regularmente, por las necesidades de la trama, a cruzar las fronteras entre especialidades, desafiando la segmentación real de las competencias médicas.
Esta deriva alcanza su paroxismo en Dr. House (2004-2012), donde un internista se transforma sucesivamente en oftalmólogo, microbiólogo, neurólogo o infectólogo, a costa de procesos más cercanos a la adivinanza que al razonamiento clínico. La tensión narrativa prevalece claramente sobre cualquier ambición de autenticidad.
Un realismo plural y encarnado
The Pitt se distingue precisamente por su rechazo a esta facilidad. Su realismo no se limita a la veracidad de los gestos técnicos: se encarna primero en la construcción de los personajes. Las figuras estudiantiles, ancladas en el modelo estadounidense, reposan sin embargo en características suficientemente generales para trascender fronteras: la estudiante brillante, segura de sí misma hasta la ceguera; la estudiante socialmente inadaptada, torpe en sus interacciones; el estudiante sacrificial, literalmente desgastado por el servicio, a quien vemos obligado a cambiarse repetidamente tras haber sido manchado por orina, sangre o vómitos de pacientes, un verdadero running gag de la serie. De ello derivan las escenas relacionadas con la falta de créditos para los pijamas en la máquina expendedora, en las que cualquier sanitario se reconocerá.
La serie aborda también, sin patetismo excesivo, la precariedad material y social de ciertos estudiantes, componiendo un cuadro creíble y familiar del hospital contemporáneo.
Manejo de los familiares y fin de vida
Uno de los momentos cumbre de precisión se encuentra en el episodio 4 de la primera temporada, a través de la representación de una situación de fin de vida. El rechazo a la intubación expresado por el paciente en sus directivas anticipadas, frente al deseo de sus hijos (adultos) de prolongar a toda costa las terapias activas, muestra con notable agudeza esas situaciones donde el sufrimiento familiar choca con lo que los sanitarios aún pueden ofrecer razonablemente.
El personaje de Rabinovitch, interpretado por Noah Wyle (el doctor Carter de Urgencias), jefe de servicio en The Pitt, actúa entonces como una figura demostrativa, casi pedagógica: paciencia, empatía, sentido de la temporalidad y dominio del lenguaje no verbal. Encarna una aplicación concreta del famoso modelo de la Dra. Elisabeth Kübler-Ross sobre las etapas del duelo.
Lo cotidiano en su aspecto más trivial
Más allá de las grandes escenas, The Pitt sobresale en la representación de las microsituaciones ordinarias. La escena donde Rabinovitch, impedido repetidamente de satisfacer una necesidad básica, logra por fin llegar a un urinario tras una sucesión de interrupciones, impacta por su evidencia. Condensa ese sentimiento de intranquilidad permanente, constitutivo de los cuidados críticos, en una acepción que Fernando Pessoa hizo familiar.
Otro momento impactante: ese intento de debriefing al inicio del episodio 9, donde el espectador espera un momento de gravedad emocional, que es brutalmente interrumpido por una urgencia, dejando surgir eso real que, para retomar a Lacan, se manifiesta siempre como un choque.
Una precisión técnica raramente alcanzada
La serie nunca sacrifica la credibilidad médica a la facilidad narrativa. Los errores médicos presentados son plausibles y frecuentes, incluso en los recordatorios pedagógicos dirigidos a los estudiantes («Nunca pierdas de vista la guía cuando estés cateterizando») – siendo la guía el hilo metálico flexible que se introduce primero en el vaso y sirve de carril para deslizar el catéter hasta el lugar adecuado.
Los gestos técnicos impresionan por su exactitud: el uso generalizado del FAST-echo – ecografía rápida para detectar hemorragias internas – convertido en el pilar de la reanimación traumatológica moderna, el recurso sistemático a los videolaringoscopios, la mención de la anestesia locorregional que consiste en adormecer una región del cuerpo bloqueando un nervio o plexo nervioso, o también el recurso al REBOA (Resuscitative Endovascular Balloon Occlusion of the Aorta), cuyo uso se ha desarrollado en los últimos quince años, que consiste en la oclusión de la aorta descendente mediante un balón insertado por vía arterial periférica en caso de hemorragia refractaria (aunque su eficacia no sea unánime en la literatura médica).
Los límites inherentes al género
El género no escapa, sin embargo, a ciertos límites recurrentes de las series médicas: aquí pacientes que hablan durante la auscultación (poco creíble, ya que la escucha se vuelve muy incierta), allá dificultades respiratorias claramente sobreactuadas; o también una infrarrepresentación del trabajo informático, sin embargo omnipresente, y un oversharing emocional con los pacientes, poco realista aunque funcional a nivel narrativo.
Se encuentra finalmente una ligera tentación al estilo Dr. House, con una exageración puntual de las competencias diagnósticas, especialmente en patologías que es poco común diagnosticar en urgencias (como la neurocisticercosis, enfermedad que se caracteriza por la presencia de quistes en el cerebro principalmente).
Paralelamente, el discurso puede inscribirse a veces en una dinámica globalizante, tendiendo a abordar de frente todos los temas, desde el peso de las direcciones hospitalarias hasta la desconfianza hacia la ciencia, en una América donde esta suspicacia impregna hasta las más altas esferas sanitarias. Una ambición vasta que, más que un límite, testimonia sobre todo la densidad de los desafíos contemporáneos que la serie elige afrontar.
Una austeridad formal al servicio de la emoción
La ausencia de música y el ritmo cuasi documental de la serie, rodada mayoritariamente en plano secuencia, dejan sin embargo emerger momentos de una belleza cruda, como ese episodio del paciente antiguo socorrista, memoria viva del sistema de salud, contando la historia de los primeros auxilios ante estudiantes suspendidos de sus palabras, asumiendo una dimensión histórica y pedagógica hasta el final.
La serie adopta a veces una vena más lírica, cuando ante el flujo incesante de pacientes, uno de los personajes evoca a Albert Camus y esa respuesta convertida en necesidad más que en consuelo:
«Hay que imaginarse a Sísifo feliz.»
Finalmente, aunque retoma los resortes fundadores de las series de urgencias –la entrada conjunta de los casos y los personajes, los inevitables «What do we got?» («¿Qué tenemos?») –, The Pitt, sin música dramática pero con una intensidad poco común, se impone como una representación mayor del cuidado hospitalario contemporáneo, llamada, si mantiene esta exigencia, a convertirse en una referencia duradera y, quizás, a suscitar vocaciones. A imagen de su hermana mayor Urgencias, hace más de treinta años.
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