Hoy en Bloghemia, le traemos a nuestros lectores un fragmento del ensayo de Pascal Lardellier, El nuevo auge del complotismo. Posverdad: cuando lo real tambalea (Editions de l’Aube, 2026).
Durante gran parte del siglo XX, la hipótesis de que grupos influyentes orientaban los destinos colectivos no pertenecía al pensamiento marginal. Constituía, por el contrario, una parrilla de lectura alimentada por la observación de ciertas estructuras de poder. La existencia de círculos de influencia como el Grupo Bilderberg, fundado en 1954, o el Foro Económico Mundial de Davos, creado en 1971, alimentó durante mucho tiempo la idea de que élites transnacionales se concertaban lejos de las miradas. Estas instituciones funcionan rodeadas de cierta opacidad, lo que podía legitimar la inquietud ciudadana sobre su papel efectivo en la orientación de las políticas públicas.
Del mismo modo, ciertas organizaciones como la masonería, por su carácter iniciático y su cultura del secreto, han suscitado históricamente interrogantes sobre su influencia política y social. La historia política francesa, especialmente durante la III República, da cuenta de la imbricación entre pertenencia masónica y ejercicio del poder. En este contexto, sospechar de la existencia de influencias discretas constituía una forma de vigilancia política. Pero vigilancia no significa paranoia. Entre preguntarse por las redes de influencia e imaginar una conspiración mundial, hay un abismo que no debe cruzarse.
A esto se añade una dimensión antisemita recurrente que transforma la observación de realidades económicas en fantasía conspirativa. La figura de los Rothschild ha sido así instrumentalizada para alimentar el mito de unas «finanzas judías mundiales» que controlan los Estados. Este deslizamiento hacia lo fantástico ilustra cómo esquemas ideológicos antisemitas preexistían a los hechos que pretendían explicar. El antisemitismo nunca es una lectura de la realidad, es siempre una parrilla proyectiva pegada a ella –lo que se representa en la película Borat (2006) de Sacha Baron Cohen, una película «descabellada» que resulta esclarecedora para comprender los resortes profundos de los imaginarios antisemitas.
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Me interesa →El hecho es que la evolución del capitalismo contemporáneo ha validado ciertos interrogantes relativos a la concentración del poder. Los trabajos económicos han documentado el aumento de las desigualdades y la constitución de una «hiperclase mundial» que dispone de una influencia considerable en las orientaciones políticas. Le Monde diplomatique dedica frecuentes dosieres a estas instituciones transnacionales con poder decisorio ampliado, como el FMI.
En Francia, la posesión de la práctica totalidad de los grandes medios por un puñado de millonarios o multimillonarios –Vincent Bolloré, Xavier Niel, Patrick Drahi, Bernard Arnault, la familia Dassault y Mathieu Pigasse– interroga legítimamente sobre el pluralismo de la información. Y esta realidad tangible de la concentración mediática alimenta una sospecha: si la información está en manos de unos pocos que tienen intereses económicos y políticos convergentes, ¿cómo garantizar su objetividad? Esta cuestión no es irrazonable en sí misma.
Fantasía del complot orquestado
El problema surge cuando esta constatación factual se transforma en la certeza de una manipulación intencionada, deslizándose de la crítica razonada hacia la fantasía del complot orquestado. Entre decir «los medios pertenecen a millonarios» y afirmar «los medios mienten sistemáticamente por orden», hay un paso que los conspiracionistas atraviesan alegremente.
El advenimiento de las redes sociales ha reconfigurado profundamente la circulación de la información y, con ella, la difusión de las teorías de la conspiración. Las plataformas digitales, por su modelo económico basado en la captación de la atención, privilegian los contenidos que suscitan el compromiso emocional, entre los cuales los relatos conspiracionistas ocupan un lugar destacado.
Los algoritmos, al proponer contenidos similares a los ya consultados, crean «burbujas de filtro» que encierran a los usuarios en universos informativos homogéneos. Estos mecanismos algorítmicos amplifican sesgos cognitivos bien documentados por la psicología social: el sesgo de confirmación, que nos lleva a privilegiar la información que refuerza nuestras creencias preexistentes, y el sesgo de conformidad, que nos impulsa a alinear nuestras opiniones con las de nuestro grupo de pertenencia. Las redes sociales no los crean, pero multiplican sus efectos al acelerar la circulación de los rumores y crear la ilusión de un consenso en torno a interpretaciones marginales.
Los rumores y las leyendas urbanas, fenómenos antropológicos ancestrales, encuentran en este entorno digital un terreno propicio para su reciclaje y su hibridación. Narrativas antes circunscritas a círculos reducidos acceden ahora a una difusión masiva y pueden cristalizarse en fake news, término que se ha vuelto omnipresente en el debate público desde hace una década. La pandemia de Covid-19 constituyó un momento paroxístico en esta dinámica. La incertidumbre científica inicial, inherente a cualquier crisis sanitaria emergente, fue interpretada por algunos como la prueba de una ocultación deliberada.
La hipótesis controvertida del origen del virus, especialmente la teoría del accidente de laboratorio en Wuhan, inicialmente descartada y luego parcialmente rehabilitada en el debate científico, alimentó la sospecha de una mentira de Estado. Precisemos: que la hipótesis fuera descartada prematuramente por algunos no significa que hubiera un complot, pero ilustra cómo la falta de transparencia y la gestión torpe de la incertidumbre científica alimentan la desconfianza.
Del mismo modo, el caso del estudio fraudulento sobre la hidroxicloroquina publicado en The Lancet y luego retractado pareció validar la idea de que las autoridades científicas y sanitarias podían manipular los datos. Estos episodios, a pesar de su resolución por los mecanismos habituales de la ciencia (retractación, debate contradictorio), han erosionado duraderamente la confianza de una parte de la población. También han proporcionado argumentos a quienes denunciaban una «verdad oficial» impuesta contra la evidencia. El sentimiento difuso de «que nos ocultan cosas» se cristalizó así, encontrando en estas controversias científicas una aparente legitimación.
El fact-checking como nueva línea de frente
Frente a esta proliferación de informaciones falsas, los medios tradicionales han desarrollado células de verificación de hechos destinadas a comprobar la veracidad de los enunciados que circulan en el espacio público. Estos dispositivos, inspirados especialmente en el modelo anglosajón, se han multiplicado en Francia con iniciativas como las de Les Décodeurs de Le Monde, Libération CheckNews, o también la Agencia France-Presse. Su objetivo declarado es restaurar una relación factual con la información distinguiendo lo verdadero de lo falso mediante un trabajo metódico de verificación. Sin embargo, esta empresa de verificación pronto se topó con una dificultad mayor: fue percibida por una parte del público como una nueva forma de censura ejercida por las élites mediáticas. Las numerosas críticas expresadas hacia ellas en las redes sociales apuntan ampliamente en esta dirección. La figura del periodista «verificador» vio cuestionada su propia autoridad, acusada de servir a los intereses de los poderosos más que a la verdad. Esta contestación encontró una expresión particularmente virulenta en los círculos que se reclaman de la «reinformación», donde el fact-checking es sistemáticamente interpretado como un intento de control del pensamiento.
La creación de instancias de análisis del conspiracionismo (cf. el Observatorio Conspiracy Watch) ha acentuado esta polarización. Al establecer listas de personalidades o contenidos «conspiracionistas», estas iniciativas han contribuido, a pesar de su loable intención, a crear una frontera binaria entre pensamiento legítimo y pensamiento ilegítimo. Esta clasificación maniquea ha reforzado paradójicamente el sentimiento de ser perseguido en aquellos a quienes señalaba, validando ante sus ojos la tesis de un poder oculto que busca acallar a los disidentes. Hay que reconocerlo: el fact-checking, por necesario que sea, no basta para restaurar la confianza. Peor aún, percibido como parcial, puede erosionarla aún más.
Esta dinámica de oposición entre «verdad oficial» y «verdad alternativa» ha producido un efecto perverso: el aplanamiento de las controversias. En el espacio digital, afirmaciones de naturaleza radicalmente diferente se ven colocadas en un mismo plano, agregadas bajo la etiqueta unificadora de «conspiracionismo». Así, podemos ver yuxtapuestas teorías tan heterogéneas como el terraplanismo (la Tierra sería plana), rumores sobre la identidad de género de Brigitte Macron, el mito antisemita de una dominación judía mundial, la impugnación de la seguridad de las vacunas o la exageración de los peligros de la hidroxicloroquina.
Desaparición de los matices
Esta puesta en equivalencia plantea un problema mayor. Estas diferentes afirmaciones no pertenecen ni a los mismos regímenes de verdad, ni a los mismos desafíos, ni a los mismos grados de peligrosidad social. El terraplanismo, por absurdo que sea, no amenaza directamente a nadie; el antisemitismo estructural ha producido genocidios; la desconfianza vacunal puede tener consecuencias sanitarias medibles. Al agregarlas bajo una misma categoría acusatoria, se difuminan las líneas y se priva al debate público de los matices necesarios para una respuesta adecuada.
Esto es precisamente lo que se le reprocha habitualmente a los «anticonspi»: su tendencia a mezclar cosas dispares, por comodidad o por estrategia. Esta horizontalización del conspiracionismo es contraproducente. Impide distinguir las cuestiones legítimas de los delirios patológicos, las inquietudes fundadas de las paranoias colectivas. Esta situación configura un círculo vicioso donde cada intento de restaurar una autoridad legítima produce, en quienes desconfían de ella, un refuerzo de su convicción de ser víctimas de una manipulación.
Cuanto más se esfuerzan las instituciones por «luchar contra las fake news», más sospechosas parecen ante los ojos de quienes ya dudan de ellas. Cuanto más explican los científicos, más parecen «hacer propaganda». Cuanto más verifican los medios, más parecen «estar al servicio del Sistema».
Esta dinámica se autoalimenta tanto más cuanto que algunas de las inquietudes expresadas por los conspiracionistas no están completamente desprovistas de fundamento factual. Porque existe efectivamente una concentración oligárquica del poder económico y mediático. Y además, las instituciones han mentido en el pasado (pensamos en el caso de la sangre contaminada en Francia, en las armas de destrucción masiva iraquíes inventadas, en las revelaciones de Snowden sobre la vigilancia masiva). Y los escándalos sanitarios son una realidad recurrente (Mediator, Depakine, glifosato).
Entonces, ¿cómo distinguir la vigilancia legítima de la paranoia? Esa es toda la dificultad. Y es precisamente por eso que no hay que descalificar de entrada cualquier pregunta, cualquier duda, cualquier cuestionamiento. El conspiracionismo prospera en las zonas de sombra que colectivamente nos negamos a iluminar.
Una irracionalidad hiperracionalizada
El conspiracionismo contemporáneo no puede, por tanto, entenderse como una mera irracionalidad cognitiva ni como un fenómeno únicamente imputable a las «redes sociales» o a la «posverdad». Hunde sus raíces en una crisis más profunda de la autoridad científica y política, crisis vinculada a su vez a transformaciones estructurales del capitalismo, los medios y los modos de circulación de la información.
Se nutre de hechos reales –la concentración del poder, las mentiras comprobadas, los escándalos documentados– que sobredetermina y reinterpreta según una parrilla paranoica. El conspiracionismo es siempre una mezcla de verdad y falsedad, de legítimo y delirante. Eso es lo que lo hace tan difícil de combatir.
Paradójicamente, la lucha contra el conspiracionismo, tal como se ha organizado en los últimos años, participa de esa misma dinámica que pretende combatir. Al trazar una frontera nítida entre verdad y mentira, entre razón y sinrazón, entre legitimidad e ilegitimidad, produce las condiciones de su propia contestación. Olvida que la confianza no se decreta, que se construye en la transparencia y el reconocimiento de los errores pasados, y que supone tomar en serio –sin validarlas– las inquietudes de aquellos a quienes se pretende «iluminar».
Es a partir de esta constatación que resulta posible pensar de otro modo la cuestión conspiracionista, ya no como un problema de «desinformación» que hay que erradicar mediante campañas de fact-checking, sino como un síntoma de transformaciones más profundas, que requieren una respuesta tanto ciudadana como intelectual.
El conspiracionismo es también el precio que pagamos colectivamente por nuestras mentiras pasadas, silencios culpables y cegueras voluntarias (cf. el caso Epstein), y por nuestra incapacidad para crear un espacio de debate donde la crítica legítima no sea inmediatamente asimilada a la sinrazón. Mientras no hayamos comprendido esto, seguiremos alimentando al monstruo que pretendemos combatir.
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