Byung-Chul Han: “La revolución empieza con el pensamiento”

Hay una imagen que Byung-Chul Han utiliza para explicar el extraño malestar de nuestro tiempo: la gente que se pone enferma justo cuando empiezan sus vacaciones. La llaman leisure sickness, enfermedad del ocio, y para el filómpostel filósofo afincado en Berlín no es sino el síntoma más visible de una sociedad que ha olvidado cómo se juega. En una entrevista concedida a Luis Martínez para El Mundo, el pensador surcoreano despliega un diagnóstico certero sobre la sociedad contemporánea y reivindica la necesidad de recuperar un tiempo con «fragancia», un tiempo que no esté enteramente colonizado por la lógica del trabajo y el rendimiento.

«Bajo la presión de tener que trabajar hoy nos hemos olvidado de cómo se juega», sentencia Han. El ocio, explica, ha dejado de ser un espacio de libertad para convertirse en «un insufrible no hacer nada, en una insoportable forma vacía del trabajo». Incluso el tiempo libre se ha visto absorbido por la lógica productivista: matamos las horas muertas con «entretenimientos cutres que aún nos entontecen más», mientras el estrés acumulado durante la semana impide cualquier posibilidad de descanso reparador. El resultado es una sociedad que trabaja sin descanso y que, cuando deja de hacerlo, enferma.

Frente a esta realidad, Han propone recuperar la figura del homo ludens frente al homo laborans. «El hombre ha nacido para jugar, no para trabajar», afirma con rotundidad. Pero el juego al que se refiere no tiene nada que ver con la ludificación empresarial que convierte cualquier tarea en un reto gamificado para aumentar la productividad. Al contrario: «El trabajo se ludifica. Es decir, las ganas que todos tenemos de jugar se ponen al servicio del trabajo, que las explota y saca partido de ellas». La verdadera tarea, sostiene, consiste en «liberar el juego del trabajo» e imaginar una sociedad futura que sea, precisamente, una sociedad del juego.

Esta reflexión sobre el tiempo lleva a Han a acuñar un concepto nuevo: la «discronía». A diferencia de lo que suele pensarse, la crisis temporal contemporánea no radica en la aceleración, un problema que podría solucionarse con estrategias de desaceleración como el slow food o el yoga. «El tiempo carece de un ritmo que ponga orden, carece de una narración que cree sentido», diagnostica. Frente al tiempo narrativo del pasado, hoy vivimos en un tiempo «meramente aditivo», una sucesión de presentes puntuales que se atomizan y que impiden cualquier experiencia de la duración. «El tiempo ha perdido hoy su fragancia», lamenta.

Esa pérdida de la fragancia del tiempo tiene un correlato directo en nuestra forma de consumir cultura. El éxito arrollador de las series de televisión, explica Han, responde a «nuestros hábitos seriales». La capacidad perceptiva contemporánea «ha perdido la capacidad de demorarse en algo» y se desplaza velozmente de una información a otra, de una sensación a la siguiente. Es lo que él denomina «visionado bulímico» o binge watching, un modo de consumo sin fin que el neoliberalismo intensifica «para hacernos producir más, para forzarnos a un consumo mayor». La serie perfecta es aquella que puede consumirse sin pausa, sin el obstáculo molesto de un final que obligue a la reflexión.

Pero el diagnóstico de Han no se detiene en los síntomas, sino que busca las raíces profundas del malestar. Y ahí encuentra un fenómeno paradójico: la libertad se ha convertido en coerción. «Nos explotamos voluntariamente a nosotros mismos», afirma. La gran astucia del sistema neoliberal consiste en haber interiorizado la dominación hasta el punto de que «se hace pasar por libertad». Hoy «cada uno es empresario de sí mismo. Cada uno se realiza a sí mismo. Cada uno venera el culto, la liturgia del yo en la que uno es sacerdote de sí mismo». El resultado es una sociedad narcisista que ha perdido la capacidad de construir un nosotros.

Ese narcisismo se ve amplificado por las redes sociales, aunque Han matiza que «no es la digitalización la que nos hace narcisistas. Ella se limita a intensificar el narcisismo que ya hay». Lo preocupante, a su juicio, es que «la comunicación digital es hoy una comunicación sin comunidad». Frente al potencial utópico que soñaron pioneros como Vilém Flusser —para quien el medio digital sería un «medio de la caridad»—, lo que encontramos es una esfera pública privatizada por los egos y los intereses particulares. «Deberíamos politizar los medios sociales —propone—. Deberíamos convertirlos en un espacio público en el que nos olvidáramos de nuestro ego y apostáramos por intereses comunes».

Para Han, la pérdida del eros en la cultura es una de las consecuencias más graves de este proceso. Inspirándose en Freud, explica que «las células que se comportan de forma narcisista, es decir, que carecen de eros, son peligrosas para el organismo». Del mismo modo, «la acumulación narcisista de libido del yo es mortal tanto para el organismo como para la sociedad». Frente a la depresión generalizada que genera esta sobreacumulación de energía libidinal en el propio yo, Han solo atisba una posible salida: «Solo nos cabe aguardar que el eros regrese a nosotros. El eros es lo único que nos permitiría superar la depresión».

La mirada del filósofo se detiene también en fenómenos políticos como el de los chalecos amarillos. Le llama la atención que estas protestas «no solo no tienen dirigentes, sino tampoco visiones». Los manifestantes «se quejan de esto y de lo otro, pero no formulan ninguna visión. No dicen en qué sociedad quieren vivir». Para Han, esto evidencia que «el sistema neoliberal actual ha reducido nuestro horizonte político». Ya no hay ira transformadora, sino mero enojo; no se cuestiona el sistema, sino solo algunos de sus síntomas. Y concluye con una advertencia: «El propio sistema está enfermo. Hay que combatir el propio sistema, en lugar de tratar inútilmente de remediar los síntomas».

Finalmente, preguntado por la eliminación de la Filosofía como asignatura obligatoria en Bachillerato en España, Han lanza una defensa encendida del pensamiento lento y meditativo. «Renunciar a la filosofía significa renunciar a pensar», afirma. Frente al «pensamiento calculador» que domina nuestra época y que «da continuidad a lo igual», la filosofía es «un pensamiento meditativo» capaz de engendrar algo radicalmente distinto. Porque «hoy vivimos en un infierno neoliberal de lo igual», y solo la filosofía puede interrumpir esa lógica repetitiva. «La revolución empieza con el pensamiento —sentencia—. La filosofía es la comadrona de la revolución».

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José Daniel Figuera
José Daniel Figuera

José Daniel Figuera es un  escritor, profesor universitario y especialista en Literatura y Tecnología Educativa. Su obra se centra en la narrativa breve, siendo autor del libro "Holística y otros relatos". Actualmente, se desempeña como director de la Editorial Bloghemia, desde donde promueve el talento emergente en la literatura hispanohablante, apostando por voces frescas y propuestas innovadoras.

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