La literatura es un arte, pero también es una ciencia y mucho más que eso, es magia. La modernidad en apariencia se despojó del mito, la posmodernidad parece haber creado múltiples certezas. El levantamiento de un gran relato y el derrumbamiento de otro, en términos narrativos, es idéntico a la imposición de ídolos y a la destrucción de otros, claro, el pensamiento es más crítico al estar enriquecido por la historia, y hoy no derrocamos a Huitzilopochtli para imponer a Cristo junto a todas las implicaciones ontológicas que eso tiene, hoy derrocamos a las verdades de Marx y Kant para imponer el imperio de la interpretación y de la virtual eliminación de “la verdad”.(1)
Esta estación humana parece estar resuelta a derribar todo mito al concebirlo como dañino para el pensamiento crítico, pero el derrumbamiento del mito, tiene por semilla a la narración, por lo que su derrumbamiento, implicaría la anulación del ser humano, algo imposible de hacer en este sentido en tanto seguimos hablando y contando historias. El asedio y ataque al mito ha sido constante, en las primeras civilizaciones humanas tenemos a mitos atacando a mitos, en las épocas ilustradas y racionales, tenemos filosofía y ciencia atacando a mitos, en las sociedades postindustriales tenemos narraciones atacando a los mitos en los que se convirtieron las grandes verdades ilustradas.
El mito forma parte fundacional de la narrativa humana, la creación narrativa de dioses, héroes, villanos, maestros y destinos, se puede ver tanto en Edipo o Ícaro, pasando por los hermanos quiches Ixbalanqué y Hun-Hunahpú, hasta en Oppenheimer. El camino de héroe de Joseph Campbell, está presente en nuestra epopeya del día a día, esta estructura narrativa a la que estamos predispuestos como especie, es parte de lo que Carl Gustave Jung denomina arquetipos “Esta denominación es útil y precisa, pues indica que los contenidos inconscientes colectivos son tipos arcaicos o -mejor aún- primitivos.” (Jung, 1970: 11).
Pero sin tener nosotros que viajar a los continentes oníricos y metalingüísticos del arquetipo, más bien los invocaremos en algo más material: La literatura.
La literatura no solo es propensa a caer en un modelo narrativo arquetípico, sino que es capaz de convocar al arquetipo hasta su realidad, no solo como secuencia narrativa, sino como signo/cosa visible de la misma. Vayamos al cuento del talentoso escritor mexicano Carlos Fuentes, Chac Mool: Filiberto, un burócrata -personaje epítome de la modernidad “post-mítica”- es abordado por las fuerzas narrativas e invisibles del mito, él es atraído hasta la órbita de lo arcaico que a pesar de no verse de forma evidente en las grandes urbes, no ha dejado de habitar entre nosotros y en nosotros.
Filiberto es víctima del Chac Mool y de sus fuerzas arcaicas atrayentes, figura de piedra prehispánica que poco a poco comienza a desvanecer la frontera entre lo mítico y lo real, entre la narrativa fantástica y la cotidianidad. Chac Mool, emprende un proceso a la inversa del dios cristiano, deja de ser tótem para hacerse carne y exige su tributo. Filiberto, al final, de manera simbólica, pasa a convertirse en el cuerpo inerte que envejecerá abandonado en el sótano, tal como al inicio del cuento parece estar destinado el Chac Mool.
Diferentes interpretaciones pueden hacerse sobre este cuento, pero la mayor enseñanza es que sin importar qué tan ilustrados, racionalizados o deconstruidos estemos como cultura, las fuerzas míticas y arcaicas seguirán atrayendo al ser humano, a su literatura y a su ensayo de la vida, no existe tal cosa como una frontera entre lo fantástico y lo real, el mito es solo un rostro más del mundo.
Por otro ángulo, Frazer también nos comparte diversos ritos y tradiciones humanas que van desde las más mágicas, como las danzas que imitan la lluvia para evocarla, hasta ceremonias que hacen uso de un trabajo de abstracción más intenso como la personificación espiritual de un animal que habita en las siembras y que las protege, muchos son los ejemplos que Frazer usa en La rama dorada, pero a interés personal traigo a este texto el siguiente rito:
Durante la temporada de cosecha, en distintos puntos de Europa se cree que el espíritu del lobo habita en los sembradíos.
Al que corta el último haz le nombran “lobo” o el “lobo del centeno”, si es de centeno la cosecha, y en muchas partes de Mecklemburgo tiene que consentir en mantener su carácter lupino pretendiendo morder a los demás campesinos y aullando como un lobo.” (Frazer, 1981: 210)
El espíritu del lobo es travieso, aunque también es protector de las cosechas, este rito anual en el que las personas asumen roles psicóticos que se asemejan a la posesión de la persona por el espíritu, no hacen, sino confirmar que la línea realidad/mito es meramente narrativa, pues en nuestra cotidianidad la fuerza de las figuras narrativas nos constriñe.
La literatura fantástica, que tanto actualiza a los arquetipos míticos a los nuevos formatos, es una narración más entre narraciones, tan importante y válida como cualquier otra, en tanto en ella se encuentran articulaciones del lenguaje que delatan algo más allá del lenguaje transparente, es el lenguaje de las ensoñaciones, de los secretos y fuerzas primitivas que nos susurran historias desde el rincón de nuestro nacimiento como especie.